Luis Eduardo Aute en un concierto en 1983
Luis Eduardo Aute en un concierto en 1983
MÚSICA

Tres álbumes imprescindibles de Aute

Difícil decidir sobre una obra gigantesca. Estos discos resumen el talento de un artista total

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Hubo un tiempo de poetas para los que nada de lo humano parecía ajeno: amantes del retrato, el claroscuro, la carne, la muerte y el diablo. Apasionados de la vida, la risa, la afirmación del instante, a caballo entre lo sacro y lo profano. Voces y letras que invitaban a emanciparnos, a poner pétalos sobre el erotismo, a dar agua a un tiempo con sed de libertad. Luis Eduardo Aute, como Zaratustra, tuvo que bajar de la montaña y cantar. Acaso hubiera preferido los lienzos o la cámara y dejar para otros los escenarios, el ocio y negocio de la música. Pero desde muy temprano no tuvo elección, su querer fue el del artista total, como Leonardo. Como un verso de Neruda, se lanzó al deseo carnal a manos llenas. Su afán de sensualidad no quedó ahí, sino que llegó a subir en una mística carnal, si algo así fuera posible, para volver al sofá, en la soledad del alba, con los recuerdos de tantos senos desnudos, de tantos cabellos, a sabiendas de que estamos de paso. Confesando que hemos vivido cuerpo a cuerpo. Con alevosía y con alma. Templo y rito de luz cegadora en la espuma de los días. Desolados al fin, a la intemperie de nosotros mismos.

TEMPLO (1987, Ariola)

La desnuda producción sintética con bajo eléctrico funky punzante y apenas algunos riff de guitarra aderezados con una batería gélida muy de la época ha resultado treinta años después un hallazgo, al situar la voz de Aute y el acompañamiento de coros en algún lugar intramuros desde donde penetrar en el mayor de los misterios. Y lo hace como es su tónica habitual, mediante un juego dialéctico de contrarios que se resuelve tras contemplar perplejo el rostro jánico del concepto. Un vía crucis donde cantar el Aleluya, como un Cohen que hubiera bajado a categoría de nazareno en la Semana Santa sevillana y hubiera sentido la voluntad de poder ser lo que uno tenía que llegar a ser. Ascéticas viñetas donde sentir el éxtasis del sagrado perfume del universo. Pasos ceremoniosos, flagelos, reverencia, abismal llamada desde los ojos de una mujer, aun sin ser dignos de entrar. Guitarras flamencas. Es la saeta y su pálpito de amor brujo. La fuga en un beso que hace del retumbar del tambor sello de eternidad. Policromados pasos del amor que mantienen la tensión antes de atreverse a usurpar la morada. Consagración del altar, bebiendo la sangre y el cuerpo en un éxtasis de ángeles caídos.

ALBANTA (1978, Ariola)

Peculiar sonido el de este Albanta, lugar imaginario creado por su hijo Pablo, donde las disgresiones sureñas de Armando de Castro a la guitarra y los desbordamientos roqueros de Teddy Bautista y los miembros de Los Canarios acabaron sentando la mar de bien a unas canciones que se encuentran entre lo más inspirado de su prolija producción. Disco de lo más variado y sin embargo unitario en su discurrir, que fluye sin agotar, algo de lo que el propio Aute advertía en su tango del cantautor. No se hace esperar «Al Alba», la canción que habita en la boca del pueblo y que cada uno entiende a su manera. Pero es que hay mucho más en este disco, que ofrenda de inmediato «Tiempo al tiempo», poesía al más puro estilo Fabrizio De André, seguida por «De Paso», quién sabe si un ejemplar homenaje al disco homónimo de su coetáneo Hilario Camacho. La voz de Aute aquí suena libérrima, sin la autocensura de otras tardes, trémula y expresiva como nunca. Precioso puente en versos hilados que coagulan en una emocionante sinestia generacional de la Transición. El disco esconde la, a mi juicio, mejor oda a la resaca jamás cantada y de propina un himno como fue «A por el mar».

RITO (1973, Ariola)

Los sueños de la razón producen monstruos. Bien lo sabe Aute, que se diría quiso esperar a haber madurado un estilo antes de lanzarse a generar una cascada de versos interpersonales, un diálogo inagotable donde siendo el amor la constante apenas si susurra la palabra. La segunda persona del singular sirve al poeta para ir quitándose los ropajes hasta llegar a la simple desnudez emocional, que llega «de alguna manera». Escenas goyescas, Cronos devorando a sus hijos se intercalan con alcobas vacías en un día de lluvia. Nostalgia mezclada con rebelión que no acepta la condición mortal. Son pesadillas de medianoche, encuentros con la parca entre sudores de duermevela. Pero la luz se abre paso en la preciosa «Acaso», un alegro ma non troppo que anuncia una nueva primavera en la mirada. Raros son los discos que van de menos a más, de lo oscuro a lo claro. Así discurre haciéndose el manantial más ancho y su discurrir más rápido mediante ambientaciones renacentistas cuando no barrocas. Y así llegamos a ese cénit que sale solo a veces, casi sin darnos cuenta, que es «Las cuatro y diez», una canción milagrosa, que parecía estar ahí esperando a gritos que el poeta la trajera a la vida.