Lenin llega en tren a Petrogrado para dirigir la revolución
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«El tren de Lenin», gasolina y fuego

El error de cálculo de las potencias europeas con respecto a Lenin y su llegada a Rusia centran este excelente ensayo

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La prepotencia es veneno para las elites, las conduce al desastre. Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin, fue como bien muestra este excelente libro un psicópata y cuando tuvo poder un asesino de masas. Pero fueron la imprudencia del gobierno alemán, cuando facilitó su tránsito en 1917 a territorio ruso, o el menosprecio hacia lo que representaba por parte del espionaje británico, las razones últimas de su éxito. Tras la primera revolución rusa en febrero de aquel año, que trajo la abdicación del zar Nicolás II y un gobierno provisional, la carencia de liderazgo resultó determinante. Como señaló el padre del novelista Vladimir Nabokov, el príncipe Lvov, primer ministro, «ocupaba el puesto del cochero, pero ni siquiera intentaba coger las riendas». En plena descomposición institucional, se apoderó del gobierno Alexander Kerenski, que intentó contentar a todos y destruyó la acción del Estado. «En la fase actual de la revolución, Rusia no puede ni establecer la paz, ni hacer la guerra», señaló un diplomático. A los espías alemanes y sus jefes políticos, carentes de sentido común, les pareció que la desestabilización de Rusia con la remisión allí de Lenin, un oscuro agitador radical residente en Suiza, ofrecía singulares ventajas.

La retaguardia

El intento de incendiar la retaguardia aliada pretendía reducir la guerra contra Alemania a un solo frente. Demasiado tentador para no intentarlo. No conocían al personaje. Lenin tomó todas las precauciones para que su regreso a la patria rusa no fuera interpretado como una maniobra de los alemanes y una traición. Resulta asombroso que lo consiguiera, a la vista de la humillante paz de Brest-Litovsk, que los triunfantes bolcheviques firmaron en marzo de 1918 con los militaristas prusianos. En ella, Rusia perdió un tercio de su población y sus tierras cultivadas, además del 75 por 100 de su industria. Les dio lo mismo, porque el plan de Lenin siempre fue otro. Lo repetía todos los días y a todas horas, con la consistencia de un fanático. No había tiempo para la política burguesa, pues la guerra imperialista no era asunto suyo. La promesa de paz, pan y tierra para los campesinos, repetida a todas horas, les daría el triunfo.

El gran libro de Merridale desvela grandes y pequeñas historias. Entre las primeras, lo concerniente al patrocinio alemán al inicio de la revolución soviética. Entre las segundas, destacan las relativas al viaje de Lenin y su comitiva de 32 personas, que transcurrió del 9 al 16 de abril. «Tenemos que ir a Rusia, aunque sea cruzando el infierno», había señalado cuando pensó en fugarse de Suiza disfrazado con una peluca, o haciéndose pasar por sordomudo. Al partir de Zúrich el 9 de abril, arrojó a las vías a un socialista alemán, que tomó por espía. Aunque la aduana suiza les requisó el queso y salchichas que llevaban, en Suecia les recibieron con banquetes.

El tren constaba de tres vagones de segunda clase y cinco de tercera, con dos lavabos y una zona de equipaje. Lenin impuso límites y horario. Nadie podía apearse y, como prohibió fumar, los afectados por este hábito iban al retrete por riguroso turno. «Se merece algo más que un tiro», proclamó Lenin al saber de la traición del agente doble Malinovsky. Ocho meses después de su llegada, Rusia entraba en la larga era soviética y, un año después, Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial. Los soldados leales al gobierno se enfrentaban en las calles de Berlín a las milicias comunistas, que citaban de memoria las frases incendiarias de Lenin.