Fotograma de la película «Marte», de Ridley Scott
Fotograma de la película «Marte», de Ridley Scott
LIBROS

La Tierra es un caso perdido

Ray Bradbury lo anticipó en sus «Crónicas marcianas» hace 70 años. Hoy está de moda en la literatura de ciencia ficción la «space opera» colonial: una vez agotado el planeta azul hay que hacer las maletas hacia el planeta rojo, y más allá

MADRIDActualizado:

Escapar de la Tierra será una de las propuestas de los catálogos de viajes en las próximas centurias. No para disfrutar de los prodigios que vio Roy Batty, el replicante filósofo de Blade Runner, en su corta e intensa vida, sino por la propia supervivencia de la especie humana. La space opera colonial triunfa en la literatura y en el cine -manifestaciones culturales en permanente diálogo-, y en los últimos años abundan los títulos donde la necesidad de explorar nuevos mundos es perentoria porque el nuestro tiene los días contados a causa de la superpoblación, el cambio climático, la acumulación de basura y otras plagas apocalípticas.

Paradójicamente, el escritor Wilson Tucker utilizó por primera vez el término space opera de forma peyorativa en 1941 para criticar la ciencia ficción folletinesca e ingenua de su época; hacía alusión al género de las soap operas, seriales radiofónicos o televisivos muy populares entre las amas de casa y los jóvenes estadounidenses. Esos daytime dramas tenían poco que ver con las terribles distopías que hoy nos ponen los pelos de punta.

La «ópera espacial» dejó atrás la candidez cuando Ray Bradbury publicó en 1950 sus Crónicas marcianas, donde traza en tono más poético que tecnológico la colonización de Marte por los humanos a finales del siglo XX (ya llegamos tarde), que llevaron en su equipaje todos los vicios y prejuicios que nos caracterizan. Porque no hay manera de que nuestra especie haga propósito de enmienda. En Tiempo de Marte (1964), Philip K. Dick describe los chanchullos inmobiliarios que tienen lugar en el planeta rojo, donde el uso del agua está controlado rígidamente y la mayoría de las viviendas se construyen alrededor de canales.

Conviene distinguir la colonización menesterosa del wéstern trasladado a las estrellas. Un ejemplo de esto último es El nombre del mundo es Bosque (Minotauro, 2008), de Ursula K. Le Guin, donde los humanos someten a los habitantes de corta estatura y piel verde de un planeta llamado Nueva Tahití, a los que usan como mano de obra barata para deforestar su mundo; finalmente los nativos se rebelan y se organiza una guerra al estilo de la que James Cameron filmó en Avatar, la película más taquillera de la historia y cuya primera secuela se espera para diciembre de 2020.

En esta línea, Nova ha reeditado este año Pórtico, de Frederik Pohl, originalmente publicada en 1977 y única novela que ha obtenido los máximos galardones del género: Hugo, Nebula, John W. Campbell y Locus. Describe una fiebre del oro intergaláctica que acaba con el descubrimiento de maravillas... y también de horrores.

Migración a la vista

En algunos casos no se trata de las aventuras de un puñado de colonos en busca de lugares habitables. En Jinetes de la antorcha (1974), de Norman Spinrad, se produce una gran migración tras la destrucción de la Tierra. Más de dos mil naves llevan un millar de años dando tumbos por el espacio en busca de un nuevo hogar. A esos restos de la humanidad les ha dado tiempo a crear una sociedad ociosa y pagada de sí misma a la que un experto en comunicación de masas da una terrible noticia: no hay planetas disponibles.

«Jinetes de la antorcha es una pequeña joya del género, un primer canto al ecologismo muchos años antes de que este movimiento se tomara en serio y un anticipo a la corriente cyberpunk de la década de 1980», comenta Miquel Barceló, autor de Ciencia Ficción. Nueva guía de lectura (Nova, 2015).

En este breve repaso a los clásicos no debe faltar La Luna es una cruel amante, de Robert A. Heinlein, que obtuvo el Premio Hugo en 1967. Narra cómo los colonos de la Luna luchan por independizarse de la Tierra. ¿Les suena de algo? Pues están equivocados. El paralelismo es con la guerra de independencia norteamericana: de hecho, la fecha de la declaración lunar es el 4 de julio de 4076, 2.300 años después del histórico evento.

El cine ha explotado el argumento con títulos muy renombrados, desde la genial y entrañable película de animación Wall-E (2008), de la factoría Disney-Pixar, hasta la épica y compleja Interstellar (2014), de Christopher Nolan, donde un equipo de astronautas viaja a través de un agujero de gusano (atajo espacio-temporal) para escudriñar planetas viables, una vez que las cosechas de la Tierra sucumben bajo tormentas de polvo. El marciano, novela del californiano Andy Weir publicada en España por Nova, se convirtió en un fenómeno editorial, con más de tres millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, e inspiró la película Marte (2015), de Ridley Scott. Protagonizada por Matt Damon, cuenta la epopeya de un astronauta abandonado en el planeta rojo por sus compañeros, que le dan por muerto, y tiene que echar mano de todo su ingenio para sobrevivir.

Una ciudad en la Luna

Nova anuncia el lanzamiento, para dentro de un mes y de forma simultánea con Estados Unidos, del nuevo libro de Weir, Artemisa, un thriller ambientado en una urbe lunar donde la vida es complicada si no eres un turista adinerado. Antes de llegar a las librerías los derechos cinematográficos ya han sido vendidos a Fox.

«El marciano es como La isla misteriosa de Julio Verne», señala Miquel Barceló. «Una vez se lo dije a Andy Weir, y su respuesta resultó sorprendente: no había leído nada de Verne». Para este ingeniero aeronáutico y doctor en Informática, que se confiesa un friki desde que, siendo un niño, leyó Titán invade la Tierra, de Robert A. Heinlein, «la buena ciencia ficción no es escapista ni acomodaticia, sino que plantea preguntas».

Por ejemplo, si la Tierra es un caso perdido y hay que hacer las maletas.