Carlos Zanón en un taxi de Barcelona
Carlos Zanón en un taxi de Barcelona
LIBROS

«Taxi», patrullando la ciudad

La novela de Carlos Zanón transita por las calles y los barrios de la Barcelona más canalla y gamberra

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No es casual, por esta y otras razones de carácter mucho más comercial, que la faja con la que Salamandra ha decidido promocionar su apuesta rece: «La nueva gran novela sobre Barcelona». Porque quien protagoniza las casi cuatrocientas páginas que recogen la carrera infinita del taxi de Sandino no es Sandino, ni sus compañeros de profesión, Rafa, Sebas o Sofía; ni siquiera su pareja, Lola, o su amante desaparecida… La protagonista absoluta de esta narración es la ciudad, que como un extraterrestre invasor de cuerpos cambia de forma y adopta a su antojo, según le convenga, el perfil del amplísimo abanico de personajes con los que Carlos Zanón puebla cada uno de sus rincones, desde los barrios más nobles a los paisajes casi lunares del cementerio y el aeropuerto.

En tierra de nadie

Sandino, igual que Barcelona, habita la tierra de nadie, «añora a sus muertos como añora a Toni Soprano o a Los Smiths». Coqueteó con la universidad pero acabó siendo taxista. Hubo un tiempo en que soñó con escribir, pero al final terminó leyendo la novela de uno de sus clientes habituales; y esa extrañeza que le produce descubrirse cada uno de los días de la semana que fragmentan sus pasos al ritmo de las canciones de The Clash en un lugar no elegido es lo mejor de «Taxi»: la sensación de no reconocerse, subrayada con inteligencia por un punto de vista narrativo que se divide entre una tercera persona, que asiste al desarrollo de los acontecimientos con una frialdad de espectador, y un «tú» que se interpela y divaga a veces desconcertado, a veces furioso, ante lo que va ocurriendo.

Barra de bar

Y es que la novela gana en sus puntos más canallas y «sucios», allí donde Zanón se olvida un poco de que también es poeta y ajusta sus pinceladas al talante gamberro de su fauna, con tendencia a desayunar café con leche y cruasán del día anterior en la barra de un bar; y pierde algo en aquellos fragmentos prescindibles en los que al autor se recrea en las imágenes y tropieza con enumeraciones demasiado largas, infectadas por el regusto conocido de las letras de Sabina, y quién sabe si consecuencia de un mal frecuente en la literatura de nuestro tiempo: considerar que una novela, cuanto más larga, mejor novela. Gran error.

En cualquier caso, «Taxi» merece ser leída porque es sólida, resultado de una mirada diferente, que comparte la luz de las «Últimas tardes con Teresa» de Juan Marsé y «La ciudad de los prodigios» de Eduardo Mendoza, pero contempla el paisaje desde un siglo distinto. En esto último, hoy más que nunca, reside su mayor fuerza.