Ilustración de Gaudí realizada por el artista Little
Ilustración de Gaudí realizada por el artista Little
ARQUITECTURA

Retrato robot de un genio llamado Gaudí

Si alguien piensa que conoce al autor de la Sagrada Familia en toda su dimensión, anda bien equivocado. Gaudí aún sigue siendo un enigma, un hombre y un artista plagado de sombras más que de luces. Respondemos a algunos de sus interrogantes

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A Gaudí lo entierran un 12 de julio de 1926 en olor de multitudes. Fanfarrias y boato en honor de uno de los grandes personajes de la época. No obstante, choca que ese Gaudí, al que lloran desde el más pobre al más rico, del político de turno al militar de mando en plaza en la Ciudad Condal, muera como un mendigo, un indigente atropellado por un tranvía de la línea 30 al cruzar la Gran Vía en la intersección de la calle Bailén y Girona, y cuyo cuerpo tendido en la carretera tras el accidente nadie es capaz de identificar ni auxiliar. Poco antes, había abandonado su encierro en el estudio que habitaba cual ermitaño en la Sagrada Familia para dar un paseo absorto en sus pensamientos, con las manos en los bolsillos de una chaqueta raída por el uso, sin identificación alguna ni dinero. Hasta su fallecimiento, agonizará en un hospital sin que nadie sepa que ese maltrecho cuerpo tiene un nombre y apellido ilustre, el del artífice de la Sagrada Familia. Un final trágico para una vida en absoluto plana y convencional.

De los genios ya se sabe, pero es que la condena de Gaudí va mucho más allá: no solo debe aguantar el carácter de quien se sabe desde niño predestinado para la gloria, como le repite una y otra vez su abuelo; además tiene que llevar a cuestas las mil y una rarezas propias de una personalidad que, en palabras de Xavier Güell, tataranieto del gran mecenas del arquitecto, Eusebio Güell, se resumen en «Gaudí lleva implícito muchos gaudís».

Xavier Güell acaba de publicar «Yo, Gaudí» (Galaxia Gutenberg), donde relata la manera de ser y de hacer del maestro, de la cuna a la tumba. Tal y como señala, «la realidad del personaje se conoce poco, porque Gaudí tenía un carácter misántropo, hosco, poco dado a entregarse a los demás. De sencillo y humilde tenía poco o nada. Era una persona colérica, con pocas ganas de dar explicaciones y que tenía, a pesar del mal ambiente y de las críticas que recibía, que eran constantes, la convicción absoluta de que era un genio. La "rauxa" tan especial catalana llevada hasta extremos absolutos». De la mano de Xavier Güell vamos a desentrañar las claves de una personalidad que, pese a su fama universal, sigue siendo un gran desconocido: una pegatina, un souvenir, tanto o más que su obra maestra, esa Sagrada Familia que al año recibe la visita de cerca de cinco millones de turistas.

INFANCIA APEGADA A LA TIERRA. «Era un hombre de pueblo, que aprendió a ver la naturaleza desde que nació en la masía que tenían sus padres cerca de Reus, en el pueblo de Ruidoms. Vive con la naturaleza, y no dejará de vivir con la naturaleza hasta el final. Era su única maestra. En la naturaleza todo bullía en contradicción y había que llegar a ese punto de síntesis, de ver las cosas desde su más profunda esencia».

UN JOVEN PERDIDO EN BARCELONA. «Le costó dejar Tarragona y su pueblo natal, Ruidoms, para irse a Barcelona. Las primeras impresiones que tiene de la ciudad son malas. Lo que le gustaba era la luz del Mediterráneo, esa luz inclinada en 45 grados que le hacía ver las cosas de manera diferente».

UN REBELDE EN LOS ESTUDIOS. «En la Escuela de Arquitectura hace lo que le da la gana, saltándose las clases, todas las normas. Y, al final, no tienen más remedio que reconocer que tiene talento y le aprueban. Mantiene una relación difícil con sus colegas. Específicamente difícil con Domènech Montaner, que era dos años mayor que él, y que había sido su profesor, el único que le aprueba en el examen final de arquitectura».

EUSEBIO GÜELL, SU MECENAS DE CABECERA. «Gaudí encuentra a Güell en 1878, y no había construido casi nada, sólo las farolas de la Plaza Real en Barcelona. Eusebio Güell visita el pabellón español de la Exposición Universal de ese año en París, y ahí, por casualidad, ve una vitrina en donde se exponen guantes. Al regresar a Barcelona le dicen que es la obra de un joven arquitecto llamado Gaudí. Pregunta por él a Joan Martorell, profesor en la Escuela de Arquitectura. Y este le dice que no sabe bien si se trata de un genio o de un loco. A partir de ahí, Güell y Gaudí se encuentran y dan inicio a una relación maravillosa. Repito, que no solo se trata de un mecenas que encarga y paga obras a un arquitecto. Hay una identificación absoluta, un objetivo: transformar la ciudad de Barcelona».

DE DANDI A MENDIGO. «Gaudí va recorriendo etapas de su vida bien contradictorias y diferentes. Pasa de ser un dandi en la juventud con reconocimiento, poder y dinero, a ir reconcentrándose en su interior para descubrir su verdadera esencia y poderla trasladar a sus obras».

¿CUÁNDO EMERGE EL GAUDÍ QUE HOY CONOCEMOS? «Hay una fractura o un punto de cesura determinante que es su encuentro con el obispo Campins, el cual le encarga el Palacio Episcopal de Astorga. Campins le abre los ojos y le viene a decir: “Tus obras pueden ser bellísimas, pero para ser sublimes tienes que dar un paso más. Y ese paso no lo vas a poder dar solo, sino dirigiéndote a Dios, intentando que Dios esté detrás de tu propia creación”. Y eso Gaudí lo entiende. A partir de entonces, hay un proceso de interiorización progresivo que lleva al extremo final de retirarse del mundo y concentrarse solo en esos sueños y en esos deseos de trascendencia que vuelca de una manera brutal en sus últimas obras».

MISÁNTROPO. «Fue un hombre solitario que creció a medida que se encerró en sí mismo, que vivió en su mundo y desatendió todo lo demás, que sufrió en soledad y volcó ese sufrimiento en sus obras».

AMADO Y ODIADO. «Gaudí fue increíblemente criticado en todo su tiempo... Pero él creía en su destino, que su tiempo llegaría. Durante su vida tuvo que sufrir innumerables incomprensiones. Le tildaban de reaccionario, de ser un viejo carcamal distanciado de los pulsos de la modernidad, críticas venidas desde todas partes, de Eugenio d’Ors, y el noucentismo, de Picasso, de Unamuno, pero también de buena parte de la burguesía que rechazaba y se burlaba de sus obras. Por ejemplo, el extraordinario escándalo que supuso la construcción de la Casa Milá, La Pedrera, como era llamada en tono peyorativo, y que provocó todo tipo de chanzas y rechazos».

¿ES LA SAGRADA FAMILIA SU GRAN OBRA? «Se la encargan a los 30 años, y él muere a los 72-73, con lo cual está 42 años de su vida -es decir, bastante más que la mitad- con este proyecto. La Sagrada Familia, con sus altibajos -cuando había dinero o cuando se paralizaba por falta medios-, es la obra de su vida. Y sabía que era imposible acabarla».

SI LEVANTARA LA CABEZA... «Pensaría que se equivocó porque él hizo su testamento y nombró sucesor de las obras de la Sagrada Familia. Tuvo oportunidad de entregarle el relevo a su discípulo con enorme diferencia más dotado, Josep María Jujol. Se lo había prometido, pero opta por Domènech Sugranyes. Fue mezquino al no elegir al discípulo que sabía que era mejor».

SU MAYOR FRACASO: «Quedó muy disgustado con el Palacio Episcopal de Astorga, porque lo había hecho a desgana ya que le horrorizaba viajar. Había tenido con los astorganos y con el alcalde y con todos los religiosos que estaban por debajo del obispo una relación muy mala, y, cuando muere el obispo, antes de que acabe de el palacio, lo expulsan y le dicen que ya no cuentan más con sus servicios. Eso le ofende».

¿CONSTRUYÓ FUERA DE ESPAÑA? «Sí, en Tánger, un edificio para los franciscanos, que era una Sagrada Familia en pequeño. Fue un encargo que le hace el segundo marqués de Comillas, Claudio López-Bru, quien le convence de ir a Tánger. Se conserva un dibujo. No pasó de ahí porque ese proyecto nunca se llevó adelante»

EN EL AMOR. «Tuvo a Pepeta Moreu, que fue considerada como su novia formal, aunque para nada cuajó. Él se arma de valor -Gaudí era fundamentalmente muy tímido-para confesarle su amor y proponerle matrimonio, y ella le responde de una manera cruel: “Pensaba que a usted no le gustaban las mujeres”».