Detalle de uno de los dibujos de Ramón Gaya que fue portada de la publicación «Blanco y Negro»
Detalle de uno de los dibujos de Ramón Gaya que fue portada de la publicación «Blanco y Negro»
ARTE

Ramón Gaya, un pájaro solitario

No son muchas, pero la veintena de colaboraciones con las que cuenta la Colección ABC de Ramón Gaya son un tesoro. Porque este autor, pese a su negación de las vanguardias, fue un maestro

Actualizado:

Siento especial debilidad por los artistas que se resisten a la tiranía de las modas y perseveran en la coherencia de su propuesta personal sin esperar más recompensa que la satisfacción de la de «añadir vida a la vida y realidad a la realidad, para evitar que la realidad se empobrezca», como sostuvo Ramón Gaya (Murcia, 1910-Valencia, 2005).

No es que la Colección ABC posea muchas obras suyas (tan sólo veinte), pero varias de ellas, como las que iluminaban algunas de sus colaboraciones escritas de 1961, pese a su aparente condición menor, están entre mis debilidades de esos cuantiosos fondos. Aún recuerdo la emoción del descubrimiento, en un número del tebeo «Pinocho» de 1925, del dibujo de un lector de quince años, en el que se representaba una ventana abierta con una planta en el alféizar. Macetas que riego un día sí y un día no, se llamaba la colaboración de aquel jovencísimo Gaya que había nacido accidentalmente en Murcia, a donde su padre, un notable y culto litógrafo catalán, se había trasladado para instalar una máquina de reproducción. Era toda una declaración de principios de un muchacho que aprendía junto a pintores locales como Pedro Flores y Luis Garay.

Dos años después, y gracias a una beca del ayuntamiento murciano, pudo viajar a Madrid, donde sucumbiría a la revelación de encontrarse con los maestros del Museo del Prado, generando en él un estado de pasmo -como diría su amiga María Zambrano- que le acompañó hasta el final de sus días cada vez que se colocaba ante un lienzo en blanco.

En Madrid trabó amistad con algunos miembros de la Generación del 27, pero, acicateado por la tierra prometida de París, viajó a la capital francesa con Flores y Garay, con los que expondría en la galería Aux Quatre Chemins, para conocer de cerca la efervescencia de las vanguardias. Las propuestas de las mismas le parecieron antiguas («no antiguas: usadas, usadas exactamente») y vulnerables, lo que le colocó inmediatamente en una posición de aislamiento. Regresó a España y se refugió en Altea, rumiando la respuesta de sus instintos frente a lo que consideraba la antítesis de la creación viva.

Independencia crítica

Tras el advenimiento de la Segunda República, Gaya participó en las Misiones Pedagógicas, que llevaron el arte, con sus reproducciones de cuadros del Prado, a los pueblos más olvidados de nuestra geografía. Y, poco antes del estallido de la Guerra Civil, se casó con Fe Sanz. A diferencia del maniqueísmo con que se condujeron muchos de sus compañeros durante la contienda fratricida, él trató de conservar una independencia crítica (de ahí, por ejemplo, su famosa polémica con Josep Renau), mientras se implicaba en proyectos como la revista «Hora de España», que iluminó con deliciosas viñetas.

Había en él un pintor que escribía, y escribía muy bien. Vale la pena conocerlo también

Como tantos otros republicanos de Valencia, donde había nacido su hija, se trasladó a Barcelona al anunciarse el desenlace de la guerra. Allí falleció su mujer durante un bombardeo. Y poco después le tocó buscar refugio en Francia y acabar en el campo de concentración de Saint Cyprien.

Tras dejar a su hija con unos amigos, Gaya se embarcaría en el famoso buque Sinaia hacia México, donde permaneció hasta 1952, acusando en su espíritu y en su obra la condición de transterrado eterno, que es para mí una de sus señas de identidad.

Porque ni su regreso a Europa, con un fugaz retorno a México antes de residir en Roma, con una pequeña escala en España, le apartarían ya de una fidelidad para con su única patria: el modesto territorio creativo en el que unos contemplativos bodegones, «homenajes», retratos y vistas lo vinculan con el hilo continuo de la gran pintura (Velázquez, Rembrandt, Tiziano, Murillo, Rosales, Nonell, Solana…).

Anemia pictórica

No sería hasta 1960 que decidió abandonar su exilio para instalarse de nuevo entre nosotros y reencontrarse con su hija, seis años antes de conocer a la mujer que sería principal confidente de su callada batalla contra la hegemonía alborozada de la anemia pictórica: Isabel Verdejo.

Barcelona, Murcia, Madrid, Valencia… ¡Qué importaba dónde residiera si su tiempo y su espacio eran sobre todo mentales, alejados del ruido de lo que no eran más que divertimentos superficiales! Y todo ello al tiempo que nos demostraba con libros como «El sentimiento de la pintura» o «Velázquez, pájaro solitario» que había en él un pintor que escribía, y escribía muy bien, sin extraviarse aquí tampoco en lo que más temía: esos pequeños logros que distraen al creador con una ebriedad de la que ignora su condición de pasajera.

Afortunadamente, y pese al cainismo de un sector de la crítica que no quiso entenderlo y despachó como anacrónica su empecinada resistencia, Gaya pudo alcanzar a ver en vida el reconocimiento a su batalla: Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes en 1985, inauguración de un museo en Murcia dedicado a su obra en 1990, Premio Nacional de Artes Plásticas en 1997 o Velázquez en 2002.

Pero si quieren conocer mejor su pensamiento, y vale la pena hacerlo, lean sus textos y el estudio «El arte como destino» que Miriam Moreno le dedicó en 2010. Se encontrarán con el ideario de quien supo escucharse dentro de cada una de sus líneas, dentro de cada una de sus pinceladas, y se entregó en cuerpo y alma a esa fatalidad.