«Piramide di C. Cestio»
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ARTE

Piranesi, un anticipo en la Biblioteca Nacional

La BNE se adelanta a 2020, el que será año Piranesi, mostrando parte de sus fondos sobre este artista

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Giovanni Battista Piranesi, uno de los más grandes dibujantes y grabadores del siglo XVIII, presumía de ser arquitecto, aunque sólo pudo materializar sus proyectos una vez y en un lugar: la villa de la orden de Malta en la colina del Aventino de Roma. Si bien el templo que preside este hermoso complejo es considerado una obra maestra de la arquitectura, los visitantes que acuden a él suelen conformarse con mirar por el ojo de la cerradura del portón de acceso, un pequeño agujero desde el que se ve, perfectamente enmarcada, la cúpula de San Pedro del Vaticano. La anécdota revela algo fundamental para comprender al autor: su gusto por los detalles.

Los primeros biógrafos de Piranesi, influidos quizás por ciertos rumores maledicentes que corrieron a su muerte, le atribuyeron una vida tumultuosa, comparable a la de Cellini o Caravaggio, pero la reputación de hombre turbulento y extravagante no concuerda con lo que se sabe de su vida ni con los retratos que de él hicieron sus contemporáneos. Un vistazo al que se atribuye a Angelica Kauffman (una de esas pintoras ahora invisibles) hace sospechar que su principal excentricidad fue pensar por sí mismo. El veneciano alcanzó pronto el éxito en el mundo artístico europeo, jamás nadie lo rechazó por sus costumbres u opiniones, algunas muy polémicas, y si tuvo fama de raro es porque, en efecto, fue un tipo fuera de lo común. ¿Acaso una obra como la suya podría haber sido hecha por alguien normal y corriente?

Aunque su prestigio debe mucho a sus fantasías arquitectónicas -las célebres cárceles en las que se inspiraron los creadores de la novela gótica-, el grueso de su producción lo forman estampas elaboradas a partir de la realidad. Desde que llegó a Roma, en 1740, se sintió fascinado por sus ruinas. Fue, de hecho, el primero en copiar la historia de las guerras de Trajano contra los dacios esculpida en bajorrelieve en la monumental columna de Apolodoro de Damasco en el foro. Previamente había fracasado en el intento un pintor francés llamado Precheux. La tarea era incómoda y peligrosa. El pintor debía permanecer colgado en una cesta sujeta con una polea mientras dibujaba cada centímetro de columna.

¿Acaso una obra como la suya podría haber sido hecha por alguien normal y corriente?

Esta pasión por las antigüedades lo llevó asimismo a explorar cisternas y catacumbas y a excavar la Villa Adriana de Tívoli, proyecto en el que le secundó financieramente un compatriota, el papa Clemente XIII. Su sueño de arqueólogo era encontrar un vestigio que le permitiera reconstruir la imagen de Antinoo, el joven amado por el emperador, pero no tuvo suerte. Tanto le interesaban estos temas que llegó a desafiar incluso a la historiografía dominante defendiendo en su libro Sobre la magnificencia de la arquitectura de los romanos que el modelo de toda la arquitectura era el templo de Salomón de Jerusalén. Piranesi no creía en la originalidad griega. Los griegos se basaron en los etruscos, que lo habían hecho antes en los egipcios, y estos en los judíos, inspirados por Dios.

Como otros artistas de la época, Piranesi intuyó que los valores clásicos sobre los que se había sostenido la civilización mediterránea estaban a punto de desmoronarse. La imagen del ser humano perdido en el mundo creado por él mismo -sus cárceles, ese laberinto de pasarelas que no llevan a ninguna parte y de potentes artilugios constructivos que devienen aparatos de tortura, constituyen una metáfora de la modernidad- es la otra cara de su pasión por Roma, la Roma eterna devorada por algo más eterno que ella: el tiempo.

Nuestra Biblioteca Nacional posee una importante colección de estampas y libros suyos. Aprovechando que el próximo año se cumple el tercer centenario de su nacimiento, la institución ha actualizado el inventario que preparó en 1936 Enrique Lafuente Ferrari y ha organizado una gran exposición en la que se exhiben 300 estampas, varias matrices originales grabadas por el artista veneciano y pinturas, esculturas y dibujos de algunos de sus contemporáneos. El lector hará bien no desaprovechando esta oportunidad para conocer su extensa obra y deleitarse con la ciudad que tanto amó.