Óscar Mariné (Madrid, 1951)
Óscar Mariné (Madrid, 1951) - Isabel Permuy
DISEÑO

Óscar Mariné: «Me machacó mucho esa frase del “¿Estudias o diseñas?”, una sandez de nuestra generación»

El diseñador Óscar Mariné es ya historia viva de la disciplina en España. Su mente inquieta ha buceado también en los ámbitos de la tipografía, la escenografía, la edición o la ilustración. Norman Foster, Siniestro Total, Almodóvar y Álex de la Iglesia, entre sus clientes

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El premio Nacional de Diseño 2010, Óscar Mariné (Madrid, 1951) es muy coqueto. Se puede ser Premio Nacional y coqueto. Al reparar que me acompaña una fotógrafa para esta entrevista le espeta que él no puede retratarse si antes no pasa por la peluquería. Y lo hizo. Ya les digo si lo hizo. En Chueca, su barrio -aunque habíamos quedado en La Casa Encendida, donde daría una charla en la feria Libros Mutantes-, y donde invitaba a comer a la fotógrafa si le seguía el juego... Mariné es un tipo estupendo, no entiendan esta anécdota como una arrogancia de famosillo. Sirva para hacerles comprender cómo para él es tan importante el contenido como la forma. Una mente de la que han salido productos que hoy ilustran parte de la Historia de la cultura española, como la revista «Madrid me mata» o los carteles de «El día de la bestia» o «Todo sobre mi madre». Seguro que ambas imágenes acaban de rebrotar con fuerza en su cabeza. Y si lo han hecho, es porque su autor cuidó hasta el último detalle para convertirlas en iconos: «Los diseñadores tenemos que aspirar a mejorar el mundo con nuestro trabajo», me repite. «Contenido, contenido y más contenido. Ese es el buen diseño», insiste. ¡Silencio! Mariné está a punto de volver a hablar.

Diseñador, ilustrador, artista, editor… Sin embargo, prefiere ser definido como «comunicador». ¿Por qué este término engloba todo lo demás?

Porque todos esos trabajos están relacionados con la comunicación. Cuando yo me acerqué por primera vez a esta profesión, mi interés era manejar unos elementos que fueran capaces de comunicar unas ideas. Digamos que, desde Gutenberg, está relacionada con la comunicación. De hecho, podemos decir que lo ocurrido con Notre Dame y su incendio es el culmen de la unión entre arte y comunicación.

Aunque usted iba para arquitecto o fotógrafo.

Mi interés real era hacer cine, porque mi padre era operador de cámara. Trabajé como fotógrafo, también fui periodista. Una cosa que no cuento es que me quedé sordo en un viaje mientras cubría una guerra en Zimbabue. Tenía 25 años. Eso me dirigió definitivamente a la imagen como salvamento.

Los viejos del lugar lo conocen por ser el fundador y director de «Madrid me mata». Eran los 80 y se imponía el espíritu del «do it yourself». ¿Es esa una buena política para crearse un estilo?

Desembarcar en el diseño era complicadísimo, de forma que lo que sintetizó todo aquel esfuerzo fue hacer esa revista. Madrid me mata fue una aventura que duró muy poco, pero fue uno de los grandes logros de mi vida. Localmente no tuvo una gran acogida, pero a mí me ayudó a llegar a Nueva York.

¿Cómo?

Uno de mis mayores adalides fue Tibor Kalman, una de las personas por las que me he dedicado a esta profesión. En sus manos cayó un número de la revista. En realidad se la llevó David Byrne, el cantante de Talking Heads. Kalman era el que le hacía las portadas de los discos. En una de sus visitas a Madrid, preguntó por mí para decirme que le gustaba «Madrid me mata». Me despertó para contármelo a las dos de la mañana. Yo pensaba que era una broma. Y así es como Nueva York se convirtió en mi segunda ciudad. Si la publicación hoy sigue siendo un hito es porque la concebimos como una pieza gráfica.

«No es de rigor que una generación no sepa nada de las pretéritas. Y cuando digo “nada” es “nada”»

A grabadora todavía cerrada me hablaba de la dificultad de los creadores de Madrid para desarrollar su trabajo hoy en la ciudad. ¿Madrid «les mata»?

Madrid siempre nos ha matado a todos. Es una ciudad dura. Te hacía y te hace avanzar con rapidez en cualquier profesión, pero no te coloca. Casi todo el mundo tiene luego un lugar en otro sitio. En cierta medida, de eso venía el título de la revista. Esta ciudad protege poco, es fácil quererla mucho, pero es compleja. Si mi trabajo es muy cosmopolita es porque tuve que buscar los clientes fuera. Por eso marché a Nueva York, a Londres, Suiza, Francia o Alemania... Llevo toda la vida subido en un avión. Y una cosa te diré: vivimos inmersos en los nacionalismos, y no me refiero al catalán o al español, los hay en todo el mundo, lo que dificulta aún más trabajar en cualquier lugar. Cada entorno protege lo suyo, algo que Madrid no ha hecho nunca. Ya no hay sitios más difíciles que otros, porque todo el mundo cuenta con sus diseñadores locales, jóvenes... Eso, por un lado es positivo, pero no genera una competencia real. Abrir las puertas trae generalmente más cosas buenas que malas. Pero habrá que esperar a tiempos mejores.

Detalle del cartel del filme «Todo sobre mi madre», diseñado por Mariné
Detalle del cartel del filme «Todo sobre mi madre», diseñado por Mariné

Por cierto, ¿cómo definiría su propio estilo?

El estilo es algo que, como decía Pitágoras, se alcanza con el tiempo. Él realmente se refería al criterio, pero bueno. Es el resultado de horas de trabajo, de desarrollar formas hasta que un día surge una que parece más reconocible. Soy un diseñador centrado en el mundo editorial y de las marcas, pero que ha pasado a ser reconocido al dibujar. Y eso fue una carambola. Por eso soy más conocido por el cartel de Almodóvar; en EE.UU., por la campaña para Absolut... En los noventa vieron la luz unos carteles de cine junto a autores muy reconocidos como Julio Médem o Álex de la Iglesia que me acompañarán siempre. Pero creo que mi estilo real es convertir un trabajo en un símbolo, en un icono.

«Soy un diseñador centrado en el mundo editorial y de las marcas, pero que ha pasado a ser reconocido al dibujar»

Usted comenzó haciendo camisetas.

Es que eran soportes importantísimos. Recuerda la de Los Ramones, la más famosa de todos los tiempos. Para llegar al imaginario popular eran fascinantes, por encima de la moda incluso. Eso sigue funcionando: la camiseta de Los Ramones ya es un icono, la puedes llevar hasta con un esmoquin. A mí la camiseta me enseñó lo que era la impresión, la serigrafía, y a entender que tenía que perseguir símbolos que se establecieran como iconos. De ahí pasé a hacer portadas de discos, a la búsqueda también de imágenes que aguantasen en el tiempo. Eso solo ocurre cuando se ha hecho con cuidado. Todo pasa de moda, pero ciertas imágenes siguen funcionando: portadas de Siniestro Total, carteles de «El día de la bestia», de «Tierra»...

A mí me dicen «Óscar Mariné» y lo primero que pienso es en «Todo sobre mi madre». ¿Por qué le dice generalmente la gente que le recuerda más?

Tú me recuerdas por eso, como se conoce a Matisse por los cuadros que hacía cuando recortaba papeles porque no podía ya pintar. Hay personas que son solamente una cosa. O son la foto que sale en la enciclopedia, pese a que hicieran muchas otras. Para Almodóvar, incluso, esa película supuso un paso importante en su trayectoria. Pero ese cartel tiene una historia curiosa y es que planteé a Pedro hacer algo que no se cambiara en ningún país del mundo. Para mí, el logro de ese cartel es el del triunfo de la cultura española en el mundo entero. Ese año, esa imagen fue más vista que la del Real Madrid o la del Barça juntos. Eso es básico, porque eso es la cultura gráfica. Y cuando en el mundo se veía ese cartel, se veía a una mujer moderna, y se entendió que en España éramos un país moderno. Hasta entonces eso no estaba tan claro.

Sin embargo, en su opinión, el trabajo por el que debería ser recordado es...

Almodóvar es Almodóvar. Lo más importante siempre es el cliente. Pero he tenido la suerte de hacer la imagen del estudio Foster & Partners, eso no es fácil; también contribuí a vender Camper por el mundo, lo que tampoco es fácil, como tampoco lo fue hacer Absolut Mariné. Son logros que te los da el cliente, como trabajar con Swatch o Benetton. Sin un Siniestro Total detrás no hay un «¿Cuándo se come aquí?»

«Madrid siempre nos ha matado a todos. Es una ciudad dura, aunque se hace querer»

¿A cuál le tiene usted más cariño?

A todos. Cada uno llegó en su momento y en su momento me interesaron muchísimo. Y lo que más me gustaba era pasar de una cosa a otra distinta: del diseño de un disco punk al rediseño de un periódico. Y resumir una película, que es la ilusión colectiva de un montón de gente -y un montón de dinero-, en una sola imagen es complicadísimo. Eso no siempre sucede. Tenemos Madrid forrado con los carteles de la última de «Juegos de Tronos». Yo los miro y pienso: «¡Qué santa porquería!». Quizás en el país de origen se cuide el producto, pero el repique que llega aquí a 2.000 marquesinas en una imagen tremenda, descuidada a más no poder. Cuando yo trabajo busco todo lo contrario, que lo mires y digas: «¡Jo, pues me has levantado el día!».

-Hay un eterno debate sobre si el diseñador debe dejar su huella en el producto o si debe pasar desapercibido porque lo que prima es la utilidad.

Eso es como plantearse si cuando uno escribe un artículo tiene o no que puntuar bien. Hay ocasiones en las que el encargo te da más espacios. Pero como cuando en periodismo hacéis una columna de opinión o una crónica. Ahora son miles los que estudian diseño, aunque culturalmente no está tan asumido. Hubo años en los que estuvo incrustado en la sociedad española porque había profesionales que hacían su trabajo y se les reconocía. También ha habido momentos de confusión, en los que el diseño se vio con sospecha. A mí me machacó mucho esa frase del «¿Estudias o diseñas?», una sandez de nuestra generación. Ese espíritu de duda, de si lo que haces sirve o solo encarece un precio, si la coletilla «de diseño» significa que ese local es estúpido... El diseño no es una panda de idiotas entorpeciendo un mercado, sino todo lo contrario. Acabaremos asumiéndolo. Pero sin memoria, sin masa crítica, el conocimiento se va por la alcantarilla. No es de rigor que una generación no sepa nada de las pretéritas. Y cuando digo nada es nada. Una cultura es una suma de elementos. No vale solo lo de «romper con todo».

Mencionó su relación con los cineastas y los músicos. ¿Se termina uno especializando en determinadas temáticas?

Te las vas encontrando, pero es cierto que la música, en mi caso, fue el motor. Yo me colé en la profesión por esta vía. De hecho, monté una distribuidora de música que tuvo muchísimo éxito en plena Movida. Todo, con el objetivo de hacer alguna portada de discos. Era un «autocontrato» constante porque no había clientes. También venía del mundo del cine por formación: pertenezco a una generación que ha visto una película diaria; aprendí a ver la imagen a través de una cámara. Las revistas también fueron fundamentales: Fui un apasionado de «Life» y «Paris Match». El día que me llegó el encargo de Elena Foster para hacer la mejor revista de fotografía del mundo, «C», pues imagínate. Ahora estoy haciendo interiorismo.

«Mi estilo real se basa en convertir cualquier trabajo, cualquier encargoen un símbolo, en un icono»

Por cierto, ¿Bruce Springsteen, Siniestro Total, Calamaro o Brian Eno?

-Cada uno tiene su rollo. Pero hay otro con el que también he trabajado y que para mí es toda una referencia: Moncho Alpuente, otro madrileño espléndido. Aquello era una fiesta constante y un homenaje a la inteligencia. Trabajar con Brian Eno es un lujo absoluto, era uno de los genios de mi generación.

También es artista. ¿Se repite ahí el tópico de que trabaja con más libertad en este ámbito al estar liberado del encargo?

Cualquier trabajo que yo haga lo intentaré hacer lo mejor posible. Claro que cuando trabajas solo aquello se convierte más en una especulación. No le rindes cuentas a nadie. No tienes que buscar un consenso. Y aunque proteste mucho en el proceso creativo, al final tengo muchas tablas para enfrentarme a un encargo comercial y hacer algo serio. Cada vez es más difícil encontrar un cliente bueno que te deje trabajar, porque ahora, con las nuevas tecnologías, todo el mundo cree que sabe más de todo y opina. Si tú sabes 8 y el cliente sabe 2, nos vamos al 5 de golpe.

-En 2010 se alzó con el Premio Nacional de Diseño. ¿Podría conseguir también el de artes plásticas?

-El problema es que en España parece que trabajamos en ligas diferentes. En otras lenguas, el diseño se acerca más al disegno, al dibujo italiano. En español, es una palabra que te pone en alerta. Estamos celebrando cien años de La Bauhaus y en España sigue costándonos entender el arte contemporáneo, cuando es un movimiento que tiene 20 años menos que el cine.

Es además un experto tipógrafo, justo cuando la caligrafía y la ortografía están en horas bajas.

La tipografía es un arte. Yo la aprendí en imprentas. No había manuales al respecto y se aprendía todo como en El nombre de la rosa, esperando que al otro se le escapara algo. Aquí también vivíamos en la segunda división, sin tipografías propias como los ingleses, los franceses o los italianos. ¡Pero cómo puede cambiar la palabra cuando uno sabe hablar bien! Con la escritura ocurre igual. Ahora hay millones de fuentes, pero ocurre como con la foto: ante millones de imágenes sabes distinguir a la primera las cuatro mejores. Y cuando eres capaz de juntar la buena fotografía con la buena tipografía se da pie a la alquimia absoluta.