«Cinética», una de las coreografías de Ana Cembrero
«Cinética», una de las coreografías de Ana Cembrero
ARTE

Merodeos musicales y tensiones de época

La música es fuente de inspiración de muchos artistas españoles actuales, tal y como muestra la colectiva «Bailar de arquitectura», en el Centro Cultural de la Villa (Madrid)

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Los sueños más dulces pueden dejar un sabor amargo o, en la deriva perversa, llevarnos hacia estancias especulares donde la disciplina «policial» (el imperativo del «circulen, nada que ver») se vuelve coreografía con tintes de tango. Si, como dijera Benjamin, aprender a perderse en una ciudad requiere de toda una vida, el largo proceso de la doma social lleva a que no gocemos ni caminando, ni danzando.

Cuando Frank Zappa dijo que «escribir sobre música era como bailar de arquitectura», no estaba meramente zafándose del resquemor ante una crítica negativa, sino acaso levantando un cerco disciplinar que vendría a equivaler al tosco tópico de «zapatero a tus zapatos». Javier Panera como comisario recicla esa frasecita para sugerir ahora en el Centro Cultural de la Villa que «ningún texto es capaz de capturar la energía y emoción que generaba la experiencia de componer, interpretar o simplemente escuchar música». Conviene recordar que la crítica de la interpretación es tan antigua como la famosa invectiva de Susan Sontag o la agonística defensa de las «presencias reales» desplegada por George Steiner. Curiosamente, dos ensayistas magistrales que pretendían dar carpetazo a la cultura de lo epilogal incurriendo en una manifiesta ideología de la inmediatez absolutamente antidialéctica.

El ruido eterno

El recorrido expositivo de Bailar de arquitectura tiene en su «pretexto discursivo» un pie forzado (la relación entre lo musical y lo arquitectónico) que no se teje, en todos los casos, con la misma intensidad ni muestra su oportunidad de forma tan clara como debería resultar en una «estética de la pertinencia inmediata». Acaso sea en la fricción entre el marco discursivo y la experiencia concreta de las obras donde pueda surgir la potencia singularizante que hace que la deriva nos lleve más allá de lo inaudito. Y, en verdad, las obras de esta exposición generan climas seductores e inquietantes, sedimentando interesantes cuestiones críticas, ofreciendo lecturas de época penetrando en «el ruido eterno» para precisamente deconstruir las certezas del presente.

«Sheena is a Punk Rocker», pieza inspirada en la Venus de Milo de Luis San Sebastián
«Sheena is a Punk Rocker», pieza inspirada en la Venus de Milo de Luis San Sebastián

Uno de los aciertos de esta excelente cita es el de ofrecer un núcleo importante de obras de cada uno de los artistas seleccionados, evitando la acumulación caótica de piezas. Frente a ciertas colectivas que recurren a big names -evidentemente, de los llamados «internacionales» (acaso para exorcizar un complejo de inferioridad que afecta tanto a catetos cuanto a snobs)-, aquí se plantea una suerte de playlist de artistas españoles. No se trata de sacar pecho en plan «patriótico», pero es importante dejar de lado -cuanto antes mejor- una suerte de miopía con respecto a lo que hacen los creadores de nuestro contexto, precarios y bastante ninguneados por comisarios e instituciones.

Altavoces a todo trapo

Destacaré las conocidas piezas con discos o billetes de Carlos Aires, que abre el itinerario de la muestra con su fascinante vídeo Sweet Dreams (Are Made of This); la monumental instalación de Dionisio González con altavoces en la que descompone el dodecafonismo de Schöenberg; las vídeo-coreografías de Ana Cembrero o los cuadros y dibujos «fronterizos» de Félix Curto.

En una de las piezas de Luis San Sebastián se recoge el conocido final de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, de Benjamin; hoy nos resulta difícil determinar si la politización del arte se opone o es parte de la estetización de la política, cuando, por emplear una sentencia tópica marxista, la Historia se repite como farsa.

El fraude del rock

El impulso nihilista del punk fue neutralizado, aunque también tenía dentro de sí la semilla del márketing, ese deseo de revelar, como pretendía Malcolm McLaren, el «fraude del rock». La fantasía marciana del glam dejó un rastro de decepción como si la magia prometida no fuera otra cosa que pacotilla. El hip-hop hizo visible una marginalidad que vino a reproducir estereotipos violentos o de un consumismo paranoide. Somos los herederos de un postmodernismo envenenado de prepotencia cínica, fortificado en una ironía que servía para mantener lo real y traumático a distancia pero que cimentó el más turbio de los desencantos.

En la cita, el muro de «homenajes musicales», de-collage reescenificado por Luis Pérez Calvo, podría asociarse con el «criadero de polvo» duchampiano, un espacio sedimentario de pasiones que terminan por ser citas o fetiches deslustrados. El dispositivo de época está determinado por sistemas de inclusión y exclusión en una escalada delirante de la censura, como revelan las obras de Largen & Bread: de la demolición terrorista del World Trade Center a Valtonic, se impone un «ruido de fondo» inquietante.

La pareja policial que baila en el vídeo de Aires podría estar reflejando algo que, de momento, sale fuera de campo. Entrar en esa zona de sombra, allí donde se edifican modos distintos de la corporalidad e impulsos del deseo inauditos, requiere de una pericia más cartográfica que arquitectónica. Suena la cacofonía de un tiempo desquiciado. Menos mal que nos queda Maluma.