La Gran Vía madrileña
La Gran Vía madrileña - Ángel de Antonio
CIUDADES DE CULTO

Madrid, el nocivo edén

En la capital de España, con sus virtudes y miserias, nadie se siente extranjero. El periodista Ángel Antonio Herrera resume aquí el espíritu de la ciudad

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Naturalmente, Madrid es un modo de meterse las manos en los bolsillos, que arriesgara el clásico, entre la chulería del aforismo y la sapiencia del vagabundeo. Madrid es, en efecto, una manera otra, y por supuesto un género literario. Uno tiene fascinación por la Gran Vía, que es el éxtasis del nocivo edén de esta ciudad. La Gran Vía es el libro bullente y mayor de Madrid, y puede uno hacer la vida que quiera sin salir de esa gran calle. Hay siempre un ir y venir de enredo tribal, de marabunta hablante, de vivaqueo cosmopolita, con lo que la calle es insomne desde siempre, y tiene susto contra la rutina.

Madrid es maldecir Madrid, cuando uno regresa de la playa. Madrid es amar Madrid, cuando uno regresa de otra playa. Se cumple siempre el lema insuperable de Muñoz Molina, a propósito de esta ciudad: «A Madrid le puedes echar la culpa de todo». Claro que hemos maldecido alguna vez la ciudad, pero hay que reverenciar a Madrid, que es noble y sucio, y hasta un poco moro, según el diagnóstico de Gómez de la Serna, aún vigente. Fue el propio Gómez de la Serna quien señaló el mes de agosto como mejor mes de Madrid, pero el gentío hace el hatillo, porque aquí no hay playa, y porque no hay quien aguante un agosto en Madrid, cuando lo que no hay quien aguante, casi, es un agosto sin Madrid.

Todo resuelto

Las tiendas de gafas de futbolista han tumbado los cines de Gran Vía, pero la Gran Vía es aún la Gran Vía, donde lo tienes todo resuelto, a cualquier deshora, desde la compra de un fular al alterne con valquirias solitarias, en cafés como museos, empezando o acabando por Chicote, que no es la guarida de los dulces peligros de antaño, pero aún seduce.

La Gran Vía es el libro bullente de Madrid, y puede uno hacer la vida sin salir de esa calle

En Madrid empieza a cada rato una novela, sólo que a veces la novela nos incluye, y a veces no. A Madrid regresamos con cabreo, pero también puede volverse con el asombro apasionado del peatonaje cualquiera, bajo la ilusión siempre pendiente de hacer todo el picnic de tapeo de la Cava Baja, o Alta, o de irse, quizá, al Bernabéu, porque el Real Madrid alivia la melancolía de los domingos.

Tenemos Madrid pendiente, pero Madrid no es un cabreo, sino un «show». Ahí está el Joy Eslava, para maniquíes equívocas y ligones de catálogo, y luego tenemos los desmontes de la Ciudad Universitaria, donde juegan al amor las ninfas de botellón. Entre una cosa y la otra está la Puerta del Sol, donde el personal hace cola para un «selfie» en la baldosa del kilómetro cero, y se cita a la sombra del Oso y el Madroño, para cumplir un adiós, o una bienvenida. El Oso y el Madroño están ahí, de testigos de estatua, viendo cómo la gente se anuda o se separa, viendo cómo la Puerta del Sol es un puerto con reloj de campanario, donde van y vienen las gentes en el ceremonial emocionante de conocerse o despedirse. Lo que pasa con Madrid es que Madrid no nos deja ver Madrid. Los castizos tenemos que viajar más a Madrid, que queda tan lejos, estando tan cerca. Sabina lo dejó dicho para siempre: «En Madrid, un atasco a mediodía es una putada. Pero de madrugada, un atasco es poesía». Pues eso.