Luis Landero debutó como novelista con la exitosa «Juegos de la edad tardía»
Luis Landero debutó como novelista con la exitosa «Juegos de la edad tardía»
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«Lluvia fina», la trampa de las confidencias familiares

Luis Landero nos ofrece su quizás mejor novela en esta historia coral de sorprendente desenlace protagonizada por una familia repleta de feroces reproches mutuos

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Si Luis Landero hubiese querido, habría podido escribir una tragedia, que es el género que mejor se asocia a esta espléndida novela, no solo por la catarsis de un final sacrificial para el único personaje inocente del drama, sino porque técnicamente buena parte de la trama (excepto la historia de Gabriel y Aurora a la que luego iré) es, en el fondo, un diálogo, continuado, casi siempre telefónico, de todos los familiares con Aurora, quien les escucha, primero comprensiva y finalmente asustada de esta lluvia de reproches que va calando como si fuese fina, pero que es pertinaz reproducción de distintas mediocridades y malsanas derivaciones psicológicas. Una mujer, la madre, a la que la viudedad empobrecida convierte en una Bernarda Alba, que provoca tanto la frustración amorosa y laboral de Andrea, como la entrega de su otra hija, Sonia, casi adolescente, a Horacio, un enfermo de degenerada patología sexual, cuando no se da en algún caso el sinsabor de la mediocridad intelectual trasmutada en mentira profesional y afectiva de Gabriel.

Uno podría preguntarse si el final de la novela es justo, pero no si es pertinente, porque el elemento trágico del componente literario que tiñe toda la obra solo podría justificarse desde tal desenlace, moralmente injusto, literariamente necesario. A este crítico no le sorprende que esta novela sea tan buena, casi me atrevería a calificarla como la mejor de Landero tras «Juegos de la edad tardía», puesto que llevaba el escritor extremeño varias entregas en estado de gracia, sin ir más lejos las dos últimas: «El balcón en invierno« (2014) y « La vida negociable» (2017).

Palabras dañinas

Pero lo que sí asombra es que ocurra en un registro y un mundo bastante diferentes al de sus títulos anteriores, incluso aparentemente opuesto. Excepto en ese breve homenaje a su Faroni, en el antepasado Pentapolín, con quien el padre fallecido había entretenido la imaginación de los tres hijos que van a ser protagonistas de la tragedia, porque su vida ha ahuyentado la fantasía y toda magia, sustituidas por la vulgar administración de un mediocre malpasar social y afectivo. He dicho «aparentemente» porque siempre hubo en Landero, pero acentuado en los últimos tramos de su obra, un rescoldo del fracaso agazapado dentro de cada una de las bromas picarescas, como si su mundo, que es de estirpe cervantina, se tiñese, si no del cinismo de Quevedo, si al menos de «Guzmán de Alfarache».

Esta es una novela familiar, que arranca con el motivo de peleas entre todos, que afloran con la iniciativa de juntarse a celebrar con la madre sus ochenta años. Esa especie de sinsabor agrio de los celos entre hermanos, de los reproches larvados, de las ambigüedades soterradas, y lo dicho a medias o lo no dicho. Porque con las palabras se puede hacer mucho daño, es más, no hace falta ser un filósofo americano del lenguaje para saber que la gente hace más cosas (y más daño) con las palabras que con las acciones.

Purga interior

Por tal razón el excelente «incipit» de esta novela, que creo adeuda bastante a las de Javier Marías, ha deparado uno de sus arranques mejores, porque plantea el tema, muy «mariesco», de los peligros del contar y del decir, o de si no habría sido mejor no contar, o decir menos; o bien por quien escucha, no haber oído, no haber sabido, asunto que Landero retoma antes del desenlace, marcando por tanto el «leitmotiv» de que los mayores daños, en las familias imperdonables y muchas veces irreparables, han nacido verbales, por acción (haber dicho) o por omisión (haber callado).

Antes de que la trama desvele, en golpe de efecto teatral tan exageradamente naturalista como eficaz, el mundo perverso de Horacio, la novela ha discurrido por unas páginas que considero su cima, que evitan lo dialogal, porque precisaba ofrecer aquello que en la novela reina: el universo de reflexiones, de dudas, de Aurora respecto a su marido Gabriel. Esa purga interior de Aurora, excelentemente narrada, es la que hace zozobrar su perseverante paciencia hasta precipitar un final tan sorprendente como necesario. Otra novela soberbia de un gran Landero.