Literatura de la guerra en Siria: libros a prueba de bombas y propaganda

Varios autores españoles y extranjeros analizan en ABC la radicalización de las protestas en Siria a través de lo escrito sobre el conflicto

Los partidarios acérrimos de Assad en España libran una intensa batalla en las redes contra quienes denuncian los abusos del régimen

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Siria sí tiene quien la escriba. Decenas de autores han publicado este último año en castellano libros de no ficción y novelas donde aportan su propia visión de la destrucción del país, de los que lo han hecho añicos -con nombres propios-, pero también de los «sueños rotos» de miles de sirios, cuya inicial lucha pacífica contra Assad ha sido pervertida hasta borrar casi por completo su memoria.

Es una mañana soleada en la librería La Central, aledaña a la céntrica plaza madrileña del Callao. Allí, una pareja de treintañeros, sentados en la sala de lectura, trata de cribar una pila de libros sobre el Oriente Medio post revueltas árabes de 2011.

—Este («Siria, el país de las almas rotas», Ed. Debate) parece algo específico y para entendidos. Este otro, del ISIS («Estado Islámico: geopolítica del caos», Ed. Catarata), tiene pinta de ser más didáctico. ¿Javier Martín (el autor) tendrá Twitter? —pregunta ella.

—Sí, lo tiene todo de enlaces de artículos y de su libro —contesta él—. El de Jon Lee Anderson («Crónicas de un país que ya no existe», Ed. Sexto Piso) está muy chulo y muy bien para entender lo que ha pasado con Gadafi en Libia.

Buscan en internet si los libros están disponibles en bibliotecas de la Comunidad de Madrid.

—El de Estado Islámico está en el quinto cuerno, en la de San Fernando de Henares. Del de Jon Lee Anderson solo hay un ejemplar en la Joaquín Leguina. Cógete este (el de Gadafi), es un coñazo sentarte en una biblioteca para leer un libro así —le aconseja él.

—Me apunto entonces el de Estado Islámico y el de Gadafi —concluye ella.

En 2011-12, Siria vio nacer un movimiento de protesta popular «desde abajo», parecido a Egipto o Túnez. «No como Libia, orquestado desde fuera», comenta el periodista Javier Martín, especializado en el mundo árabe. Pero desde el inicio de las revueltas, el Gobierno de Bashar al Assad ha insistido en que él era la única opción al caos, y su retórica ha presentado a todos los manifestantes como «terroristas». «Apenas recibían atención las iniciativas de resistencia pacífica que convivían con la lucha armada, los discursos de los intelectuales sirios ni las voces de los activistas. Nos deslizábamos rápidamente hacia la lectura de la situación en clave de sectas incapaces de convivir, que por todos los medios se había tratado de evitar», describe la especialista en Oriente Medio y profesora gallego-siria Leila Nachawati Rego en su novela «Cuando la revolución termine» (Ed. Turpial), que relata con una mezcla de ficción, testimonios, elementos autobiográficos e historia del país la evolución de las movilizaciones pacíficas a través de sus jóvenes protagonistas.

A golpe de «fake news»

Un soldado arrodillado a cuatro patas se ofrece a una señora como escalón para que pueda bajar de una camioneta. En plena recta final de la batalla en Alepo, el embajador de Siria ante el Consejo de Seguridad de la ONU defendió el mes pasado la gentileza de sus tropas con esa fotografía como prueba frente a las acusaciones de genocidio y crímenes de guerra. «Esto es lo que el Ejército sirio está haciendo en Alepo», dijo Bashar Jaafari. Según su versión, la mujer huía de Alepo oriental, controlado entonces por las facciones rebeldes. Sin embargo, la CNN, que se hizo eco de las críticas de varios usuarios en Twitter, y luego Samantha Power, representante de EE.UU. en Naciones Unidas, probaron que la imagen no fue tomada siquiera en Siria, sino en Irak el pasado verano, y que fue recortada para no mostrar la bandera iraquí del uniforme militar.

En «La era de la yihad» (Ed. Capitán Swing), el veterano corresponsal en Oriente Medio Patrick Cockburn cuenta que informar de Siria ha sido como si antes de las elecciones presidenciales de noviembre en EE.UU. los periodistas extranjeros no hubieran conseguido visado para entrar en el país y hubieran decidido fiarse de militantes del Partido Republicano para informar de la campaña; es más, de militantes republicanos afincados en México y Canadá. «La guerra en Siria es muy complicada. Vivimos en un mundo de propaganda total en Siria. ¿Cuál es la verdad? ¿La que se lee en Twitter? ¿ La del ISIS? ¿La del Gobierno de Assad? ¿Lo que asegura el Gobierno de España? En los últimos años muchos freelances han entrado en el país con el Ejército Libre Sirio (ELS) y no veían la realidad de lo que pasaba, solo lo que querían que vieran», asevera a ABC Loretta Napoleoni, autora de «Traficantes de Personas» (Ed. Paidós), donde disecciona el negocio de los secuestros del terrorismo global -también de los rebeldes moderados apoyados y armados por Occidente- y la crisis de los refugiados.

Desde el lado rebelde, una cuenta de Twitter anti Assad, «slman210», con más de 20.000 seguidores, difundió en diciembre la foto de una niña vestida con una sucia chaqueta marrón llorando mientras sorteaba cadáveres ensangrentados. La estampa con la frase «No es Hollywood, es Alepo», acompañada por el hashtag #Save_Aleppo, se propagó rápidamente y logró un extraordinario alcance en las redes sociales con cientos de retuits en pocos minutos. En realidad, esta escena no retrataba los días finales de la batalla por la segunda ciudad de Siria, sino parte de un videoclip de 2014 de la cantante libanesa Hiba Tawaji, según las pruebas de verificación de cadena France 24.

Estado Islámico, un fenómeno editorial

Daesh no es un fenómeno que surgiera de la nada: tiene un pasado y una larga lista de libros. Algunos de esos títulos aparecieron días después de la proclamación del califato yihadista en verano de 2014, cuando el nombre de Estado Islámico apenas asomaba en las cabeceras europeas y estadounidenses. Como ocurriera con la revolución de los Ayatolás en Irán o con Al Qaida tras el 11-S, las editoriales han sabido exprimir su nueva gallina de los huevos de oro.

«Poco a poco, el extremismo devoró la revolución con una saña visceral para satisfacción del régimen, que dio una lección magistral de estrategia a la hora de someter un levantamiento que nació como secular, nacional y pacífico sin que desde el exterior se cuestionaran sus bárbaras tácticas. Empleó métodos sibilinos, como identificar a los manifestantes desarmados como extremistas islámicos, fomentar el odio sectario mediante una persistente campaña en los medios de comunicación y liberar a los islamistas radicales a los que Siria educó en la yihad cuando les facilitó el acceso a Irak tras la invasión estadounidense», exponen los periodistas Javier Espinosa y Mónica G. Prieto en « Siria, el país de las almas rotas» (Ed. Debate), un estremecedor relato en primera línea de la guerra civil siria contada desde las filas rebeldes.

Assad y sus aliados rusos e iraníes bregan desde hace años para lavar la imagen del tirano sirio. Lo presentan como el gran dique ante el yihadismo, pese a que convirtió su país en retaguardia de Al Qaida en Irak -predecesor de Daesh- y liberó a influyentes yihadistas como el sirio-español Mustafá Setmarian al principio de la guerra civil. «Uno de los combatientes rebeldes de Homs contra Assad, con los que traté días y días en 2012, luego terminó en ISIS. Esta gente se radicalizó. ¿Cómo se radicalizó? Esa es la pregunta que nos hacemos», dice a ABC la periodista freelance Mónica G. Prieto, que vive en Bangkok junto al también reportero Javier Espinosa, secuestrado por el autodenominado Estado Islámico durante 149 días. Ambos son parte del Olimpo de los corresponsales españoles de guerra, con multitud de premios en su historial.

El régimen sirio ha seguido una estrategia muy pulida con la que crear sectarismo y una imagen de la insurgencia por la que esta se comporta como una hidra yihadista desde el mismo inicio de las revueltas, cristalizando más tarde en la expansión de Daesh. En el último capítulo, titulado «Negociar con el diablo», Mónica confiesa cómo vivió sus primeras horas tras el secuestro de Javier: «Desde el mismo día de su desaparición, mi vida quedó engullida por miedos e incertidumbres. Me encontraba en un escenario completamente insólito en el que ya no era testigo y notario de unos hechos, sino protagonista de una tragedia».

Fue portada de la prensa española junto a sus compañeros Antonio Pampliega y José Manuel López, secuestrados en Siria en julio de 2015 y liberados la pasada primavera. Ángel Sastre prefiere no hablar de aquellos meses retenido por terroristas del Frente al Nusra. «Considero que los verdaderos protagonistas no somos nosotros, es la población civil, los que ahora mismo están muriendo. En Occidente muchas veces solo nos preocupa Siria cuando secuestran a uno de los nuestros», critica vía Skype el periodista extremeño. Recuperado para su pasión, ha cubierto América Latina estos últimos meses y ahora ha viajado por unos días a Irak, en plena ofensiva para la liberación de Mosul de los yihadistas de Daesh. «Cuando pasa el tiempo, dejan de interesarse por ti y sobre todo por Siria, que es lo que importa. Yo utilizo ese momento esporádico para hablar de los civiles sirios».

—Wikipedia está cerrada hasta hoy. Esto es Siria. Muchos periodistas locales han sido arrestados bajo tortura y nadie ha escrito nada de ellos. Por cada occidental secuestrado hay 40 sirios, y nadie se preocupa por ellos —lamenta Yara Bader.

Esta periodista siria vive refugiada en Berlín junto a su marido Mazen Darwish, fundador del Centro Sirio de Medios y Libertad de Expresión.

—Nadie sabe el nombre, ni siquiera el número de los sirios que han sido secuestrados. Europeos y estadounidenses son más noticia para los medios porque esta es una profesión muy egocéntrica —comenta Espinosa.

Yara Bader estuvo encerrada en las cárceles del régimen varios días; su marido, tres años. Para ella, hay dos realidades en el país: «Si entras con el Gobierno, lo haces de forma legal y es más seguro porque no hay bombardeos aéreos ni vas a sufrir de hambruna. Fui en noviembre de 2015 a Latakia y no pasaba casi nada».

Doscientos periodistas han muerto en cinco años de conflicto. Cientos más han sido encarcelados y torturados. Sin olvidar a los que están secuestrados por bandas terroristas. «Muchos cometieron errores que un profesional no puede hacer, pero eso no quita que también hubo otros tantos profesionales que, pese a su experiencia, no pudieron evitar el secuestro. No podemos contar la guerra en Siria porque la globalización ha creado un mundo mucho más peligroso que antes», apostilla Napoleoni.

Imperialismo

Mikel Ayestaran, periodista de los diarios de Vocento, ha relatado desde Alepo los últimos días de la mediática batalla. Para él, que desde el estallido de las revueltas en 2011 ha entrado en el país una veintena de veces con visado y permisos de Damasco, la guerra siria sigue los pasos de Irak. «La invasión de EE.UU. ha sido el conflicto mejor cubierto, pero la posguerra ha sido un auténtico fracaso informativo. Con Siria es aún peor: aparece y desaparece mediáticamente. La oposición es un agujero negro, pero en la parte oficial tampoco ha sido una alegría trabajar».

Los partidarios de Assad, en clave geopolítica, libran en España una tremenda batalla en las redes sociales contra los periodistas que relatan los abusos del régimen. Uno de los últimos temas que más dividió a la comunidad 'online' fue el de la «niña tuitera de Alepo», Bana Alabed: para unos es la Ana Frank siria, para otros, otra arma de propaganda contra el régimen.

El conflicto, apunta Ayestaran, se sigue con bufanda, «defendiendo a una parte de la guerra o a otra, no se juzga por tu trabajo, sino por el bando al que apoyas». Desde sus casas, muchos europeos, especialmente desde los extremos a izquierda y derecha, defienden las decisiones de potencias extranjeras como en una suerte de partida de ajedrez imperialista al margen de la ética y al lado de dictadores «buenos» frente a los «barbudos yihadistas». Esta gente, dice Nachawati, «se ha posicionado con los gobiernos de Estados Unidos o Rusia, no con las personas».

El nombre del sirio Ahmed Said Esber, más conocido por el seudónimo del dios fenicio Adonis, figura año tras año como principal candidato en lengua árabe al Nobel de Literatura. En su ensayo «Violencia e Islam» (Ed. Ariel), publicado en 2016, reclama un debate que cuestione la violencia intrínseca, el analfabetismo, la misoginia, la ignorancia y el oscurantismo de cierto islam, sin caer en la islamofobia. «¿Podemos hablar de una revolución árabe si la mujer sigue estando prisionera de la sharía?», se pregunta. Como supuesto antídoto frente a la carnicería del régimen de Assad, lo que se bautizó como primavera árabe ha perdido ante el oscurantismo fundamentalista, que se ha impuesto dejando atrás la esperanza y el deseo de ver días mejores, organizándose mejor y haciéndose más cruel.

Cerca de 400.000 muertos, 7 millones de desplazados internos, 5 millones de refugiados y 14 millones necesitados de ayuda marcarán la nueva historia de Siria; quieran o no quienes terminen siendo los vencedores de la guerra.