El escritor francés Léon Bloy
El escritor francés Léon Bloy
LIBROS

Léon Bloy, el verdadero profeta de los pobres

En su primera homilía, el Papa Francisco citó a este autor francés (poeta, ensayista y novelista de éxito ), profundo defensor del cristianismo del todo o nada, más de corazón que de razón

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No es casual que en la primera homilía como pontífice Jorge Mario Bergoglio citara al escritor francés Léon Bloy (1846-1917). Quizá porque como escribiera George Bernanos en el prefacio al libro de Luc Estang, «Présence de Bernanos», Léon Bloy «ha sido el Profeta de los Pobres, de los verdaderos Pobres, de los últimos supervivientes de la antigua Cristiandad de los Pobres». Quizá porque hay por estos predios demasiados que han olvidado que «la ignorancia de la pobreza parece más embrutecedora que la ignorancia de Dios». Como decía el teólogo Hans Urs von Balthasar, refiriéndose a la gran literatura francesa de la primera mitad del siglo XX, y concretamente a Bloy, Péguy, Claudel y Bernanos, «pudiera muy bien ocurrir que en los grandes literatos católicos hubiera más vida intelectual original y grande, y capaz de crecer al aire libre, que en nuestra teología actual, de aliento algo corto y que se contenta con hacer poco gasto».

La editorial Nuevo Inicio, una rompedora iniciativa cultural del arzobispo de Granada, monseñor Javier Martínez, está empeñada en traer al debate intelectual español a los referentes indiscutibles de la literatura católica francesa del XIX. En una cuidada edición, nos presenta ahora tres obras del último Léon Bloy: «La sangre del pobre», «Meditaciones de un solitario en 1916» y el inconcluso «En las tinieblas». Tres aldabonazos a la forma de cristianismo chata y burguesa que impera en nuestros días. Un cristianismo del estado de bienestar que necesita también la redención del estilo, la fuerza originaria del amor primero. Tenemos aquí un Bloy que se asemeja al Nietzsche más provocador y que es capaz de despertar la conciencia del lector con manotazos que son profanaciones para la dormidera cultural a la que cierta modernidad ha arrastrado al cristianismo. Por cierto, que la editorial Nuevo Inicio, solidaria con los lectores alternativos, nos anuncia el lanzamiento de los escritos de Bernanos sobre la Guerra Civil española. Más leña al fuego.

Rebeldía

El dilema, al fin y al cabo, para todo lector de Léon Bloy radica en si tomarle o no en serio. Si, por un lado, seguir el juego a ese cristianismo estético, simbólico, bíblico, y romper con los cánones de lo «política y cristianamente correcto», o considerarle como una excepción literaria, teológica o cultural. Desde que la editorial ZYX tradujera los primeros «bloys», en los convulsos setenta, nos faltaba interpelación y provocación. Bloy es un ejemplo de esa rebeldía a la que dio pie el mismísimo Jesús de Nazaret. Una rebeldía que ha hecho posible soportar la lógica de la locura de la cruz, que es sabiduría para los necios, la santidad y los santos, el sentido alternativo de la historia como intrahistoria.

Un maldito de las letras. Un ultracatólico en un mundo que se descristianizaba a pasos agigantados

Se ha dicho hasta la saciedad que Léon Bloy, autor de novelas de éxito como «El desesperado» y «La mujer pobre», era un maldito de las letras. Un ultracatólico en un mundo que se descristianizaba a pasos agigantados. No es un autor fácil, ni es un autor al que haya que leer con actitud displicente. Su confesión en «Meditaciones de un solitario» nos coloca en la tesitura de concederle la credibilidad que demanda, porque, al fin y al cabo, su cristianismo es más corazón que razón: «Yo también soy un fanático de la santa Intolerancia en materia de cristianismo y no comprendo las locuras de estilo en aquellos que tienen en su corazón la santa y muy rara locura de la Verdad desconocida y ultrajada».

Catecismo cultural

Panfletario autodidacta, sus insultos desgarradores están conceptualizados. Su lenguaje fluye alejado de la simplicidad con la que se formulan los dogmas de la religión acomodada. Es un fanático de la Biblia, que cita como si fuera su catecismo cultural, en medio, por cierto, de la crisis del fin de siglo. No debemos olvidar que a partir de 1884 formó un trío con Huysmans y Auguste de Villiers de L’Isle-Adam. Lo que les unía era una visión antimoderna del mundo y una escritura estética. Se autodenominaban, en broma, el «Concilio de los pordioseros», asamblea legitimada de la religión de los últimos. Mística de la pobreza. Escritos para honra y gloria no de los pobres ideologizados, no de la demagogia política sobre los pobres. Los pobres de carne y hueso, el pobre que nos topamos cada mañana.

Obsesionado con las apariciones de la Virgen en La Salette, su crítica mordaz a los obispos y a los sacerdotes le llevó a esculpir los improperios de la pasión en los muros de la fachada clerical. Nadie ha escrito, hasta que llegó él, frases como ésta: «Estos altos pastores, con frecuencia escondidos en los conciliábulos masónicos, en los que preside el diablo, ¿pueden no someterse a la voluntad oculta que les instaló en sus sedes?». O quizá sí, algún Padre de la Iglesia de los primeros siglos. Léon Bloy es el cristianismo del todo o nada, que no es precisamente el cristianismo del todo a cien.