Leni Riefenstahl, en «La luz azul», su debut como directora
Leni Riefenstahl, en «La luz azul», su debut como directora
MIS BESTIAS SAGRADAS

Leni Riefenstahl, emblema de un siglo tumultuoso de sangre

Sus películas de propaganda del régimen nazi han manchado inexorablemente a la que fue una de las grandes innovadoras del documental

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En sus muy sabrosas memorias, Leni Riefenstahl (1902-2003) rememora su primer encuentro con Hitler. Aconteció en el Palacio de los Deportes de Berlín, en 1932, donde el líder nacionalsocialista pronunciaba un discurso electoral. Riefenstahl se halla por entonces en la cúspide de su belleza: la danza y el alpinismo en los Dolomitas han esculpido su cuerpo, que los hombres veneran y las mujeres envidian en la oscuridad absorta de las salas de cine; el óvalo de su rostro, todavía no profanado por las arrugas, incorpora unos ojos como de mosaico bizantino, una nariz vehemente y una boca de labios engreídos en los que anida la letanía ardiente del deseo. La multitud del Palacio de los Deportes la oprime y zarandea; las aclamaciones la aturden y ensordecen; un apretado bosque de estandartes con la cruz gamada ondea a impulsos del entusiasmo unánime. Entonces Hitler aparece en el escenario: «Fue como si la superficie de la tierra se extendiese delante de mí –escribe Riefensthal, con una especie de arrobo–, en una semiesfera que, de pronto, se escindió por el medio y arrojó un gigantesco chorro de agua, tan enorme que tocó el cielo y sacudió la tierra. Yo estaba como paralizada. Un fuego de tambor atronaba los tímpanos de los oyentes, y noté que estos también habían sucumbido al magnetismo de aquel hombre». La que pronto se iba a convertir en la cineasta oficial de Hitler no se recata de disimular la subyugación que le produce el personaje que pronto se convertiría en encarnación del Anticristo.

El primer encuentro entre Hitler y Riefenstahl se celebrará a los pocos meses en la residencia del primero; para entonces ya se ha estrenado con inmenso éxito « La luz azul» (1932), el debut de Riefenstahl como directora, donde además interpreta a una cándida y arisca muchacha de la montaña que descubre en una cima jamás hollada por el hombre unos cristales de roca que refractan la luz de la luna, tiñéndola de un azul purísimo. Hitler guarda memoria reverente de cada uno de los fotogramas de la película; y, en presencia de la mujer que ha concebido este sublime cuento de hadas, se siente anegado de admiración y deseo. Mientras oscurece, Riefenstahl y Hitler pasean en dirección al mar: él se atreve a pedirle que dirija sus películas de propaganda, cuando el partido nazi alcance el poder; ella rehúsa el ofrecimiento, alegando que necesita «tener una relación muy personal con el tema» de sus obras. Hitler mira largamente a Leni y la atrae hacia sí; se inclina sobre su cuello y nota el cálido clamor de su sangre deslizándose bajo la piel, como un río de adivinaciones. Cuando ya se dispone a besarla, Riefenstahl lo aparta con un mohín de desagrado. Entonces Hitler asiente, compungido; pero nunca dejará de desear su belleza y su talento. Al menos el segundo acabaría conquistándolo.

Tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, Leni Riefenstahl sería concienzudamente investigada por un tribunal; aunque los cargos contra ella eran graves y numerosos, consiguió salir absuelta del envite. Nadie pudo demostrar su vinculación con el partido nazi, al que nunca había estado afiliada. Existían pruebas de sus simpatías por Hitler–-quizá la más flagrante fuese un telegrama fervoroso que le dirigió cuando las tropas alemanas desfilaron victoriosas en París– pero en esto no se distinguía demasiado de la mayoría de sus compatriotas. Aunque no purgó su culpa en la cárcel, una condena perpetua la acompañaría hasta la tumba, impidiéndole hallar financiación para dirigir otra película. A diez años de gloria y apoteosis se sucedieron sesenta de oprobio y ostracismo.

Su longevidad casi inverosímil fue acaso su castigo más aflictivo. Cuando ya vislumbraba el desenlace de sus días, afirmaría que «la muerte le parecía placentera y feliz como un parto sin dolor». Fue una cineasta capaz de elevar el documental al rango de verdadero arte. Fue también el emblema de un siglo feroz, tumultuoso de sangre, y el símbolo de la nueva Eva. Algunas de las técnicas empleadas en sus documentales han ejercido sobre el cine posterior una influencia comparable a las novedades introducidas por Griffith. Podríamos afirmar, sin temor a la hipérbole, que Leni Riefenstahl contribuyó a la fundación del cine como expresión estética perdurable. Sin embargo, su arte –como el de Eisenstein, rapsoda fílmico del estalinismo– nos obliga a afrontar un dilema irresoluble. ¿Debe reconocerse el genio artístico, cuando se halla al servicio de una ideología criminal?

Quizá dentro de cien años nuestros tataranietos puedan contemplar « Olimpia» o « El triunfo de la voluntad» sin plantearse estos conflictos irresolubles. Nosotros, menos afortunados, aún nos asomamos medrosos al cine de Leni Riefenstahl, portando una balanza en cuyos platillos se contrapesa nuestro dilema. Pero el arte más perdurable es el que logra desgarrar nuestra aquietada conciencia, y no el que sólo anhela halagarnos.