«El paseo», obra de 1917 de Marc Chagall
«El paseo», obra de 1917 de Marc Chagall
ARTE

La intensidad de la vanguardia rusa

La Fundación Mapfre vuelve a apostar por el arte histórico de primer nivel. Es el turno de la vanguardia en la Rusia revolucionaria

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La Rusia de las primeras décadas del pasado siglo, a pesar de encontrarse en una situación muy atrasada en casi todos los órdenes –o más bien por ello–, fue un hervidero de ideas cuyo denominador común era la ruptura; ésta se acabaría haciendo efectiva, en lo político, a través de un proceso revolucionario que desembocó en el sistema comunista y que, en lo estético, se alimentaría de una sucesión de grupos y programas que compusieron lo que hoy conocemos como Vanguardia Rusa.

Revolución y vanguardia son términos que se entrecruzaron con frecuencia durante aquellos años convulsos, en los que cualquier cambio, por radical o extremo que fuese, se planteó como una posibilidad factible, dialécticamente necesaria e históricamente realizable; un mundo mejor, moderno y más justo, es lo que se esperaba que saliese de toda esa conjunción de iniciativas que entonces parecían proyectar una nueva fisonomía para la naciente sociedad soviética. Sin embargo, la vertiente política de la revolución terminaría por asfixiar los anhelos innovadores de la vanguardia artística -que, en general, se había comportado como un agente dinamizador del cambio- en aras de un pragmatismo y pretensiones populistas que limitaron el papel de las artes a una simple función entre propagandística y didáctica, cuyo resultado fue el «realismo socialista». Pero este es el horizonte que señala el ocaso de lo que abarca esta exposición en Mapfre, que recoge un conjunto de más de noventa obras -casi todas pinturas- y alrededor de una veintena de publicaciones.

En plural

Más propio parece hablar de vanguardias que de vanguardia, pues múltiples -e incluso antitéticos- fueron los planteamientos que se sucedieron en el arte ruso dentro del periodo que comprenden las tres primeras décadas del siglo XX. Circunstancia que se patentiza ya desde el título de la muestra, al situar a dos artistas con poéticas bien distintas: Marc Chagall y Kasimir Malévich; el creador del Suprematismo acabaría desbancando al primero en la escuela estatal ubicada en la ciudad bielorrusa de Vitebsk, adonde, paradójicamente, Chagall, en calidad de director, le había invitado a participar. Malévich quiso convertir el Suprematismo en el único credo estético capaz de afrontar el signo de los nuevos tiempos, partiendo de un repertorio básico de formas y colores con el cual intentó superar los límites tradicionales de la pintura para trasladar la práctica artística al mundo real (algo semejante se estaban planteando los neoplasticistas, casi en los mismos años). En la muestra se encuentra una de las versiones de su obra fundacional, uno de los más reconocidos iconos del arte moderno: el Cuadrado negro. De ambos autores se muestran piezas de sus primeras etapas, donde pueden advertirse tanto las influencias iniciales como las respectivas evoluciones hacia lo que serían sus estilos.

El recorrido resulta altamente significativo gracias a la calidad de las obras

En la figuración que ya empezaba a transitar los caminos de la vanguardia hallamos obras también de Iliá Mashkov, Piotr Konchalovski, Alexéi Jawlensky, Natalia Goncharova, Vladímir Tatlin y Aristarj Lentúlov, entre las cuales dejan verse los ecos del fuerte cromatismo expresionista y fauvista, y de las estructuras cubistas, junto a la aparición de algunas manifestaciones de un cierto primitivismo autóctono. El tránsito a la abstracción lo protagonizan en esta selección el ineludible Kandinsky, Popova, Alexandra Exter, Nadiezhda Udaltsova y Rodchenko, nombre fundamental para lo que después se conoció como Constructivismo, en el que le acompañaron su propia esposa, Varvara Stepánova, Jean Pougny, Vladímir Baránov-Rossiné, Vladímir Sténberg y El Lissitzky.

Nombres de altura

Este último sería uno de los principales exponentes del Suprematismo, muy próximo al magisterio de Malévich (del que hay en la exposición algunos de sus célebres Arquitectones); también lo fueron Olga Rózanova, Iván Kliun o Iliá Chásnik. El Cubofuturismo y el Rayonismo coincidieron en integrar la visión en movimiento del Cubismo con el dinamismo de los futuristas; puede comprobarse en las propuestas de los ya citados Baránov-Rossiné, Goncharova, Popova, Exter y Udaltsova, además de en las de Alexandr Shevchenko, Mijaíl Lariónov, Vladímir Burliuk y G. Yakúlov. Alrededor de Mijaíl Mathiusin y su escuela Organicista se reunieron los hermanos Boris y Xenia Ender. Por último, se muestra la postrera deriva figurativa de Malévich junto a las complejas y abigarradas composiciones de Filónov. El recorrido se completa, como ya se ha indicado, con publicaciones de esos años en las que se aprecia el modo en el que las diferentes estéticas fueron trasladadas a esta clase de soportes.

La selección de obras de la cita es de una calidad media más que notable, como suele ser habitual en las exposiciones de esta institución. Ello hace que el recorrido propuesto resulte altamente significativo, pues queda muy bien reflejado el alcance de aquel incomparable episodio artístico.