«Resounding (Ultraviolet)» (2014), de Susan Hiller, obra presente en la muestra «El gran Silencio» del CAAC
«Resounding (Ultraviolet)» (2014), de Susan Hiller, obra presente en la muestra «El gran Silencio» del CAAC - J. FLORES
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La importancia del silencio y la meditación

Pablo d'Ors, autor del libro «Biografía del silencio», nos acerca la «auténtica revolución» contemporánea. La meditación, tan necesaria en la sociedad actual, nos reconcilia con nosotros mismos y nos prepara para conocer y reconocer mejor el mundo

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Desde hace un par de años ofrezco a creyentes y no creyentes retiros de fin de semana para iniciarse y profundizar en la meditación. Tras haber explicado algunas técnicas para el silenciamiento interior a más de quinientas personas y haberme entrevistado con casi todas ellas, puedo afirmar que el silencio es hoy nuestra necesidad más primordial. Esto significa que no sabemos escucharnos y, en consecuencia, que tampoco sabemos escuchar a los demás, puesto que nadie puede dar lo que no tiene. Todos estamos de acuerdo, al menos en principio, en que escuchar es algo capital. Sin embargo, nadie nos ha enseñado qué hacer para prestar atención. Nadie nos ha dicho cómo ejercitarnos en el arte de la percepción. Todos vivimos encerrados en nuestro pequeño yo, ignorantes de que existe todo un mundo más allá de nuestros pensamientos y sentimientos, de nuestras emociones, necesidades y deseos. Cultivar el silencio es –y por eso he aceptado escribir este artículo– una auténtica revolución.

Ilusionados y expectantes

Unas treinta personas acuden cada fin de semana a estas iniciaciones al silencio en el marco de lo que he dado en llamar «Amigos del Desierto». Tras un breve saludo, explico cuáles son las pautas más básicas para poder vivir una verdadera experiencia de silencio. Todos los presentes están ilusionados y expectantes. Han acudido por los motivos más variopintos: están en un momento de crisis o cambio; practican yoga o zen, pero echan de menos una mayor profundidad; sienten una cierta insatisfacción en su forma de vivir el cristianismo; padecen situaciones de estrés laboral o familiar… El setenta por ciento son mujeres; casi todos están entre los 40 y 60 años; la inmensa mayoría no son católicos practicantes, pero más de la mitad se considera cristiana; todos sin excepción se definen como buscadores. Nadie que no lo sea acude al silencio. El asunto es, obviamente, qué es lo que andamos buscando.

Si el gesto es el dominio del cuerpo y la palabra, el de la mente, el silencio es el campo del espíritu

Para sorpresa de los asistentes, enseguida me pongo a cantar. Se trata de una poesía de Luis Rosales que adapta una de san Juan de la Cruz: «De noche, iremos de noche, / que para encontrar la Fuente / sólo la sed nos alumbra». La actitud del auditorio cambia por completo en el acto: ha pasado de escucharme con el ceño fruncido a hacerlo con una suave o incluso descarada sonrisa. Es normal: nunca he cantado demasiado bien. Este cambio se debe a que han pasado de una actitud mental, que es la que se asume cuando se asiste a una conferencia, a una sapiencial. El intelectual es quien quiere penetrar en la realidad; el sabio, por contrapartida, aquel que permite que la realidad penetre en él y le conmueva.

Eso mismo es lo que pretendo que se fomente en esos dos días de retiro: la receptividad, la acogida, la actitud discipular. Sin este talante de aprendiz no existe el camino espiritual. Porque si el gesto es el dominio del cuerpo, y la palabra el de la mente, el silencio es el campo del espíritu. Y ello hasta el punto de poder afirmarse que no hay espiritualidad sin silencio o, más aún, que experimentar el silencio es tanto como entrar en la dimensión espiritual que constituye al ser humano. El silencio es ese espacio/tiempo en el que no nos vertemos al exterior, sino en el que nos recogemos por dentro, posibilitando la conciencia de eso que llamamos mundo y que entendemos por yo.

Nuestra aspiración más profunda

Tras explicar que cantando cumplimos secretamente nuestra aspiración más profunda, que no es otra que la unidad, invito al público a que cante conmigo. De este modo, no soy el único que pierde su reputación y es así, en fin, sin imagen que salvar, como se posibilita el milagro de la comunicación. Claro que decir que nuestro principal anhelo es la unidad es tanto como declarar que nuestro principal problema es la división o la fractura. Y así es: en nuestro interior estamos divididos (queremos una cosa y su contraria); estamos aislados de los otros y hasta enfrentados con ellos (casi siempre por prejuicios, ideologías o tonterías, pues es infinitamente más importante lo que nos aúna); y, en fin, separados de ese misterio de la Vida que los creyentes llamamos Dios.

En ese pequeño canto sanjuanista están las tres palabras clave de la experiencia del silencio: fuente, sed y noche. Porque todos buscamos una fuente de sentido y plenitud, con independencia de cómo la llamemos. Y porque todos nos acercamos o alejamos de esa fuente en la exacta medida de nuestra sed. El camino que va de esa sed hasta esa fuente es nocturno, es decir, comporta dificultades. La mística es el arte de la unidad: pretendemos unirnos a la luz; pero para ello hemos de atravesar algunas sombras.

Los occidentales identificamos lectura con vida interior y eso es un grave error

El silenciamiento o recogimiento interior, con independencia de la religión que se profese o sin religión alguna, es una vía para la unificación. El hombre se realiza cuando es uno sin matar a los otros muchos que le constituyen, dándoles un juego armónico. El hombre, por el contrario, sufre y se pierde cuando vive descompuesto y fragmentado.

Conviene advertir que el silencio que la meditación propicia es algo así como un marco o recuadro en el que cada uno mete lo que es hasta que ese marco vacío se convierte en un espejo. Pero lo que allí vemos, por desgracia, no nos suele gustar y, por ello, desviamos la mirada y comenzamos a decir que el silencio no es lo nuestro. Si perseveramos, si no huimos de lo prosaico que en primera instancia nos ofrece el silenciamiento, tal vez llegue el día en que ese espejo se convierta en una ventana y en el que descubramos, maravillados, que hay todo un paisaje y un horizonte por contemplar. Que somos más de lo que pensábamos. Que la vida no es sólo sota, caballo y rey, sino toda una baraja. Que tras el recibidor de entrada había todo un castillo.

Las reglas del juego de nuestras iniciaciones al desierto son cuatro. Primera: no hablar. Resulta obvio que todo silencio suponga abstenerse del lenguaje oral, pero mi experiencia en estos retiros me confirma que resulta necesario explicitarlo, pues esta primera consigna es de hecho la primera que se suele olvidar. Buena parte de los asistentes, además, no han vivido nunca la experiencia de estar 48 horas sin pronunciar palabra, y esto constituye casi siempre y para la mayoría una grata novedad.

Las muecas tampoco valen

La segunda regla es no gesticular. Aunque parezca increíble, son muchos los que creen cumplir con el silencio si no profieren palabra, comunicándose con los demás mediante muecas o gestos. Resulta una advertencia casi infantil, pero la experiencia me dicta una vez más la conveniencia de hacerla explícita.

Tercera regla: no leer. Los occidentales hemos identificado lectura con vida interior, y esa ha sido nuestra equivocación. Ocupando buena parte de la misma, los libros no agotan la interioridad. La lectura, además, supone un enriquecimiento para la mente, pues por su medio nos abastecemos de imágenes e ideas. Pero el silencio no busca la riqueza interior, sino precisamente la pobreza, lo que en el budismo se llama vaciamiento y en el cristianismo olvido de sí. Los meditadores no nos ejercitamos en el silencio para llenarnos, sino para vaciarnos y así, vacíos, experimentar esa sed primordial que nos acerca a la Fuente. Nos vaciamos porque vacío y plenitud se dan la mano, porque nada y todo son, como testifican todos los místicos, una única cosa.

Gracias al silencio comenzamos a parecernos a quien realmente somos

La última regla es la más difícil, y suelo decirla a sabiendas de que serán pocos los que la seguirán: desconectar los teléfonos móviles. Pasar dos días sin comunicación con el exterior es algo, por lo general, superior a nuestras fuerzas. Casi nadie sabe estar hoy un rato sin conexión a internet; eso es un hecho indiscutible, como demuestra la inmediatez con que encendemos nuestros móviles en cuanto aterrizamos y nos bajamos de un avión. Y sin embargo, a mayor conexión con el exterior, menor con el interior. No es posible estar fuera y dentro de una casa al mismo tiempo. Sin desengancharnos de internet, nuestro retiro del mundo es sólo una ilusión.

Doy fe de que la práctica totalidad de cuantos se inician en el silencio con los Amigos del Desierto, como probablemente de quienes lo hacen por otros métodos con el aval de cierta tradición, quedan no sólo sorprendidos de su capacidad de resistencia –así la llaman–, sino de los efectos que produce en el alma, que inesperadamente se esponja y alegra, y ello hasta el punto de relajar las facciones de la cara. El silencio hace milagros, aunque no naturalmente en dos días y de una vez por todas. El silencio nos reconcilia con quienes hemos llegado a ser y nos hace mejores. Gracias al silencio –y esa es la mejor de las noticias– comenzamos a parecernos a quienes realmente somos.