Blanca Riestra, autora de «Greta en su laberinto»
Blanca Riestra, autora de «Greta en su laberinto» - Roldán serrano
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«Greta en su laberinto», vampiros muy cercanos

Blanca Riestra nos ofrece una inquietante distopía en «Greta en su laberinto», ganadora del premio Torrente Ballester

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Desde que reseñé «El sueño de Borges» tuve la idea de que estaba ante una de las autoras más curiosas y versátiles de nuestra literatura. Blanca Riestra (La Coruña, 1970) gusta de laberintos fantasiosos, de la mezcla de géneros, cultiva el raro agrado de lo posmoderno por el «collage» y la cita pertinente y toca géneros diversos. Amén de narrar en dos lenguas, castellano y gallego -así, «»Noire Compostela-, e incurrir en la crónica de viajes. Otra de las características de Riestra es que sabe inducir a la correspondencia de estilos y temas. Por ejemplo, en «Pregúntale al bosque» aparece la memoria ancestral del árbol presente en el imaginario gallego, pero también remite al emboscado jungeriano, a la cultura germánica del árbol e, incluso, a «El árbol de la noche», de Djuna Barnes. Para Blanca Riestra la literatura se construye desde lo ignoto, desde el misterio del Bosque. Esta metáfora tan querida por ella nos sirve para adentrarnos en esta «Greta en su laberinto».

Cerezos negros

Por lo pronto, se concibe como una ópera «rock», así reza el subtítulo. El libro lo protagonizan dos hermanos, Jon y Greta, que habitan en un mundo llamado Nación, trasunto imaginario de una no menos imaginaria Arcadia donde «nadie hablaba de engendros y upires y no se sentían más que a veces melancólicos. No era su mundo un mundo de sombras, sino un mundo rural y luminoso. Casi perfecto». Palabras que hubiera suscrito más de uno de los adalides del movimiento romántico y cuya tenaz persistencia llega hasta la leyenda de las malogradas estrellas del «rock». Nación es un paisaje lleno de cerezos negros, que ya estaban en ciertas incursiones poéticas anteriores de la autora, y proclive a ser devorado justo por su condición efímera, bella.

Pese a lo descarnado del asunto, la obra encierra cierto espíritu de relajo y aire histriónico

Los bárbaros destruyen Nación y Greta huye de la Arcadia imposible para recalar en la muy posible Agar, una ciudad construida con el desecho de nuestros sueños tecnológicos más terribles, una «Waste Land» de proporciones apocalípticas, lo que hoy se denominan futuribles distópicos. Blanca Riestra, pues, se asoma al género de moda y lo hace estupendamente, con un registro muy original y lleno de recursos narrativos y guiños literarios. Hay un capítulo donde aparece «El Aleph», porque no debemos olvidar que Borges, al igual que Juan Larrea, son autores que la fascinaron desde siempre y por distintos motivos. Pero también se da cuenta de forma prolija del muy concreto Cerro de los Ángeles madrileño donde se describe una escena surreal, de tonos vampíricos, algo nada extraño en un paisaje donde se asistió al fusilamiento de la estatua del Sagrado Corazón.

La Arcadia perdida

El libro es distopía, es historia de vampiros, puede ser tomado como una ópera «rock», sí, pero siempre que veamos en todo ello la imagen imperiosa del ímpetu poético. Pese a lo descarnado del asunto, la novela está tratada con cierto espíritu de relajo y aire histriónico, de ahí lo de ópera «rock», que la distancia de su anterior libro, autobiográfico y mucho menos humorístico.

Entonces, ¿no hay que tomarse en serio a los vampiros? Todo lo contrario, es lo que solemos encontrarnos, junto a zombis, cuando paseamos por nuestras ciudades y es capacidad de Blanca Riestra el percatarse de ello. «Greta en su laberinto» se constituye, así, en metáfora de aquel que ha perdido la Arcadia primordial y mal que bien se adapta al Agar que nos ha tocado vivir, nombre que apenas oculta la ciudad de Madrid. Lo mismo ocurre con los vampiros.