«Marina (verde-grisaceo, nublado)», óleo pintado por Richter en 1969
«Marina (verde-grisaceo, nublado)», óleo pintado por Richter en 1969
ARTE

Gerhard Richter, en calma

El Guggenheim reúne un buen número de marinas de Richter, exponente de la abstracción expresionista que aquí se ofrece más lírico

BilbaoActualizado:

Pareciera, a priori, que ver una exposición de marinas es algo totalmente usual. También, que en plena contemporaneidad, carezca de gran interés acceder a un género que viene de largo. Pero lo interesante aquí –y, sobre todo, apasionante– es que las que pueden visitarse ahora en el Guggenheim de Bilbao son las de uno de los exponentes vivos más relevantes del expresionismo europeo: Gerhard Richter (Dresde, 1932).

La comisaria Lucía Agirre ha conseguido reunir el mayor número posible, diez, de las veinticuatro que el alemán realizó durante más de tres décadas. Richter, nacido inmediatamente antes de estallar la II Guerra Mundial, comenzó a pintar paisajes marinos en 1967. Los primeros partían de fotografías, en ocasiones mezcladas, donde no tenían nada que ver el mar con el cielo representados, otorgando así una nueva mirada, o un nuevo comienzo, a esos paisajes imposibles.

Friedrich, al fondo

En ocasiones, y a pesar de la lejanía en la Historia, se ha relacionado el vínculo de Richter con la Naturaleza con el que mantenía Friedrich. El propio artista dijo al teórico Paolo Vagheggi en 1999: «Encuentro el periodo del Romanticismo extraordinariamente interesante. Mis paisajes tienen conexiones con él. A veces siento un verdadero deseo y atracción hacia ese periodo, y algunas de mis pinturas son un homenaje a Caspar David Friedrich». Los diez lienzos –de diversos formatos– reunidos en Bilbao conforman la selección de la comisaria y consiguen sumergirnos en la atmósfera romántica, quizás, porque ante las más grandes, casi al igual que con « El caminante sobre el mar de nubes», el espectador se puede dejar invadir por la sensación que siempre imaginamos vive su protagonista.

Al avanzar por la exposición, apreciamos los sutiles matices del pintor en las diferentes obras. Unas nos reclaman por su pincelada; otras, por su calidad cromática. Pero la investigación del alemán deja claro que su lenguaje es el pincel. Siendo el grueso de su trabajo tan significativo dentro de las corrientes del expresionismo abstracto, es llamativo ver el extremo cuidado en su manera de aplicar los materiales. Es así como nos sentimos ante una de las primeras piezas: «Marina (Seestück)», de 1968. Una pintura de pequeño formato, horizontal y cinematográfico, que apenas se ve alterado por los remolinos de espuma formados por empastes de pintura realizados con mayor carga matérica que en el resto del lienzo.

Sus primeros paisajes marinos partían de fotografías, a veces mezcladas, donde no coincidían mar y cielo

El recorrido culmina en la más reciente –y mayor en tamaño–, de la colección del propio Guggenheim, de 1998, con casi tres metros de lado en su formato cuadrado y que, evidentemente, nos hace rendirnos ante la inmensidad del océano, de la pintura, y la manida reflexión de que «ningún mar en calma hizo experto a un marinero».

Y es que, muchas veces, los artistas que tomamos como referentes abstractos son más sofisticados y metódicos en su comportamiento figurativo que los que siempre se mueven en este campo, y pueden dejar más impresionadas a las mentes prejuiciosas hacia los movimientos de vanguardia más rompedores.