LIBROS

«Falcó», Pérez-Reverte en su mejor momento

El creador de Alatriste nos presenta ahora a Falcó. Su misión, liberar a Primo de Rivera. Una intriga trepidante

Actualizado:

Cuando esta novela se convierta en película (lo piden a gritos), deberá hacerse en blanco en negro y habrá que elegir muy bien al actor que la represente, puesto que Falcó, su protagonista, es todo un personaje. Situada en distintos escenarios (Salamanca, Cartagena, Alicante) durante los primeros meses de la Guerra Civil, exhibe la proverbial maestría de Arturo Pérez-Reverte en el cuidado de las atmósferas y situaciones, pero tiene su almendra en la personalidad de Lorenzo Falcó, un agente al servicio (por ahora) de los insurrectos franquistas cuya misión es liberar a José Antonio Primo de Rivera, preso en la cárcel de Alicante, zona roja (republicana).

El modo como Pérez-Reverte demuestra ser artista en su mejor momento está en haber salvado una dificultad inherente a su personaje en relación con la sensibilidad de los lectores. ¿Cómo pueden estos ponerse del lado de un espía a las órdenes de Franco que además parece un cínico guiado por su propio interés y que actúa a menudo con cruel desaprensión? Pues ocurre.

Al final, tras una trepidante intriga, descubrimos que Falcó no es un desalmado; antes al contrario, es leal a un código de honor que le guía por encima de su interés hasta poner en riesgo su vida. Lo que no habían logrado los ideales (falangistas o marxistas) por los que dicen batallar los otros en bandos enfrentados, lo logra una mujer con quien Falcó contrae una deuda personal. El héroe no está dispuesto a ser de nadie; sabe que a las guerras sólo sobrevive quien pueda quererse a sí mismo por encima de todos.

Los espías de Le Carré

Otra dificultad salvada por esta novela es haberse metido en la Guerra Civil española con una mirada muy distinta a la que estamos acostumbrados, si bien Javier Marías en «Tu rostro mañana» había hecho que Jaime Deza supiese del horror de los asesinatos falangistas y la crueldad no menor de ciertos milicianos, como también hiciera años antes Chaves Nogales.

Un novelista que sea artista (pocos lo son con tal grado de compromiso como el creador de Falcó), se la juega en la que es su condición primigenia, la mirada, logrando una perspectiva, un modo de contar que consigue no verse contaminado por la ideología. El narrador de la novela, pese a estar relatada en tercera persona, adopta la racionalidad a la que su personaje somete cuantas cosas ve, precisamente porque es un descreído, o porque lo han hecho ser así las guerras anteriores a las que ha asistido (sea en Crimea o en Estambul). Esta perspectiva que sobrepasa la de los demás me ha recordado a los espías de Le Carré, que vienen de vuelta de palabras grandilocuentes. Es la grandilocuencia la que justifica toda guerra, santa para los que militan en cada bando; pero no puede serlo para Falcó, quien no ahorra palabras de desprecio hacia la sórdida falsedad de los falangistas a cuyo servicio está (por el momento).

Neblina y lluvia

Finalmente, la sonrisa y mueca del policía franquista Lisardo Queralt solivianta por encima de cualquier otra cosa a Falcó, un Falcó que se había apiadado de los ingenuos jóvenes que estaban dispuestos a dar su vida por José Antonio. Comparte Falcó privilegio de protagonista con Eva Rengel, personaje redondo (como suelen serlo las mujeres de Pérez-Reverte), y con el Almirante, quien sabe que Franco no podía dejar que José Antonio saliese vivo de la cárcel, según tiene probado la historiografía más exigente.

Estoy convencido de que el nido de esta novela se encuentra en un momento y un lugar de «El tango de la guardia vieja», cuando Max Costa, en una terraza frente al casino de Montecarlo, se entrevista con dos espías de Mussolini y no sabe qué baza están jugando. Recuerdo esto por una condición que quiero destacar en la narrativa de Pérez-Reverte: sus novelas trazan lazos de unión unas con otras, hasta formar una urdimbre que es lo que los clásicos llamaban estilo, y los modernos, mundo.

El estilo es desde luego acción de lenguaje preciso y terso, donde se liga lo exterior y lo interior en una imagen antes no dicha. Pero llamo estilo también a esa manera de mirar los personajes en sus espacios; porque el espacio, sobre todo el de las ciudades, es en Pérez-Reverte tan fundamental como los objetos, o esa atmósfera de neblina y de lluvia que comunica una sensación, un momento que el lector siente como si estuviera ahí.