Escena de «Animales nocturnos» de Juan Mayorga, representada por el ballet Las Artes
Escena de «Animales nocturnos» de Juan Mayorga, representada por el ballet Las Artes
MÚSICA

Equilibrios sobre las puntas

Mantener una compañía de ballet en España es una proeza. La compañía Las Artes o el Ballet de Carmen Roche, sustentadas en sus escuelas, son dos ejemplos de resistencia

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Si escribir en España es llorar, bailar es, sobre todo en el caso de los que quieren dedicarse profesionalmente al ballet clásico, penar. La falta de objetivos y alicientes, sin embargo, no enfría los ánimos de estudiantes y de maestros. Son éstos quienes, desde sus escuelas, mantienen viva la llama del ballet en España y generan proyectos de compañía que sobreviven, eso sí, con pocas actuaciones y mucho esfuerzo. Dos de estos conjuntos son la Compañía de Danza Clásica Las Artes, vinculada a la escuela de danza Estudio1, y el Ballet de Carmen Roche, que se nutre del centro Scaena. A ellos habría que sumar la Almudena Lobón Cía. de Danza, el Ballet Joven África Guzmán, los Ballets de Tenerife, Sea Dance Company o los conjuntos surgidos en conservatorios como Mariemma o Comandante Fortea.

La unión entre la directora de Estudio 1, Adela González, y Julia Olmedo, que formó parte de la Compañía Nacional de Danza y del Béjart Ballet Lausanne, dio como origen, hace cuatro años a la Compañía de Danza Clásica Las Artes, un conjunto que, dice Adela González, nació de su deseo «de hacer algo por los jóvenes». La sede estaba en la propia escuela y sus objetivos eran –y lo siguen siendo– modestos. «Pensamos en una compañía de diez bailarines y en el montaje de una síntesis de “Romeo y Julieta”».

Difícil sustento

Parecida intención tenía Carmen Roche, una de las más prestigiosas maestras de ballet de nuestro país, que también desarrolló su carrera junto a Maurice Béjart y fue la primera subdirectora de la actual Compañía Nacional de Danza (junto a Víctor Ullate). «Hace dieciséis años que empezamos –recuerda–; lo hicimos con catorce miembros, a los que se sumaban alumnos graduados en su escuela que hacían prácticas en la compañía».

Las escuelas no son únicamente el sustento artístico de estas compañías; también el económico. «Todo procede de ella –dice Adela González–. Al margen de que los bailarines tienen acceso a las clases y reciben un aprendizaje suplementario –repertorio–, la compañía se financia, a falta de actuaciones, con los ingresos de la escuela. El vestuario, la escenografía y el atrezo que empleamos sale de nuestro bolsillo». «Mantener una compañía así es prácticamente imposible hoy en día –explica Carmen Roche–. Unas zapatillas de punta cuestan unos setenta euros, y duran apenas dos o tres días». Sin embargo, tampoco las escuelas viven su mejor momento. «Yo asumí en su día las pérdidas de la compañía porque pensé que era una buena publicidad para la escuela, y así se retroalimentaban las dos, pero es prácticamente imposible mantenerla con las poquísimas actuaciones que tenemos», concluye Carmen Roche.

Ante la falta de actuaciones, los bailarines se buscan la vida como pueden, incluso trabajando como gogós de discoteca

Otro problema es mantener a los bailarines, que necesitan tener continuidad para crecer artísticamente –y ver remunerado convenientemente su trabajo–. Cuando comenzó hace más de tres lustros, Carmen Roche tenía en nómina a catorce bailarines. «Hoy en día, solo tengo a dos artistas contratados; a los demás, les pago por actuación. Así es muy difícil mantener el nivel que toda compañía de ballet debe tener».

«De los diez bailarines con que empezamos –explica Adela González–, hay seis que siguen con nosotros. A todos les damos una ayuda, y les damos de alta cuando tenemos un espectáculo. El caché de cada actuación lo dividimos entre todos. Además, algunos de ellos trabajan como profesores. Pero tenemos un mínimo de tres días de ensayo a la semana». Los bailarines, además, se buscan la vida como pueden, incluso trabajando como gogós de discoteca.

Tanto Adela Gutiérrez como Carmen Roche coinciden en lamentar las poquísimas actuaciones que tienen sus compañías («apenas tres o cuatro al año», revela la primera). ¿Qué hace entonces que, a pesar del esfuerzo, quieran mantener sus compañías? «La esperanza –dice la directora de Las Artes–; confiamos en que las cosas cambien. Y, claro, la ilusión de subir al escenario». Carmen Roche usa las mismas palabras. «A mí me gustaría volver a tener la compañía que tuve. Esperemos ver tiempos mejores».