LIBROS

El encuentro de los escritores con la ballena blanca

Cuatro escritores -Julia Navarro, Lorenzo Silva, Luis Alberto de Cuenca y Noemí Trujillo-, y José Ramón Sánchez, Premio Nacional de Ilustración, nos cuentan su particular viaje a través de las páginas de «Moby Dick»

Actualizado:12345
  1. El lado oscuro del ser humano

    Julia Navarro
    Julia Navarro - ISABEL PERMUY

    Por JULIA NAVARRO

    La primera vez que vi a Moby Dick fue, claro está, ocupando la portada de un libro. Una ballena gigante y muy cerca en un bote un marinero arpón en mano con el rostro desencajado por la furia. Recuerdo la fascinación que sentí por el dibujo de la ballena blanca y la antipatía que me produjo la figura del capitán.

    Pero vayamos por partes. Esa primera vez yo tenía once o doce años. En casa de mis abuelos los Reyes Magos se habían encargado de dejar, junto a algunos juguetes, unos cuantos libros para los nietos. Pero Moby Dick no era para mí sino para mi primo Lolo. Pero me llamó tanto la atención la imagen del arponero enfadado y la ballena blanca que le propuse a mi primo un intercambio: Moby Dick por El collar de la reina de Dumas. Teniendo en cuenta que a ambos nos fascinaba Dumas, y tanto Los Tres Mosqueteros y El Conde de Montecristo figuraban entre nuestros libros favoritos, estaba convencida de que aceptaría el trueque. Pero mi primo echó un vistazo a El collar de la reina y decidió quedarse con Moby Dick. No me lo prestó hasta el verano y me dijo algo así como «no sé si te va a gustar». Quise saber la razón y me explicó que la novela era la historia de una obsesión.

    Leí Moby Dick y a ratos pensaba que mi primo tenía razón, que no me terminaba de gustar, que me agotaba la persecución obsesiva llevada a cabo por el capitán Ahab. Me estremecía su extremada dureza con la tripulación. Navegar con Ahab en el Pequod era como estar en la antesala del infierno. La verdad es que me puse del lado de Moby Dick. Me parecía que la ballena se defendía del ataque de los hombres, que luchaba por su supervivencia, de ahí su ferocidad. Discutía con mi primo, porque él no lo tenía tan claro como yo. Pero yo insistía en argumentar que la ballena estaba en el mar, que era su casa, y aquellos balleneros eran los intrusos, los culpables de haberla enloquecido.

    Cuando terminé de leer la novela sentí alivio. En realidad no me había gustado mucho, la historia me había resultado opresiva. No fue hasta unos cuantos años después que volví a leer Moby Dick y entonces pude comprender todos los matices y el trasfondo de los personajes y de la misma historia. Comprendí que el capitán Ahab era uno de esos hombres capaces de sacrificarlo todo, incluidas vidas, por una idea, por un delirio.

    Hace unos meses volví a encontrarme con el capitán Ahab. Fue en el teatro. El extraordinario actor que es José María Pou ha compuesto un capitán Ahab transmitiendo su locura, su mente atormentada y obsesiva. Y volví a sentir un escalofrío, preguntándome cómo pudo Herman Melville imaginar esa novela, y ese personaje. Leer Moby Dick es emprender un viaje iniciático al lado oscuro de la naturaleza humana. Un viaje estremecedor porque comprendes que tantas y tantas desgracias que han acaecido a la Humanidad a través de los tiempos han sido consecuencia de otros capitanes Ahab. Esa es la lección y por eso es una novela imprescindible.

  2. No sin mi ballena

    Lorenzo Silva
    Lorenzo Silva - ÓSCAR DEL POZO

    Por LORENZO SILVA

    Ahab no rehúye a Moby Dick porque sabe que su vida y sus esfuerzos le pertenecen. Moby Dick es el monstruo, la muerte y el dolor; pero el capitán ballenero ha alcanzado una conciencia que le destina a perseguirla a toda costa y le prohíbe esconderse de sus coletazos, trasunto salvaje de su propia oscuridad.

    Hay una ballena que nos acompaña en nuestro camino por el mundo, aunque nunca nos echemos a la mar. Una ballena que sabe nuestro nombre y que lo pronunciará un día con voz perentoria e inapelable. Con ella debemos medirnos en cada momento de vida, de calma, de aparente satisfacción. Lo cuenta Ismael, que ha visto cara a cara a la bestia blanca de Ahab, y por eso evoca la imagen de la estacha inmóvil entre los remeros antes de trabar combate con el cetáceo. «Todos los hombres vienen envueltos en estachas de ballena», advierte, «todos nacen con la cuerda al cuello, pero sólo al ser arrebatados en el rápido y súbito remolino de la muerte se dan cuenta de los peligros de la vida, callados, sutiles y omnipresentes». El hombre consciente, razona Ismael, no siente más miedo con el arpón a mano en el bote a merced de las olas que asiendo el atizador ante el fuego del hogar. Ahab está loco, pero no porque desfigure la realidad, sino porque ha aceptado llevarla entera y siempre consigo.

    Por eso Melville nos invita en su relato a desdramatizarlo todo como único remedio. De ahí el chiste final del náufrago que sobrevive abrazándose a un ataúd. O la invitación del capítulo 49 -siete veces siete- a tomarse el universo como una enorme broma a costa de uno, esa «filosofía genial del desesperado» que resulta indispensable para poder vivir con una ballena dentro.

  3. Un poema épico (y animalista) en prosa

    Noemí Trujillo
    Noemí Trujillo - EFE

    Por NOEMÍ TRUJILLO

    Jorge Luis Borges dijo de Moby Dick en un poema dedicado a Melville: «Es el gran libro. Es el azul Proteo». Borges entendió que Melville había hecho suyo el mar físico y el mar de la escritura, que «el gran libro» no solo hablaba de borrascas, viajes o de la abominación de la blancura sino que el verdadero relato abarcaba lo indescifrable. Para mí, Moby Dick es algo más que un libro de aventuras o la obsesiva venganza del capitán Ahab; es un poema épico en prosa. Porque, no lo olvidemos, Melville también era poeta y en sus poemas aparecen muchos de los temas presentes en Moby Dick: el lado oscuro de la naturaleza, la arrogancia humana, la ligereza de la vida, lo más descorazonador de la muerte, el carácter del valiente. El nombre que utiliza Aristóteles para hablar de la valentía es andreia y, en cierto modo, Moby Dick ensalza la andreia de Ismael, el narrador de toda la historia y el único superviviente de la lucha entre el Pequod y la ballena.

    Todo el libro es un desafío: para la hermenéutica, la literatura comparada, la filosofía incluso. Ahab y la ballena atrapados en una sucesión de duelos; cualquier causa es buena para matarse en un duelo, parece decirnos Melville, pero también que el duelo es lo más banal que hay. Moby Dick es un largo poema épico que elogia la andreia de Ismael y que hace palpable la irracionalidad más profunda del ser humano. Civilización frente a barbarie. Es el gran libro, lo dijo Borges. Y lo es porque al mirar al fondo de las profundidades Melville sabe que no se ve nada. La ballena se sumerge en el mar y gana la partida. Moby Dick es un largo poema épico en prosa. Y es un poema animalista.

  4. Un genio de la distancia corta

    Luis Alberto de Cuenca
    Luis Alberto de Cuenca - ERNESTO AGUDO

    Por LUIS ALBERTO DE CUENCA

    El tiempo pasa a una velocidad supersónica. Parece que fue ayer cuando celebrábamos el segundo centenario de Poe (1809-2009) y resulta que ya han pasado diez años desde entonces y estamos celebrando el segundo centenario del nacimiento de Melville. Los reúno al comienzo de esta glosa porque ambos me parecen, Edgar Allan Poe (1809-1849) y Herman Melville (1819-1891), las dos estrellas más fulgurantes del firmamento literario norteamericano (y mira que no faltan estrellas para acribillar ese cielo).

    De Melville uno recuerda siempre de primeras Moby Dick (1851), su inmortal novela, que a mí me parece genial, pero que estaría todavía mucho mejor si no pretendiera convertirse, a las veces, en una enciclopedia de cetología. Siendo un genio sin paliativos a lo largo y ancho de toda su escritura, a mí el Melville que más me interesa es el de distancia corta, o sea, el de The Piazza Tales (Nueva York, 1856), huéspedes de esas tres maravillas narrativas que son Bartleby, el escribiente, Benito Cereno y Las Encantadas, que es como decir que ese libro alberga tres de los relatos más sugestivos de las letras decimonónicas universales.

    También me fascina Billy Budd, marinero, pero tan preciosa nouvelle no vio la luz sino póstumamente (Londres, 1924), rescatada del olvido por Raymond M. Weaver, profesor de la Columbia University. Los cuatro títulos citados son mi póquer de ases en la baraja melvilleana.

    Lo dicho no quiere decir, en modo alguno, que deje de parecerme Moby Dick la piedra angular del edificio creativo de Melville, su opus magnum, lo mismo que el Fausto de Goethe, el Quijote de Cervantes o el Ulises de Joyce son los opera magna de esos autores, pero sin olvidar que también fueron capaces de forjar, respectivamente, joyas tan valiosas como Werther, las Novelas ejemplares o Dublineses.

    Lo aparentemente menor puede ser susceptible de convertirse en mayor solo con que el lector se lo proponga.

  5. Historia de una obsesión

    José Ramón Sánchez
    José Ramón Sánchez

    Por JOSÉ RAMÓN SÁNCHEZ

    Leí Moby Dick por primera vez con 13 o 14 años. Se trataba de una adaptación juvenil, pero ya entonces me impresionó y lo metí dentro de mis sueños como ilustrador, que eran, por este orden, el Quijote, la Biblia, Moby Dick, la Divina Comedia y el Beato de Liébana. Eran libros que tenían unas posibilidades enormes, como Los Miserables, El retrato de Dorian Gray, Guerra y paz y las novelas de Dickens. Algunos de estos títulos pertenecen a la segunda mitad del siglo XIX, que yo considero pura magia, y se empiezan a publicar por entregas en revistas ilustradas, con lo cual mi pasión por ellos se multiplica.

    Moby Dick se convirtió en una obsesión para mí. El capitán Ahab es un personaje shakesperiano: es Hamlet, es Macbeth, es Otelo... es diez personajes juntos, una mezcla de demonio y profeta. Hice las ilustraciones para un libro y para un cómic, e invertí en el proyecto en su conjunto dos años y medio (solo la Biblia me llevó más tiempo, tres años).

    Lo más complicado de hacer, sin duda, son los rostros. Los paisajes, al final, acabas aprendiendo a dibujarlos, pero los rostros deben reflejar el alma humana. El capitán Ahab, por ejemplo, tiene que ser aterrador. El misterio de la vida puede esconderse detrás de un rostro humano. Lo mejor de Van Gogh (y no me estoy comparando con él, que quede claro) no son Los girasoles ni La noche estrellada, sino sus autorretratos, porque reflejan su alma. Mantener la identidad de los personajes, sus cicatrices -sin cambiarlas de lado-, el sombrero... El cómic es una disciplina dificilísima, y yo conté para este proyecto tan especial de Moby Dick con la ayuda del editor Jesús Herrán.

    José Ramón Sánchez es Premio Nacional de Ilustración 2014