Bob Dylan con Joan Baez durante un concierto de la gira «Rolling Thunder Revue» (1975-76)
Bob Dylan con Joan Baez durante un concierto de la gira «Rolling Thunder Revue» (1975-76)
MÚSICA

Bob Dylan y otros peregrinos en busca de redención

Martin Scorsese retrata en «Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story» la mítica gira del bardo de Minnesota junto a Joan Baez y otros sobresalientes músicos con Sam Shepard como testigo

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Sam Shepard tomó el encargo con enfado, más que disgusto. Ahora por fin tenía su terreno, una finca con caballos en una montaña al norte de California. Había que comprar estufas de gas para el invierno, poner vallas, adecentar estancias. Y ese papel verde sobre la mesa desbarataba todos los planes. «Te ha llamado Dylan». Y un número de teléfono. ¿Qué se ha creído, que silba y acudiré? ¿Tengo que dejarlo todo por él? Pues así fue, Sam. Tenías miedo a volar, así que te escupieron detrás del teléfono que corrieras a tomar un tren de costa a costa.

Otoño de 1975. En unos días arrancaba desde Nueva York la Rolling Thunder Revue. ¿Qué es eso? No sabías ni lo que te ibas a encontrar. Pero dijiste que sí. Querían un escritor, tú eres un escritor. Visto con la distancia, de aquello no salió la película planeada, era imposible crear un hilo conductor, unos diálogos, unos personajes, una estructura para la pantalla. Lo que salió fue un libro deslavazado, en el que tu papel recuerda al de Fitzgerald en El Gran Gatsby.

Testigo (casi) mudo

Tus intentos por conectar con lo que fuera «eso» chocaron desde el principio con lo inesperado, con el caos, con lo que llamaste «una banda de ases»: el gigante T-Bone Burnett, los tambores suaves de Howie Wyeth, Dave Mansfield a quien Allen Ginsberg llamaba «el chico de la cara de Botticelli». El bajo ametralladora de Rob Stoner, «el cerebro de la operación». Mick Ronson, instigador principal de la manía por el maquillaje. Scarlet Rivera, «la misteriosa dama oscura del violín», con sus sortilegios, su espada y su serpiente. Cuando te presentaron a Dylan, hiciste abstracción, para ver al hombre. «No quiero ninguna conexión», te dijo. Y cumpliste con el mandato. Describir lo que ibas viendo, sin más. De tu libro salen destellos que ayudan a comprender la magia de aquella «gira del trueno que retumba».

Poco a poco vas entendiendo qué significado tiene esa locura, esa especie de peregrinación, ese desplazarse a ciudades pequeñas, en un autobús sin apenas espacio vital, en hoteles inmundos, dando conciertos que se anunciaban pocas horas antes, huyendo de los sabuesos de la prensa, creando desde el factor sorpresa.

La cinta de Scorsese no coincide con tus apreciaciones entre bambalinas, bueno, apenas si lo hace. Y, sin embargo, esas pocas coincidencias muestran mejor que nada por qué fue un momento especial en la música americana, aunque como Dylan desde el presente reconoce frente a la cámara, de todo aquello «no queda nada. Cenizas».

Como un leitmotiv aparecen varias veces esos versos: «Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientos, histéricos, arrastrándose por las calles negras al amanecer, en busca de una solución furiosa». La tumba de Kerouac. Dylan y Ginsberg, en el cementerio de Lowell. Hablando de Mexico City Blues. «Sí», dice Dylan, «mi amigo Dave me dio un ejemplar, en Minneapolis, en 1959. Me dejó alucinado». ¿Qué hay enterrado en la tumba? «Polvo, polvo perfecto», decís al unísono. Sonrisa cómplice. ¿Quién es Ginsberg?, pregunta la cámara a Dylan. El oráculo de Delfos. Y Dylan, al final de la cinta, al preguntarle qué anda buscando, responde a la cámara: el Santo Grial. Y habla en serio.

Sam Shepard con quien conecta de verdad es con Ramblin Jack Elliot. Quiere comprarse un camión, conoce todas las leyendas del viejo Oeste. Es el único que conoce las baladas de los viejos marineros. Te interesa el proceso interior por el que las canciones de Dylan consiguen hacer que surjan imágenes. «Es un cineasta del instante», has dicho.

Imágenes y palabras

Te gustaría saber, cuando ves cantar a Dylan y Joan Baez sobre el escenario, si alguien ve el mismo parque verde y lluvioso, el mismo banco y la misma pareja de personas que salen de «A Simple Twist of Fate». Al escuchar «Hurricane» te ves en un bar, en una playa cuando suena «Sara», frente a una mesa y un cenicero ante la brutal «Hattie Carroll». O el mismo valle en «One More Cup of Coffee». Y aquí, viejo Sam, das con el meollo del asunto: «¿Cómo se convierten las imágenes en palabras? ¿O cómo se convierten las palabras en imágenes? ¿Y cómo logran que sientas cosas? Es un milagro», señalaste.

Los ojos de Dylan son un radar que va cartografiando al resto de la banda, creando un magnetismo que eleva a los músicos a una unidad diabólica, como por efecto de un mago que los hubiera hechizado. Cuando es Dylan, solo con su guitarra y su armónica, «debajo del escenario se muestran histéricamente felices. Matarían por estar allí», dice Joan Baez.

«¡Eh, tío, canta una canción protesta!», te grita uno desde el público. Le miras. «Aquí tienes una». Y comienza a sonar, bellísima la armónica, el bajo, el violín de Scarlet, la batería, la acústica. Pareces querer decir que «nuestro propósito es amar y seguir nuestro camino». El camino de Kerouac, el camino de la vida. Porque el tiempo es un océano, pero siempre termina en la orilla. «Quiero muchas fotos de ríos, y de trenes», ibas repitiendo como un karma al fotógrafo. Luego llegó Joni Mitchell, con su carisma. Y quedasteis prendados de ese jazz, esa deconstrucción de flashes poéticos. Joni se unió a la experiencia comunitaria como una forma de búsqueda personal. Peregrinos de una misión muy íntima. Y esa intimidad de las sensaciones es la que transmiten las canciones con su desgarradora belleza.

Tomasteis al asalto la casa de Gordon Lightfoot. Joni canta al «prisionero de las rayas blancas de la autopista». Gordon los mira en silencio, frunce el ceño. ¿Se irán pronto? Terminan cantando todos borrachos «Love Poison nº 9». «Dylan, eres un mentiroso», le reprocha Joan Baez. «Tú te marchaste antes», te recuerdo. Pero a Dylan, reconoce Joan, se le perdona todo cuando canta. Recuerdas cuando lo veías teclear en la máquina de escribir, tan rápido, allá al norte del Big Sur, con esas manos que dicen más que cualquier fotografía de su rostro. Mirando al Pacífico salvaje. Suena «Knockin’ on Heaven’s Door». La gira del trueno que retumba se acaba. Sam Shepard ya no está entre nosotros. Dylan, mientras, sigue buscando, porque su destino no es el del profeta, sino el del peregrino, que sabe que no se puede amar dos veces en el mismo motel de carretera.