MÚSICA

Los cuatro mejores discos de Sabina

Escritor de canciones torrencial, Sabina tiene una extensa discografía solo o en compañía de otros

Actualizado:1234
  1. Malas compañías (1980)

    Musicalmente los discos de Sabina no es que hayan envejecido mal, es que nunca sonaron bien del todo. Dylan decía: «no sé cantar bonito». Tal limitación vocal los hace hermanos de sangre, al igual que la genialidad para el verso. Pero mientras para Dylan la música es tanto o más importante que la letra, la carencia de calidad musical en Sabina ha sido siempre un sambenito del que no ha sabido zafarse. Aunque hay excepciones, como Malas Compañías, uno de los pocos discos de Sabina que lejos de provocar sarpullidos incluso invitan al deleite sonoro, gracias a los músicos allí reunidos y a los arreglos de Hilario Camacho y José Antonio Romero. El disco, frente a otros, se sostiene bien, como un almanaque de folk rock con tintes de blues. Las canciones son excelentes y no solo de manera singular, con picos creativos en «Calle Melancolía» y «Pongamos que hablo de Madrid» llevadas en volandas por otras ingeniosas crónicas urbanas, como «Bruja», «Pasándolo bien» o «Mi amigo Satán».

  2. Física y Química (1992)

    Si hay un cataclismo y desaparece todo rastro físico de grabaciones musicales, en un futuro habrá una canción de Sabina que será cantada en ese hipotético mundo de tradición oral y será «Y Nos Dieron las Diez» por tantas veces cantada en tabernas, despedidas de soltero, fiestas de pueblo y de barrio, integrada en toda orquestina verbenera y capaz de aunar la hispanidad a ambos lados del charco. En Sabina más que discos hay tremendas canciones, como «Princesa», «¿Quién me ha robado el mes de Abril?» o «19 Días y 500 Noches». Y este prodigio, universal desde lo particular, hilado perfecto de coplas compuesto mano a mano entre Joaquín y Enrique Urquijo en una de esas noches en las que compartían furtivo escenario hasta el alba, acaso en el barrio de Chueca entre amigos, por el simple placer de tocar y de plantarle cara a la Parca traicionera. En Física y Química había más tela que cortar, como las rimas de «Peor Para El Sol» o «La del Pirata Cojo», que no se queda manca.

  3. Yo, Mi, Me, Contigo (1996)

    Más elaborado de lo habitual es este Yo Mi Me Contigo donde Sabina (que ha ido vampirizando a lo largo de su carrera el buen hacer de los mejores trovadores argentinos de los turbulentos años setenta, además de la nueva trova cubana y la ranchera mexicana) se hace arropar por un crisol de músicos capaz de destilar la sangre robada y ponerle al cóctel el bombín. Ahí está Andrés Calamaro en «Viridiana», el punto Santana de «Postal de la Habana», rondas como «Jugar por Jugar» u homenajes a su amigo Serrat a ritmo de son en «Mi Primo el Nano» que podría haber firmado el mismísimo Kiko Veneno. «Aves de paso» presenta al Sabina más poético instalado en un cómodo AOR medio tiempo armónica incluida. Aunque si este disco recibe el cum laude es por una canción casual, escondida, que ha resultado ser la mejor canción nunca escrita por Joaquín, a saber: «Y Sin Embargo».

  4. 19 Días y 500 Noches (1999)

    Sabina quiso hacer un salto del ángel con doble pirueta pero la compañía no estaba por la labor de editar un disco doble. Tuvo que recortar minutaje y número de canciones. Aun así, el disco vendió lo que hoy es una cifra inconcebible: medio millón de discos. La edición especial consiguió reconstruir el trabajo original. 25 cortes con una producción mesurada, elegante, de Alejo Stivel haciendo de Balenciaga a los controles. Las canciones ganan en profundidad y alzan el vuelo con una amplitud que nunca antes Sabina había conseguido. No hay más que dejarse llevar por «Barbi Superstar» o «Doble Vida» para creer estar dentro de un disco de Bob Seger. El mejor Sabina se desnuda en un cuerpo a cuerpo cuando va hacia lo íntimo, como en «Una Canción para Magdalena». En el blues rural de «A Mis Cuarenta y Diez» vaticina la edad tardía. Y se agazapa como un gato tras el sillón para cantar, temeroso, «Donde Habita el Olvido». Joaquín y Alejo escriben y reescriben «Nos Sobran los Motivos», conscientes de haber roto un molde. Hay mestizajes verosímiles, esa rumba-jazz que es tango, un «qué fue del siglo XX» dedicado a su Argentina en «Dieguitos y Mafaldas». Y «De Purísima y Oro» y su flamenco rendido a la luz del Sur, las zambras y la copla, en un collage de imágenes de la memoria. Chavela introduce «Noche de Boda». «19 Días y 500 Noches» es un epitafio por si las moscas.