Olivier Schrauwen, durante su reciente paso por Madrid
Olivier Schrauwen, durante su reciente paso por Madrid - Maya Balanyá
CÓMIC

«Conozco mucha gente impulsiva y desastrosa, incluido yo. Me atrae ese tipo de personajes»

Olivier Schrauwen es posiblemente la gran estrella del cómic alternativo europeo, un innovador que nos ha regalado páginas sembradas de seres caóticos y realizadas con un dibujo inconfundible

MadridActualizado:

Olivier Schrauwen (Brujas, 1977) es uno de los autores más originales del cómic actual. « Arsène Schrauwen» (Fulgencio Pimentel, 2014-2017), una improbable crónica de las andanzas de su abuelo por un Congo Belga aparentemente impenetrable a la cordura, hizó que todo el mundo se fijase en sus historias llenas de personajes desconcertantes, realizadas en un dibujo que podía pasar del detallismo más apabullante a la casi abstracción sin aparente esfuerzo. Y cómic tras cómic sigue consolidando esa impresión de ser un autor inconfundible, extremo. En los últimos meses se han publicado en España dos nuevos cómics suyos (ambos en la editorial Fulgencio Pimentel, que ha hecho de Schrauwen una de sus grandes apuestas): « Guy, retrato de un bebedor», una colaboración con los franceses Ruppert & Mulot protagonizada por un pirata que es uno de los personajes más fascinantes y más despreciables que se puedan encontrar en un libro este año; y « Vidas paralelas», una colección de historias futuristas y hedonistas por las que se pasean más –supuestos– miembros de la familia Schrauwen y cuyas reflexiones sobre la naturaleza psicosexual de las relaciones y delirantes composiciones de página fueron capaces de dejarle la cabeza del revés al mismísimo Chris Ware. Schrauwen sigue en plena forma y hablando con él vemos que en las entrevistas se defiende igual de bien que sobre el papel.

–¿Siempre quiso dedicarse a los cómics?

–Estoy hecho para crear cómics. Mi padre era coleccionista de cómics, así que teníamos grandes pilas de ellos por casa y en sus ratos libres solía dibujarlos. Así que hice mi primer cómic cuando tenía 9 años. Durante algunos periodos hice otras cosas, pero de niño lo único que me interesaba eran los tebeos. Por fortuna, luego me empezaron a interesar más cosas.

–Profesionalmente empezó en la revista «Spirou», una de las grandes del cómic infantil belga.

–Fui becario allí, pero no me fue demasiado bien. Siempre me decían que mis historias eran demasiado oscuras y que tenía que cambiarlas, así que estuve poco tiempo.

–Desde entonces, ha trabajado casi siempre en solitario, hasta que recientemente ha hecho «Guy, retrato de un bebedor» con Ruppert & Mulot. ¿Ha sido muy diferente de su forma habitual de trabajar?

–Bueno, yo estudie animación y, cuando era más joven, solía trabajar a menudo en equipo, así que no me resultó tan extraño. Pero sí ha sido la primera vez que he hecho un cómic de esta manera; había hecho algunos en los que otra persona escribía la historia, pero en este caso, aunque Ruppert & Mulot han escrito la mayor parte de la historia, hemos colaborado mucho. Ha sido diferente.

–Suele usar referentes literarios en sus libros: «El libro de la selva» en «Mowgli en el espejo», «El corazón de las tinieblas» en «Arsène Schrauwen»... ¿Cuál es su método? ¿Cómo decide qué tomar de los libros y en qué apartarse?

–Es algo que siempre me preocupa. Con «Guy» estaba leyendo «La isla del tesoro» y temía que resultase demasiado parecido. Así que fui leyendo libros escritos en esa época para hacerme una idea de la ambientación. Es mejor no tener algo que se base demasiado directamente, pero sí que capture algo del espíritu.

Puede gustarme un cómic malo si experimenta de forma interesante. Necesitamos desarrollar nuevas formas de contar historias

–Ya que hablamos de libros, ahora se discute mucho si los cómics son literatura o si son algo totalmente distinto. ¿Qué opina al respecto?

–Creo que algunos cómics se acercan mucho a la sensación que uno tiene cuando lee un libro, una novela. Tienen aspectos formales muy similares. Pero esto no tiene por qué ser así. Cuando hago un libro no siempre tiene que ser una novela gráfica, a veces enfatizas el dibujo y se convierte en otra cosa. Depende.

–Parece que sus cómics tienden a escapar del presente, del aquí y ahora, algunos al pasado y otros al futuro. ¿A qué se debe?

–Realmente no sé por qué motivo lo hago. Creo que es porque me da una cierta libertad. Si lo ambiento en el futuro puede tener cosas que parecen improbables, si lo ambiento en el pasado la gente no sabe bien cómo era. Pero ahora estoy haciendo un cómic ambientado en el presente y estoy muy contento de finalmente lograrlo. Lo había intentado otras veces y me resultaba muy difícil hacer que diese la impresión correcta. Y ahora creo que por fin estoy logrando hacer algo ambientado en la ciudad en la que solía vivir y con personajes que conozco.

–En «Vidas paralelas» ha saltado al futuro lejano. ¿Por qué ese salto temporal?

–A menudo tomo cosas que me gustan de la ciencia-ficción. Cuando era niño, lo más divertido, lo que más ganas tenía de ver, eran las películas de ciencia-ficción. Así que está bien volver a acercarse a ello de adulto y ver cómo ha cambiado tu mirada sobre las cosas. Y, en el fondo, «Vidas paralelas» no es un libro de ciencia-ficción, sino que son situaciones que podrías trasladar a momentos contemporáneos.

–En sus cómics aparecen muchos otros Schrauwens, supuestos parientes suyos. ¿Son reales, o inventados?

–Tiendo a cambiar nombres. Por ejemplo, Arsène era mi abuelo materno, así que no se apellidaba Schrauwen. Cambio cosas. Hace tiempo hice cómics protagonizados por una especie de «alter ego» mío y me gustó eso. Así que empecé a desarrollar esta familia, pero tomándome un montón de libertades. Por ejemplo, el personaje del padre en «Vidas paralelas» no es como mi padre; se parece un poco, pero la idea es desarrollar una familia que se parece un poco a la mía. Y, de todas formas, la gente siempre se cree que tú eres un personaje de tus historias, así que ya lo mismo me da ponerles mi nombre.

–Sus personajes tienden a pensar de forma racional, pero acaban actuando impulsivamente. ¿Ve así a la humanidad en general, o simplemente le gustan los personajes y las situaciones extremas?

–Conozco a mucha gente (quizá incluyéndome incluso a mí mismo) que son impulsivos y un poco desastrosos. Y es algo que me hace gracia, la mayoría son unos idiotas o unos cabrones y eso hace que me resulten interesantes. Quizá debería meter a gente con la cabeza más clara, para equilibrar, pero me resulta más difícil crearlos. Por ejemplo, en «Arsène» hay personajes que se comportan de forma muy irresponsable y otros que tienen que encargarse de arreglar los errores que los primeros cometen, así que se equilibra.

Una viñeta de «Vidas paralelas», lo más reciente de Schrauwen
Una viñeta de «Vidas paralelas», lo más reciente de Schrauwen

–Sus dibujos son muy complejos formalmente, pero al mismo tiempo tiende a lo esquemático, a veces casi abstracto. ¿Cómo salta de un extremo a otro?

–Es también una cuestión de equilibro. A menudo, lo que hago es analizar una situación y, si me parece demasiado caricaturesca para la historia, hago dibujos más realistas; y si hay algo demasiado melodramático, que temo que pueda resultar ridículo, hago dibujos más caricaturescos. Intento mantener un tono consistente en la historia cambiando la manera en que dibujo, jugando con el contexto.

–A veces, incluso dentro de una misma página. Por ejemplo, en «Guy» hay ocasiones en que pasa directamente de dibujos muy detallados a todo color, a otros hechos con unas pocas líneas.

–Eso también se debe a que, cuando todo está coloreado, no hay momentos de sorpresa. Por ejemplo, si se están acercando a un hermoso castillo, pongo antes unas cuantas páginas sencillas, para que notes realmente la impresión cuando aparece eso. Creo que, si coloreas todo, el color a veces acaba por desaparecer.

–Y el color es muy importante en sus cómics y la paleta de color es muy diferente en cada uno. ¿Cómo las elige?

–Por ejemplo, en «Guy» me fijé en viejas películas de Hollywood, como «Rebelión a bordo», que tenían una paleta con púrpuras, rosas y amarillos. Me gustó, porque evoca un sentimiento nostálgico, pero también es el color de un cadáver, con venas azules y un aspecto enfermizo.

–¿Y en «Arsène»?

–La de «Arsène» se debe a que en parte lo autopubliqué y lo imprimí en una máquina que sólo podía imprimir en bitono. Podría haberlos mezclado para darle otro aspecto, o haber hecho otra impresión para añadir un color más. Pero recordé que en tiempos de guerra –cuando escaseaba la tinta negra– se solían hacer cómics sólo en rojo y azul: cinco páginas en rojo, seguidas de otras cinco en azul, etc. Y me gustó la atmósfera que daba, así que decidí hacerlo así.

La gente siempre cree que eres un personaje en tus propios libros, así que me da lo mismo ponerle mi nombre a los míos

–Ya ha mencionado que ha trabajado en animación. ¿Ha tenido eso influencia en sus cómics?

–La animación es dónde empecé, y en ella resulta muy importante construir una parte de la historia y luego comprobar que la narración fluye bien, tienes que estar constantemente fijándote en eso y haciendo cambios en el ritmo, cortando cosas que quedan demasiado largas. Y me doy cuenta de que cuando hago libros tengo muy presente el desarrollo temporal, los miro como si fuesen películas y los edito mucho: cambio cosas de lugar, acorto, alargo... Pero también es muy distinto, en los cómics tienes que usar trucos diferentes. En animación puedes tener un personaje que entra en la pantalla y ya sólo eso puede ser una maravilla de ver; en los cómics, como no hay movimiento, eso no es tan especial. Pero a menudo la página mantiene ese mismo sentido y puedes animarla un poco con la vista, recorriéndola rápido.

–Hoy en día hay muchos autores de cómic que tienden a lo experimental, especialmente en el dibujo. ¿Se siente cercano a otros autores?

–Hay autores que me gustan mucho, como Frank Santoro. Pero no me fijo necesariamente en gente que hace cómics parecidos a los míos, me gustan otros que hacen cosas totalmente distintas. Por ejemplo, Daniel Clowes, cuyos cómics siempre me han encantado, pero que no ha sido una influencia en mi estilo. Y puede gustarme un cómic malo si es experimental de una manera que sea interesante, aunque el resultado final no tenga mucho éxito. Puedo apreciar la experimentación en sí misma, porque es lo que hay que hacer para desarrollar nuevas formas de contar historias.