La guillotina se convirtió en la estrella en los años del Terror
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LIBROS

«Ciudadanos»: revolución, el tiempo sin tiempo

Con treinta años de retraso nos llega, por fin, traducido al español este indispensable trabajo del historiador Simon Schama sobre la Revolución francesa

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Publicado en 1989 para conmemorar el segundo centenario de la Revolución de 1789, el libro de Simon Schama «Ciudadanos. Una crónica de la Revolución Francesa», llega al lector español con treinta años de retraso. Es una pena. Nos hubiera ahorrado muchos tópicos entonces, no pocas necedades y considerables pérdidas de tiempo. Es un libro indispensable. No quizá para los especialistas en un acontecimiento que ha movido más bibliografía que ningún otro en la historia contemporánea. Imprescindible, sí, para todo aquel que busque hacerse una idea objetiva de esos cinco años -entre 1789 y 1794- que decidieron el destino del mundo en los dos siglos siguientes. No es un libro para eruditos. Es, en la literalidad de su título, una «crónica». Y es ésta su mayor virtud. Porque la revolución que cierra el siglo XVIII en Francia no es cosa de eruditos. No solo. 230 años después, la Revolución Francesa es nosotros. Para bien como para mal.

Las escuelas interpretativas han proliferado en torno a ese acontecimiento crucial, de un modo que revela hasta qué punto cuando hablamos de ese período que va de la convocatoria de los Estados Generales a la ejecución de Robespierre, no hacemos, con la mayor frecuencia, otra cosa que evocar metonímicamente nuestro presente, nuestras pasiones, los deseos y rechazos de los cuales somos hijos. Y, al hacerlo, el anacronismo tiñe nuestros análisis. Y los hace estériles.

Sin polémica

Lo primero que a un lector de Schama se le impone en la lectura con treinta años de retraso es el hallazgo de un autor que ha prescindido deliberadamente de esas escuelas interpretativas de la Revolución Francesa, que él conoce a la perfección y a las que va aludiendo, tanto en su Prefacio y Prólogo como en el curso de la exposición misma. Sin entrar nunca de lleno en la polémica con ellas. Eludiéndolas para contar sin presupuestos ideológicos. Evitando, en lo posible, esa avalancha de valoraciones -da igual si entusiastas u horrorizadas- que acompañan buena parte de lo que era una casi inabarcable bibliografía, ya en el año 1989 de su publicación inmensa y luego multiplicada por los fastos del bicentenario.

Imprescindible para quien busque una idea objetiva de esos años que decidieron el destino del mundo

Contar. ¡Y qué narración prodigiosa la del quinquenio revolucionario! No hay novela que pueda abarcar el vértigo de su ritmo. Ese que Chateaubriand describe atónito en sus «Memorias de ultratumba»: «La Revolución me ha hecho comprender la posibilidad de esta existencia. Los momentos de crisis producen una reduplicación de la vida en los hombres. En una sociedad que se disuelve y se recompone, la lucha de ambos genios, el choque del pasado y el porvenir, la mezcla de las costumbres antiguas y las costumbres nuevas, forman una combinación transitoria que no deja un instante de aburrimiento. Las pasiones y los caracteres en libertad se muestran con una energía que no poseen en la ciudad bien regulada. La infracción de las leyes, la emancipación de los deberes, usos y conveniencias, los peligros incluso, añaden interés a ese desorden. El género humano, de vacaciones, se pasea por la calle, desembarazado de sus pedagogos, por un momento retornado al estado de naturaleza y no empezando a sentir la necesidad del freno social más que cuando cae sobre él el yugo de los nuevos tiranos paridos por su licencia».

Moderno genocidio

De ese «género humano en vacaciones», Simon Schama dibuja un cuadro fiel. Y, por sobrio, fascinante. En su «Ciudadanos», la galería de retratos de los excesivos protagonistas de un tiempo excesivo ocupa siempre el proscenio. Ya se trate de los grandes nombres, ya de los más perdidos en la maraña de protagonistas de esos apenas sesenta meses de desorden absoluto. Sorprende al lector constatar la juventud pasmosa de tantos de sus principales protagonistas. Saint-Just, destructor de una monarquía milenaria con apenas 25 años, es el epítome de ese acelerón en el tiempo. Pero los retratos de los en diverso grado jóvenes que soñaron empezar la Historia desde cero ha fascinado a todos los comentaristas de la Revolución. Así, Malraux en 1954: «Nuestra Revolución es el tiempo legendario de nuestra historia… Un tiempo en el que ya no hay antepasados, si es que hay padres. En el que no se envejece. Cuando Saint-Just ve por última vez a Hoche, ambos tienen veintiséis años. Danton muere a los treinta y cinco, Robespierre a los treinta y seis. Una juventud de mármol mutilado vela sobre esos pocos años, que vencieron al viejo río heraclíteo. No hay familia. Sólo un destino que se hace con mano de hombre».

Y hay también un destino que desemboca en la carnicería. En la Vendée, que Schama analiza con una objetividad inhabitual: conocemos el salvajismo de una represión a la que no pocos historiadores juzgan el primer modelo del moderno genocidio. Schama no oculta tampoco la barbarie de los propios insurrectos. Y todo se resuelve en una horrible carnicería, en el curso de la cual nadie hace prisioneros, en el curso de la cual las distinciones entre población militar y civil se borran. En la cual el odio que definirá el concepto futuro de la guerra asienta todos sus fundamentos… Y, finalmente, en la catarata de muerte del Terror.

Vale le pena leer a Schama. Aunque sea con treinta años de retraso.