Infografía del exterior del nuevo centro, construido por Heike Hanada
Infografía del exterior del nuevo centro, construido por Heike Hanada
ARTE / ARQUITECTURA

Bauhaus, otra caja de resonancia en Weimar

Acaba de abrir sus puertas el nuevo Museo Bauhaus, una institución destinada a albergar toda la colección de la mítica escuela y a extender su legado

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Weimar era en 1919, fecha en que se fundó en ella la Staatliches Bauhaus, uno de los principales motores culturales económicos y políticos de una Alemania recién salida, derrotada, de la I Guerra Mundial. En los años precedentes, artistas y arquitectos ya habían activado un germen subversivo, de oposición a la contienda, dentro del cual se hallaba el empuje que aspiraba a una renovación social muy profunda.

Walter Gropius fue una de las principales figuras que plantearon las direcciones y objetivos que esa renovación debía tomar. Su nombramiento como director del nuevo centro que surgió de la fusión de las dos antiguas escuelas de arte y de arte y oficios que tenían sede en esa capital dio pie a un enérgico punto cuyo objetivo, según rezaba el manifiesto de la Bauhaus que se distribuyó por toda Alemania en el momento de su fundación, era que artistas y artesanos se unieran para levantar juntos «la construcción del futuro».

Como destaca Magdalena Droste en su fundamental manual sobre la Bauhaus, la fundación de la escuela fue posibilitada por el desorden político que reinaba en el momento. «La Bauhaus no habría sido posible más tarde, cuando las fuerzas conservadoras se formaron de nuevo», afirma. Que la escuela se desplazara a Dessau en 1925 tras la victoria del partido político conservador Thüringer Ordungsbund, y que, posteriormente, el triunfo del nacionalsocialismo acabara forzando su disolución en 1933 lo corroboran. La Bauhaus reivindicará la supresión de las divisiones entre las diferentes disciplinas artesanales, así como la materialización de un arte destinado a servir a toda la sociedad.

No con los mediocres

Con la vocación de colocar en Weimar «la primera piedra de una república de la humanística», Gropius convocó a importantes figuras para que ejercieran como docentes en la escuela: «No debemos empezar con los mediocres, sino que tenemos la obligación de despertar el interés, siempre que sea posible, de personajes destacados y conocidos, aún cuando no nos resulte fácil comprenderlos». Paul Klee, Wassily Kandinsky, Lyonel Feininger y el influyentísimo Johannes Itten fueron algunos de esos primeros artistas de vanguardia reclutados para, a través del ejercicio de la docencia, inculcar una reintegración del arte a la vida cotidiana y, con ello, alentar transformaciones en el pensamiento social.

Heike Hanada
Heike Hanada

La ubicación allí del nuevo Museo Bauhaus Weimar (que se inauguró el pasado 6 de abril) se plantea deliberadamente simbólica, como recordatorio de este vigor creativo y renovador, democrático y afirmador, de la libertad. El edificio se eleva entre una zona verde creada durante la República de Weimar y el complejo monumental Gauforum, construido por los nazis entre el final de los años 30 e inicios de los 40. Heike Hanada, arquitecta autora del diseño de este nuevo edificio en colaboración con Benedict Tonon, y profesora de arquitectura en la Bauhaus-Universität Weimar desde 1999, recalca el significado de esta contraposición: «La decisión de situar el museo entre estas dos manifestaciones históricas es importante. Afirma su posición frente a ese vecino ideológicamente marcado como es el Gauforum. Al ubicar aquí el museo, no sólo se está recordando y destacando el origen fundacional de la escuela, sino también las fuerzas que la expulsaron. La Bauhaus aparece no sólo como una reunión de geniales artistas y arquitectos modernos, sino también como un posicionamiento intelectual que continúa teniendo relevancia actualmente».

Hanada ha planteado el museo (donde, en una superficie de 2.000 m2 se expondrán mil objetos de entre los 13.000 que contiene la colección de proyectos creados en la escuela entre 1919 y 1926), como un nítido cubo monolítico que descansa sobre una base de hormigón. Su exterior está definido por paneles horizontales de cristal opaco y una red asimétrica de finas líneas negras. El juego entre las verticales y horizontales de la fachada penetra en el interior, definido por la materialidad del hormigón desnudo, apartando al espacio del carácter de sala de museo convencional para asemejarlo más al de un taller de trabajo y alentar así una relación más directa con el visitante.

Odiosa comparación

Este nuevo edificio es ante todo comedido. Era una tarea difícil competir con el mito de la Bauhaus, y, más aún, con el ímpetu de los tiempos expresionistas e incluso cuasi-esótericos de Weimar antes de que fuese domesticada y «arquitecturizada» en los años de Dessau y, sobre todo, de Berlín. Parece que no se ha intentado competir con esta leyenda y se ha optado por un contenedor aséptico donde el espíritu enérgico de la escuela termina, cien años después, absorbido, pasivizado incluso, por la cultura oficial.

Es complejo, y seguramente estéril, pensar cómo debería ser un edificio que tradujera a una expresión contemporánea aquel espíritu de la Bauhaus, seguramente porque ese arrojo que le dio origen ha desaparecido de nuestro presente. Este nuevo museo propondrá desde hoy, de una manera fácil y didáctica, la posibilidad de conocer el legado de la escuela. Esperemos que además logre llegar a transmitir como espera, aunque sea en parte, el significado de aquella revolución cultural.