Charles Baudelaire
Charles Baudelaire
LOS LIBROS DE MI VIDA

Baudelaire y el descenso a los infiernos

Los poemas de «Las flores del mal», de Baudelaire, generaron un gran escándalo por su exaltación de la prostitución y la droga

Actualizado:

La publicación de Las flores del mal en 1857 desató una cruda polémica en Francia que forzó la censura de seis de los poemas de Charles Baudelaire, llevado a juicio por «ofensas a la moral pública y las buenas costumbres». Fue condenado a una multa de 300 francos, lo que no impidió que el libro fuera reeditado cuatro años después con la incorporación de nuevos textos.

Al leer hoy Las flores del mal resulta difícil entender el violento escándalo que la obra provocó en los círculos políticos y literarios de París, pero ello se explica al contextualizar la figura de Baudelaire, que se había forjado un aura de poeta marginal y provocador de la sociedad burguesa.

Hay en los 151 poemas que se incluyen en la versión integral póstuma de 1868, un año después de su muerte, la exaltación de la prostitución y de la droga y un rechazo de los valores morales convencionales, lo que le llevó a ser considerado como un prototipo del malditismo romántico. Ello le acerca a otros creadores contemporáneos como Rimbaud, Verlaine y, en menor medida, Mallarmé.

Los pecados capitales

Tras el fallecimiento de Baudelaire, Las flores del mal se convirtieron en el canon de la poesía simbolista, un movimiento que huía del realismo y que buscaba descifrar la esencia de las cosas mediante la exploración del lenguaje recurriendo a metáforas y asociaciones de ideas. Sus seguidores reivindicaban la imaginación frente a la razón.

Baudelaire había pensado en titular su libro Las lesbianas porque quería inicialmente que su trabajo versara sobre los pecados capitales. Pero un amigo le disuadió de la idea, aunque ello no logró evitar el escándalo. En una carta dirigida a Teófilo Gautier, con el que mantenía una estrecha amistad y al cual dedica la obra, se justifica y explica que «en las etéreas regiones de la verdadera poesía no existe el mal ni tampoco el bien».

El primer poema, que sirve de declaración de intenciones del autor, está dedicado al lector, «mi semejante, mi hermano». Queda claro su propósito cuando escribe: «¡Es el Diablo el que maneja los hilos que nos mueven!/ A los objetos repugnantes les encontramos atractivos,/ cada día descendemos un paso hacia el Infierno/ sin horror a través de las tinieblas pestilentes».

Este viaje hacia el abismo al que se refiere Baudelaire pasa por seis estaciones, que él denomina Spleen e ideal, Cuadros parisinos, El vino, Flores del mal, Rebelión y La muerte, capítulo con el que concluye el libro con un poema en el que se burla de Leopoldo I, el rey de los belgas, al que llama «cadáver recalcitrante».

Baudelaire se había visto obligado a trasladar su residencia a Bruselas para poner distancia de sus detractores, pero fracasó en su intento de ganarse la vida como crítico y conferenciante. Volvió a París en 1865, pero ya estaba gravemente enfermo. Había contraído la sífilis y padecía una hemiplejía que le dificultaba el habla.

No era el hombre que había osado fustigar el fariseísmo del régimen de Luis Napoleón Bonaparte cuando respondió a sus acusadores con este alegato: «todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian la palabra inmoralidad, me recuerdan a una puta de cinco francos que me acompañó al Louvre y que se escandalizaba ante aquellos desnudos que le parecían una indecencia».

Rechazo a cualquier autoridad

Los últimos meses de su vida los pasó en una clínica de París, atendido por su madre, con la que no había tenido una buena relación puesto que se había vuelto a casar con un militar tras la muerte de su progenitor. Baudelaire no aguantaba a su padrastro, por lo que abandonó su familia tras una estancia de cuatro años en Lyon. Esa experiencia agudizó su rebeldía y su rechazo a cualquier forma de autoridad.

Cuando en los años 70 yo paseaba por los callejones misteriosos y oscuros de la Isla de San Luis, me imaginaba a Baudelaire con la pluma en la mano y gesto concentrado tras las luces de alguna ventana del hotel Lauzun, con vistas al Sena, en el que había escrito Las flores del mal.

Hoy sigo leyendo esta extraordinaria recopilación de poemas, que ha conservado el poder hipnótico al que se refería T. S. Eliot, cuando calificaba a Baudelaire de «genio» y alababa su «virtuosismo» tras reconocer su influencia en la poesía inglesa de las primeras décadas del siglo XX. Una opinión que compartía Rimbaud, que le llamó «el rey de los poetas, su verdadero Dios». Nadie todavía ha podido quitarle la corona.