Detalle de «Psicología de un mendigo inteligente», publicado en ABC el 16 de abril de 1961 acompañando un texto de Federico Carlos Sainz de Robles
Detalle de «Psicología de un mendigo inteligente», publicado en ABC el 16 de abril de 1961 acompañando un texto de Federico Carlos Sainz de Robles - ABC
HISTORIA GRÁFICA DE ABC

Antonio Mingote, el dibujante vagabundo

El Museo ABC atesora más de 200.000 obras de unos 1.500 dibujantes, lo que lo convierte en un centro privilegiado para la Historia y la evolución del dibujo en prensa. En esta nueva sección mensual repasaremos, sin seguir criterios cronológicos, la singularidad de algunos de ellos

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Antonio Mingote (Sitges, 1919-Madrid, 2012), nombrado en 2011 Marqués de Daroca por el Rey Don Juan Carlos I, ha sido, sin duda, el dibujante que más tiempo y más continuadamente trabajó para ABC, desde aquel 19 de junio de 1953 en que apareció en el periódico su primera y ya mítica viñeta, iniciando así una cita a la que fue fiel hasta momentos antes de su fallecimiento.

Mingote y ABC fueron durante ese tiempo casi sinónimos, y el lector aguardaba su opinión dibujada, que a veces fue motivo de portada, como una suerte de editorial gráfico, aunque yo disiento un tanto de ese lugar común que atribuye al humorista de un diario un superior poder de su lápiz sobre los editoriales escritos. Que una imagen valga más que mil palabras me parece un aserto más propio de lectores perezosos que de ese ciudadano exigente al que todo medio espera encontrar.

La pequeña resistencia

El propio Mingote contó en muchas ocasiones cómo su llegada al diario se produjo a través de su amigo Paco Muñoz, para el que trabajaba en la agencia publicitaria Clarín, de la que era uno de sus directores, y que fue la persona que llevó algunos de sus dibujos a Torcuato Luca de Tena y Brunet, nieto del personaje, de igual nombre, que fundara Prensa Española. Torcuato ya conocía el quehacer de Mingote por sus apariciones en «La Codorniz» desde hacía siete años y quedó entusiasmado enseguida con la idea, tanto o más como quedó de las maneras y elegancia del personaje. Pero hubo de vencer la pequeña resistencia de su padre, Juan Ignacio, que no acababa de ver con buenos ojos que alguien ocupara el puesto que en 1933 había dejado vacante Joaquín Xaudaró. La persuasión de Guillermo Luca de Tena rindió enseguida, no obstante, la resistencia de su progenitor y así comenzó su andadura Mingote como el humorista de ABC (el mismo año, por cierto, en que abandonó la carrera militar para pasar a la reserva con el grado de capitán). Un dilema este de Xaudaró o Mingote que volvería a suscitarse cuando el grupo editorial concibió el Premio que lleva su nombre.

Como ya se sabe

De este creador, nacido en Cataluña, criado en Aragón, y habitante de Madrid desde 1944, se ha contado a estas alturas ya, y bien, casi todo. Y en lo tocante a su pasión por el dibujo, que empezó a manifestarse durante sus estudios en el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en Teruel, hemos hablado con frecuencia de las obras que envió para la página de los lectores del mítico suplemento infantil de Prensa Española «Gente Menuda», en 1932 (la primera de las cuales descubrimos durante las investigaciones de la exposición que se le dedicó a dicha publicación en el Museo ABC). Lo mismo que hemos citado esas portadas inéditas para «Blanco y Negro» con las que probó fortuna en los momentos previos al estallido de nuestra guerra incivil.

En los dibujos de Mingote prima el buen observador que era de nuestras pequeñas miserias y contradicciones

Dicha guerra, en la que combatió como voluntario en las filas del ejército de Franco, pareció por un momento que le desviaría de su auténtica vocación para convertirle en un profesional de la milicia, pero, en cuanto surgió la revista de humor « La Codorniz», volvimos a encontrarle entre los que enviaban sus trabajos a la redacción esperando la oportunidad de unirse a sus colaboradores, lo que lograría en 1946, cuando su director era Álvaro de Laiglesia.

Eso le permitió frecuentar a la mal llamada «otra generación del 27», denominación de Pedro Laín Entralgo que tuvo un origen evidentemente reivindicativo de aquellos a los que la crítica había escindido de sus compañeros en función de su ideología crítica o abiertamente opuesta a la República, pero que mantiene en su propio enunciado la segregación.

Alta dosis de absurdo

Aquel grupo de creadores (Jardiel, Neville, Tono, K-Hito, Mihura, Herreros…), hijos en cierta medida de Gómez de la Serna, seguía siendo el abanderado de unas vanguardias que los vencedores habían puesto bajo sospecha, pero que a ellos se les toleraba por su alta dosis de un absurdo que hemos tendido a vincular en demasía, no exenta de malicia, con los humoristas italianos del fascismo.

Mingote sintió siempre una gran devoción por sus obras, como quedó de manifiesto en su discurso de ingreso en la Real Academia Española en 1988, pero sus referencias como dibujante provenían, entre otros, de dos rumanos (uno, Steinberg, nacionalizado estadounidense; el otro, François, nacionalizado francés), un británico ( Searle) y un estadounidense (Addams, a cuya familia monstruosa rindió tributo con su «pareja siniestra» de «La Codorniz»), que habían desbordado las limitaciones estéticas a las que parecían abocados muchos de los experimentos que un amigo calificó hace poco como adelantados de la posmodernidad.

Tal vez por ello, y sin menoscabo de su obra posterior, he sentido siempre especial debilidad por la obra de Mingote de los años cincuenta y sesenta, en que su estilo, como le sucede a todo artista, trasluce el momento del encuentro gozoso de una personalidad estilística en la que las herencias han sido orgánicamente asimiladas.

Paladín de la tolerancia

Ahora bien, no quiero hablar aquí tanto del gran humorista ni del gran escritor que fue, ni de su condición de paladín de la tolerancia, que asomaba por igual en su vertiente costumbrista y en la más explícitamente política, lo que en un país de banderías como es España le valió a veces la etiqueta gratuita de derechista, ni de sus libros más logrados en este género: «Hombre solo» (1970) y «Hombre atónito» (1975), quintaesencia de un humanismo que no necesita de exageraciones, como las de mi respetado Luis María Anson que equiparara el primero de ellos a Zubiri y Ortega.

Sus grandes referencias como dibujante fueron los rumanos Steinberg y François, el británico Searle y el estadounidense Addams

El Mingote que acude a esta sección es el que acompañó los textos de algunos de sus colegas con dibujos que no solo iluminaban los mismos sino que le explicaban a él y a su destreza; dibujos dotados de tal autonomía que a veces los recogió luego en sus antologías humorísticas, y en los que prima el buen observador que era de nuestras pequeñas miserias y contradicciones y lo cualificado que estaba para recrear con buena dosis de empatía y misericordia nuestro pasado, de lo que dan fe volúmenes como «Historia de la gente», «Historia de Madrid» o «Historia del traje».

Y así las cosas, he escogido destacar a ese vagabundo, categoría muy diferente a la del mendigo, que Mingote, mediante un trazo de rotulador desenvuelto, nos presenta descansando a trasmano de tanto afán que a diario nos empuja de acá para allá olvidándonos del valor de nuestro tiempo.