Hitchcock, genio y figura hasta en la hoguera
Hitchcock, genio y figura hasta en la hoguera
MIS BESTIAS SAGRADAS

Alfred Hitchcock, el hombre que sabía demasiado

Pérfido y de una perfecta precisión en su cine, el director inglés consiguió crear nuevas formas de llenarnos de miedo y zozobra

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Las facciones de bebé abotargado, la sonrisa flácida o quizá displicente, los andares patosos, la voz nebulosa y como tranquilamente triste, el indefectible traje negro que apenas abarcaba su barriga y la corbata del mismo color que le oprimía su cuello de doble o triple papada. He aquí uno de los emblemas más universales de nuestra cultura. Alfred Hitchcock quizá sea (con permiso de Chaplin) el director de cine cuya efigie se ha incorporado con mayor nitidez al imaginario colectivo. Nació en Londres en 1899 y amuebló la tierra en 1980, cuando ya llevaba instalado en Estados Unidos cuarenta años. Pero, más que las fechas de su natalicio y defunción, importan las de su biografía amatoria: se casó a los 27 años (siendo todavía virgen, según confesión propia) y sobrellevó los últimos cincuenta de su vida conyugal sin incurrir en el coito. Su época de actividad sexual apenas duró, pues, cuatro años; los setenta y siete restantes los empleó en maquinar sus lujurias puramente mentales, ese universo malsano y tórridamente gélido que caracteriza su cine. Mentiríamos, sin embargo, si afirmáramos que su cine delata al reprimido o al insatisfecho; por el contrario, su alambicado erotismo está siempre recorrido de un humor entre flemático y malévolo, que convierte cualquier historia de amor en una perversa y regocijante charada.

Alfred Hitchcock fue, antes que nada, un prodigioso creador de artefactos formales. En más de una ocasión se refirió con desdén a los argumentos de sus películas; y abominaba de aquellos guionistas empeñados en solucionar los conflictos argumentales mediante palabras. Para Hitchcock, el imperio del cine era la imagen; y fue mediante imágenes de un perturbador perfeccionismo como consiguió instilarnos la zozobra, el miedo, la solidaridad con sus personajes. Lo demás, los meandros de la trama, los diálogos, eran meras excusas que se avenía a introducir para que el público no desertara de las plateas. Los espectadores más rudimentarios de las películas de Hitchcock todavía creen que la dosificación del suspense procede de lo que se nos está contando (quizá éste sea el más grandioso y falaz «MacGuffin» de cuantos diseminó en sus películas); pero lo cierto es que el suspense, en Hitchcock, siempre procede de la poesía visual que exhalan sus fotogramas, de los recursos pasmosos de montaje, de sus arrebatados y novedosísimos movimientos de cámara, de la subyugadora elocuencia que supo transmitir a las imágenes, una elocuencia que no habían poseído desde los tiempos pioneros del cine mudo y que le permitiría exceder los encorsetamientos impuestos por una trama más o menos realista o inverosímil.

Freud y Sade

Nada importan el realismo o la inverosimilitud de las películas hitchcockianas, comparados con su hipnótico dominio de los recursos formales y su obsesivo y laberíntico universo creativo, en el que concurren una cierta paranoia (de ahí sus reiteradas visitas al tema del falso culpable), una contemplación aviesa de la vida cotidiana (de ahí que en sus películas el mal siempre se agazape tras una apariencia idílica), una fascinación por los laberintos de la mente humana (de ahí sus frecuentes citas a Freud) y una sexualidad particularmente conflictiva e inquietante, en la que Sade y Sacher-Masoch parecen agitados en la misma coctelera y derramados sobre el escote de una de esas actrices rubias (Kim Novak, Grace Kelly, Tippi Hedren) cuya ropa interior Hitchcock olisqueaba en los camerinos, aprovechando alguna pausa del rodaje.

Hitchcock sabía demasiado sobre el cine, tanto que hoy sus películas (a pesar de que ya las hayamos visto decenas de veces) siguen pareciéndonos obras de un arte calculadísimo e insuperable, piezas de relojería donde el virtuosismo técnico nunca apabulla la fuerza de su universo creativo, perfumado de carnalidad y malignidades. Abarcar aquí la populosa genialidad de su filmografía se nos antoja una tarea casi tan ímproba como abarcar su barriga, pero respetando las tres etapas en que la crítica divide su trabajo –etapa inglesa, etapa americana de los años cuarenta y etapa americana posterior, en pleno dominio de sus recursos– elegiríamos tres joyas inimitables: « Alarma en el expreso», quizá la mejor intriga ferroviaria que se haya filmado nunca; « Encadenados», donde la complejidad estilística de la puesta en escena sólo es igualada por el talento interpretativo de Cary Grant; y, ya por último, « Vértigo», el más bello poema mortuorio en imágenes, la más atormentada y necrófila recreación del mito de Pigmalión jamás urdida.

Son sólo tres joyas engastadas en una diadema sublime sin interrupción. Nada más acabarlas, Hitchcock urgía a sus productores para que se las estrenasen, y así poder iniciar otras con el dinero recaudado. Ni siquiera le quedaba tiempo, entre película y película, para infringir el sexto mandamiento; de esta continencia, de la que luego se vengaba imaginariamente haciendo perrerías a sus actrices favoritas, nos hemos aprovechado todos, disfrutando de un cine donde se subliman todas las infracciones que no cometió.