Miguel Ángel Blanco durante el montaje de «Historias Naturales» en el Museo del Prado
Miguel Ángel Blanco durante el montaje de «Historias Naturales» en el Museo del Prado - JosÉ ramón ladra
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Miguel Ángel Blanco: «El Museo del Prado es el Amazonas del arte»

Prepárese a ver el Museo del Prado como nunca antes. Un artista contemporáneo y vinculado a la Naturaleza como Miguel Ángel Blanco trabaja con algunas de sus obras maestras para rememorar su pasado como Museo de Ciencias Naturales

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Un 19 de noviembre de 1819, el edificio proyectado por Villanueva en Madrid y que hoy conocemos como «Museo de El Prado» abrió sus puertas como Real Gabinete de Historia Natural. Casi 200 años después, un artista contemporáneo, Miguel Ángel Blanco (1958) rememora ese pasado con 22 intervenciones en las que las grandes obras de la pinacoteca dialogan con piezas procedentes del Museo Nacional de Ciencias Naturales, el Jardín Botánico, el Museo de la Farmacia y el Museo de Minas. El resultado, una única pieza de Blanco (un hombre que ha trabajado siempre «a pie de montaña», alejado del mercado y las galerías), que invita a pasear por El Prado como por un paisaje artístico-científico y mirar con otros ojos los tesoros que alberga.

«Historias naturales» es el título. ¿Cómo ha sido posible algo así?

El proyecto supone la transfiguración del museo. En sus 200 años de Historia no se ha realizado tal movilización de obras, de personal, haciéndolo todo con el centro cerrado porque tenía que seguir funcionando. Esa complejidad demuestra la implicación que ha tenido El Prado conmigo y el apoyo principal de Miguel Zugaza, un director con visión creativa. He estado tres años preparándolo, rastreando en sus colecciones y en los almacenes de los museos que intervienen, y buscando qué señales o gritos de Naturaleza emiten las esculturas o cuadros que atesora El Prado.

«Son muchos los frentes abiertos: uno de ellos, hacer un producto español, orquestado por un español»Supongo que cuando venía anteriormente como visitante ya tenía obras-fetiche.

Una de ellas es «El paso de la laguna Estigia», de Patinir, uno de los grandes paisajes de la Historia del Arte. Ahora he tenido el privilegio de hacer intervenciones en obras que me han influido como creador. Ahí está también la «Historia de Nastagio degli Onesti», de Botticelli, que tiene una referencia forestal muy fuerte para mí como artista del bosque que soy, y con la que he conseguido comunicarme a través de unos troncos de madera fosilizados que anteceden como un bosque al que figura en la imagen.

En 2006, hizo algo similar en La Casa Encendida con obras de autores del siglo XIX. ¿Fue eso el soporte para empezar a moverse aquí?

Mi obra nace en el corazón del valle de la Fuenfría, en la sierra madrileña. Allí ya tuve la oportunidad de dialogar con Carlos Haes, con Martín Rico, con todos los primeros paisajistas que van a la montaña a pintar del natural pasando calamidades. Cuando José Guirao, director de La Casa Encendida, me ofreció hacer una exposición de mi obra yo le propuse un diálogo como este. Y en esa exposición ya tengo el primer contacto con El Prado, porque hay un cuadro de Rico que se me presta para incluirlo entonces en esa cita.

Han sido tres años de trabajo.

Mi labor me facilita tener ahora buenas relaciones con conservardores de uno y otro bando, científicos e historiadores del arte. Me los he ganado. Y eso ha supuesto que desde el minuto uno que les enseñas el proyecto hayan estado ilusionados, fascinados, sin poner ninguna traba, como cuando he situado un gorrión albino en «Las Meninas», obra maestra de la Historia del Arte. ¡Fíjate qué momento para un artista!

Lo que ha dejado claro desde el principio es que esto no es un gabinete del pasado.

No he querido nunca evocar cómo podría haber sido el gabinete de historia natural que se plantearon Pedro Franco Dávila, su primer director, y Carlos III, su promotor. Eso es imposible y hasta absurdo. La idea ha sido generar un nuevo gabinete y de futuro, que nace de la interrelación entre dos tipos de obra muy diferentes. Estas son intervenciones artísticas, acciones propias del arte contemporáneo. Algunas más tranquilas, otras más efectistas. Pero en Centroeuropa estos diálogos son más que naturales. La Historia Natural vuelve allí con fuerza y entra en grandes colecciones privadas. Y son muchos los frentes abiertos en esta exposición. Uno de ellos es el de hacer una cita exclusivamente con fondos españoles y orquestados por un artista español.

«Son 22 intervenciones que tocan todos los reinos de la Naturaleza por las 3 plantas del edificio»El proceso de investigación le habrá llevado tanto a los depósitos de El Museo del Prado como del Museo de Ciencias Naturales. ¿Qué joyas ha encontrado?

En El Prado hice una expedición en busca de tortugas. Encontré así un retrato de Pedro Juan Tapia titulado «Tortuga laúd» (1597), que estuvo en el Gabinete de Maravillas de Felipe II. Es una joya, que está en los almacenes, y que si no fuera por esto nunca se habría visto. También he recuperado el «Orfeo y los animales», de Padovanino, con la representación de un unicornio, junto al que coloqué un diente de narval. Y tengo que mencionar un cuadro externo que he querido que estuviera aquí. Una obra de una osa hormiguera que los historiadores aún no saben a quién atribuir, si a Mengs o Goya, del Museo de Ciencias Naturales, que he situado frente a los «Cartones» del segundo.

En total son 22 intervenciones.

En estos tres años ha habido un proceso alquímico de destilación que termina en una precipitación final con 22 intervenciones que tocan todos los reinos de la Naturaleza y que se esparcen por las tres plantas del edificio. Cada una tiene su sello, a veces poético (la posibilidad de sentir las primeras efectos del Diluvio a través de una obra de Bassano y los fósiles de unas gotas de lluvia), otras de impacto visual más fuerte (como el Toro de Veragua, que se enfrenta al que rapta a Europa pintado por Rubens, pero que tan bien dialoga con el resto de desnudos del pintor, que parece que se ruborizan con su irrupción)... Cada una te mete en un mundo particular. Tienes que recorrerte el museo, lo que obliga a redescubrir la pinacoteca. Y eso, para mí, debería ser una asignatura obligatoria en el colegio. El Museo del Prado es el Amazonas del arte.

De las 150 obras seleccionadas, una es suya.

Mi obra es como la firma del proyecto. Siempre me he vinculado con artistas que han tratado el paisaje. En El Prado no es que abunde este género, por eso es la secuencia del paisaje nórdico que conforman Lucas van Valckenborch, Cornelis Massys y Cornelis van Dalem donde respiro el aire de mis paseos por la Naturaleza. Por eso sitúo aquí mi «Libro-Caja 1072» (el titulado «Bosque negro»), que nace de una expedición a un acantilado en el Parque Natural de Aigüestortes y el Lago San Mauricio.

«¡Qué momento para un artista poder intervenir una obra maestra como “Las Meninas”!»Se atreve con grandes como Goya o El Bosco. ¿Qué le han contado estos clásicos?

Todas son obras maestras. Eso significa que también te la estás jugando. Y por eso casi pedía permiso a los artistas explicándoles lo que les traía, para notar al instante si estaban de acuerdo o no.

¿No le ha reñido ninguno?

Todos estaban encantados. Pero siempre ha habido un respeto máximo. Esta es una exposición muy seria, en la que nunca he buscado ni una gracia, ni una tontería, y con el lujo de seleccionar desde la excelencia.