«Nacimiento de Venus», de Alexandre Cabanel
«Nacimiento de Venus», de Alexandre Cabanel - MUSEO D'ORSAY, PARÍS

Las últimas pinceladas de la pintura académica, en la Fundación Mapfre

Bajo el título «El canto del cisne», la exposición revisa, hasta el 3 de mayo, los Salones de París del siglo XIX a través de 80 obras del Museo d’Orsay

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El Salón de París –la exposición de arte oficial de la Academia de Bellas Artes de la capital francesa– fue, durante los siglos XVIII y XIX, lo que la Bienal de Venecia o Art Basel hoy: el escaparate del mundo del arte, el que marcaba los gustos y las modas que se imponían en el mercado y, por tanto, el que decidía qué artistas triunfaban y cuáles no. A mediados del XIX, el Estado hacía allí sus principales adquisiciones, nace la figura del crítico de ar te y el público visita los museos. Las reglas del nuevo mercado del arte quedan fijadas.

¿Qué pintura se exponía en el Salón de París en el XIX? Ochenta de ellas cuelgan en las salas de exposiciones de la Fundación Mapfre (Paseo de Recoletos, 23): se muestran desde mañana hasta el 3 de mayo. No solo está lo que triunfó, también los cuadros que no lo hicieron. Todas las obras expuestas proceden del Museo d’Orsay de París, que mantiene desde hace unos años una estrecha colaboración con esta institución. Los comisarios del proyecto, Guy Cogeval, presidente del museo parisino, y Pablo Jiménez, director del área de cultura de la Fundación Mapfre, junto a Côme Fabre, comisario científico, han concebido este proyecto bajo el título «El canto del cisne». Un paseo por las pinturas académicas que colgaban en aquellos Salones desde mediados del XIX hasta el estallido de la I Guerra Mundial. Contra ellas nacieron el impresionismo y todas las vanguardias que llegaron después.

Esta pintura académica se plantea cómo mantener viva la tradición pictórica, pero con una relectura moderna, bajándola a la realidad de una sociedad en evolución. «Es el final de un canon: hasta aquí prima la belleza. Con las vanguardias será la libertad», advierte Pablo Jiménez. Se mantienen los mismos géneros y temas de antaño (el desnudo, la pintura de historia, la religiosa y mitológica), pero con matices muy distintos. Así, el frío marmóreo de los desnudos del XVIII se torna en carnosidad y erotismo. Hay al comienzo de la exposición una sala de bellísimos desnudos. El cuerpo humano ya no es solo la forma de plasmar la belleza, también la manera de contar historias.

Puro cine

La moralidad con que se había pintado hasta entonces la Antigüedad deja paso a los asuntos cotidianos. Se pinta Grecia, pero con una pelea de gallos, como hizo Gérôme. Se pinta Roma, pero su parte más decadente, como vemos en «La peste en Roma», de Delaunay. La Historia ya no se ve solo como algo ejemplar: están los héroes, pero también los derrotados. Como ese Napoléon, casi en retirada, del icónico cuadro «Campaña de Francia», de Meissonier.

Características de estas pinturas académicas son sus grandes formatos, su mirada a las leyendas medievales, su iconografía romántica... Además, son muy cinematográficas. Todo ello está presente en lienzos como «La muerte de Francesca de Rímini y de Paolo Malatesta», de Cabanel; «La excomunión de Roberto II el Piadoso», de Laurens, y «¡La Doncella!», de Frank Craig, una exaltación de la nueva heroína francesa, Juana de Arco. Son puro cine.

El recorrido continúa con una estupenda galería de retratos. La burguesía y la nobleza quieren ser inmortalizadas por los grandes artistas del momento: Madame de Loynes, los marqueses de Miramon... Pero también los escritores. Se exhibe el genial «Retrato de Víctor Hugo», pintado como un Homero moderno por Léon Bonnat. Es su imagen más iconográfica, que casi se convirtió en un símbolo republicano. El cuadro impactó a Van Gogh. También cuelga en la muestra un retrato de Proust, obra de Jacques-Emile Blanche. La pintura académica del XIX reinventa el género de la pintura religiosa –queda vacía de significado– y dirige su mirada al orientalismo. Cierran la exposición «Las oréades», de Bouguereau, y «Las bañistas», de Renoir. Con el primero se entona el canto del cisne de la tradición pictórica. Pero Renoir, de vuelta de su aventura impresionista, vuelve su mirada al clasicismo. Como también haría Picasso y otros muchos puntales de la vanguardia. La tradición nunca murió.