Algunos niños tienen que convivir con la violencia machista en casa
Algunos niños tienen que convivir con la violencia machista en casa - ABC.ES

Violencia machistaCuando el malo es papá

En más de la mitad de los hogares españoles en los que un hombre pega a una mujer hay niños, que en el 73,5% de los casos ven o escuchan las agresiones

MadridActualizado:

«Hoy es el día, vámonos». Cinco palabras son suficientes para abrir la ruta que lleva al final de una pesadilla, al menos en el caso de Exdra Noguera, una niña que ahora es mujer y que aún recuerda cómo su madre la despertó una mañana, junto a sus dos hermanas, para decirle que era el momento de irse de casa, que ya no iban a aguantar más. Ahora tiene 33 años, entonces rondaba los 18 y, según confiesa, durante su infancia la violencia machista era una más en su casa al caer la noche, justo cuando su padre entraba por la puerta.

La víctima principal era su madre, quien sufrió durante años maltrato psicológico, económico y también físico, aunque éste último sólo en ocasiones puntuales, como indica Noguera, quien admite que ella también «se llevaba los palos, por ser la mayor e intentar oponerse». Esto no es nuevo y hoy tiene su réplica en multitud de hogares españoles donde los niños, aunque la ley solamente lo estime así desde hace unos meses, se convierten en víctimas —aunque tampoco les peguen directamente— de un problema que no han provocado, les angustia y que, la mayoría de veces, no entienden.

«Un día normal en mi casa estaba bien, éramos tres niñas y jugábamos mucho. Además mi madre estaba mucho con nosotras», rememora Noguera, quien hace un inciso para subrayar que la jornada cambiaba cuando aparecía su padre: «Solíamos acostarnos antes de que llegara o nos escondíamos en la habitación». Esta era su estrategia para minimizar el golpe que supone para un niño afrontar que hay problemas graves entre su padre y su madre, las dos primeras figuras de referencia para cualquier persona. Los niños viven en «una ambivalencia constante», explica Diana Díaz, psicóloga y subdirectora del teléfono de la Fundación Anar, que se dedica a atender las necesidades de menores que sufren estas situaciones a través del 900202010, un número gratuito que no deja rastro.

Dos caras

Al hablar de esta ambivalencia, la psicóloga se refiere a que los menores víctimas de violencia de género «no saben dónde posicionarse», porque apoyar a una parte o a otra entre dos personas que quieres supone crear «un conflicto de lealtades con el que se va a traicionar a uno de los dos», subraya, una ambivalencia que, como advierte Yolanda Trigueros, psicóloga experta en violencia de la Fundación Aspacia, también identifican los menores en la figura del padre.

«Si papá sólo fuera malo, si sólo fuera un hombre que pega a mi madre, me pega o nos insulta, sería muy fácil no quererle», ejemplifica la especialista, quien manifiesta que este problema se agudiza cuando, al día siguiente, «papá me cuida, me sonríe o me da un regalo».

«Le pedí a mi madre que nos fuéramos y recuerdo que me acarició y que se le saltaron las lágrimas»

Noguera admite que no tuvo dudas. «Yo siempre, cuando ya tuve razonamiento, le dije (a mi madre) que esto no era normal, que eso no era un padre», comenta la mujer, quien admite que una vez incluso llegó a ponerse de rodillas frente a su madre para pedirle que cortara con aquello. «Le pedí que nos fuéramos, recuerdo que me acarició y que se le saltaron las lágrimas», rememora.

Ese día no se fueron de casa, su madre aguantó un tiempo más y por ende, Exdra y sus hermanas. «Aguanta, todo pasará», le dijo su madre, quien no se atrevió a dar el paso antes por falta de protección. «Me decía que a dónde iba a ir ella con tres hijas, le faltaban apoyos», lamenta Noguera, quien siguió presenciando los malos tratos: «Todas las noches escuchábamos las broncas, todo, a él le daba igual».

En cifras

Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2015, que elabora la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género en colaboración con el CIS, lo que padeció Noguera en su día sigue ocurriendo. Concretamente, en el 52,2% de los hogares en los que una mujer ha sido víctima de violencia física en el último año había menores, que presenciaron o escucharon estos episodios violentos en el 73,5% de las ocasiones. Estas cifras dejan a las claras que si una mujer sufre malos tratos, es muy probable que un menor también sea víctima.

«No hay nada más terrible que escuchar cómo están agrediendo a tu madre y es todavía mucho peor si lo hace tu padre», sostiene Trigueros, quien avisa de que la imaginación de los niños, al no ver exactamente lo que está pasando, «es terrible». Precisamente Noguera recuerda el día en el que la violencia ejercida por su padre contra su madre alcanzó su cenit. «Me acuerdo perfectamente que mi madre le dijo de separarse para ser mejores padres. Él se levantó y la cogió por el cuello, la estaba ahogando. Entonces nosotras, que estábamos en la habitación, salimos al pasillo, nos vio y la soltó», evoca Noguera, quien es consciente de que, si no hubieran aparecido, es posible que su madre «no estuviera hoy aquí».

Consecuencias

Escuchar discusiones o ver a tu madre con un ojo morado no es la mejor forma de pasar la infancia y tiene unas consecuencias, como explica Julia Sebastián, psicóloga clínica especialista en violencia de género y profesora de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). «En general se habla de cuatro tipos: problemas escolares, alteraciones en el desarrollo afectivo y emocional, problemas de socialización y síntomas psicopatológicos», sintetiza la experta, quien enumera que aspectos como el miedo, la ansiedad o problemas del sueño pueden ser algunas de las manifestaciones más evidentes de que un niño está siendo víctima de esta violencia.

Mal rendimiento escolar o dificultades para relacionarse pueden ser algunas consecuencias
Mal rendimiento escolar o dificultades para relacionarse pueden ser algunas consecuencias- ABC.ES

Además hay otra consecuencia más preocupante y menos evidente, al menos en los primeros años: la transmisión intergeneracional de la violencia, es decir, que un niño o una niña que ha visto a su padre maltratar a su madre pueda imitar ese rol en un futuro. En este sentido, Jesús Maeztu, Defensor del Menor de Andalucía, explica que «un niño que convive en un hogar violento aprende e interioriza unas creencias y modelos de conductas negativos en los que la desigualdad de género y la violencia son los principales protagonistas, y unos instrumentos válidos para la resolución de conflictos».

«Los agresores entienden que el mayor dolor que le pueden causar a la mujer es matar a sus hijos»

«No creo que sea bueno asegurar que un niño que ha sido víctima de violencia de género tenga que repetir esa conducta», defiende Carmela del Moral, analista jurídica de derechos de la infancia en Save the Children, una postura que comparte la mayoría de expertos consultados por ABC. Sin embargo, Sebastián reconoce que «sí hay una tendencia o facilitación» para que esto ocurra, aunque subraya que «hay casos de todo tipo», por lo que no conviene generalizar.

La peor consecuencia, evidentemente, es la muerte del menor que se produce porque el agresor utiliza a los hijos como un elemento para debilitar a la madre. «Entienden (los agresores) que el mayor dolor que le pueden causar a la mujer es matar a sus hijos», confirma la psicóloga de la UAM.

El después

Noguera, que reconoce haber recibido amenazas de muerte por parte de su padre, igual que sus hermanas y su madre, también admite que para superar estas vivencias acudió a un psicólogo, algo que los especialistas consideran fundamental entre los niños víctimas de violencia de género para que las consecuencias sean menores o incluso no cristalicen nunca.

«Ese miedo se te queda, todo lo que pasa en tu vida te deja huella. No estoy traumatizada, lo he superado, pero lo que has vivido, lo has vivido», confiesa esta mujer que, acto seguido y junto a su madre se lanzó a ayudar a otras mujeres y niños en la misma situación.

Por eso fundaron la Asociación Miriadas que, como subraya orgullosa, «ha ayudado a más de 900 mujeres y niños» a superar una situación en la que, aunque las mujeres sean las más perjudicadas, los menores son la pieza más frágil e indefensa. «En un momento de lucidez, las mujeres pueden decidir irse o quedarse, pero los niños no, yo me quería ir pero no podía, te ves atrapado en un mundo del que no puedes salir», recuerda Noguera, quien ha preferido dar su nombre verdadero en estas líneas pese a la dureza de lo que ha vivido y aunque su padre, con quien no guarda relación después del maltrato, está en la calle.

«No, no importa, pon el nombre», repite varias veces quien ayer fue una niña maltratada y que, a día de hoy, lo tiene muy claro: «Ya hace muchos años que descubrí que yo no era la culpable, en todo caso será él quien tenga que agachar la cabeza». Porque los niños, aunque en estos casos sea habitual que intenten inculparse para que papá no pegue a mamá, no tienen la culpa de nada.