Casa Pérez Villaamil: El capricho de un visionario
La fachada, situada en el número 12 de la plaza de Matute - abc

Casa Pérez Villaamil: El capricho de un visionario

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Son unos privilegiados. Siempre han sabido que viven en un edificio muy especial: una joya de la arquitectura, un placer para la vista y los sentidos que, además, se encuentra en pleno centro de la capital. Tanto es así, que la Comunidad de Madrid lo declaró el pasado 13 de junio Bien de Interés Cultural (BIC) en calidad de monumento, lo que significa que cuenta con el mayor grado de protección urbanística. Con ello, se preserva este bello inmueble de características singulares.

La Casa de Pérez Villaamil (1906-1908) es uno de los escasísimos ejemplos del modernismo existentes en la capital, en contra de lo que sucede en Barcelona. Es el segundo, después del Palacio de Longoria, convertido desde 1950 en la Sociedad General de Autores de España (SGAE) y, también, el segundo en antigüedad. Está situada en el barrio de las Letras, en el número 12 de la plaza de Matute.

Lo más característico del edificio es que siempre ha estado destinado a viviendas. Su construcción se debió al capricho del ingeniero Enrique Pérez Villaamil, nieto del pintor romántico ferrolense Jerónimo, quien se reservó la última planta, además del ático, para su residencia privada. «Se accedía de una a otra por una escalera interior ya desaparecida, constituyendo una especie de dúplex, algo inusual entonces», explicaron desde Cultura.

Modelo único

El encargo lo materializó el arquitecto Eduardo Reynals y Toledo (1888-1916), un visionario, que introdujo el modernismo en Madrid, junto a José Grases Riera (SGAE). Reynals eligió el estilo art nouveau -la tendencia franco-belga de este estilo de finales del XIX y principios del XX-, y por la gran calidad de su obra, se puede comparar a otros ejemplos destacados del modernismo europeo.

Con cuatro pisos y bajo, «en los otros dos vivió Enrique y su dos hijos», aseguró a ABC una vecina. «Hay una vivienda por planta, más un local comercial, y cada casa tiene unos 260 metros cuadrados. En alguna ocasión, han venido a nivel particular, miembros de la Escuela de Arquitectura», indica, además de agregar que están exentos del pago del IBI.

El inmueble llama la atención de los turistas más observadores y de los viandantes que transitan por la vía, emplazada entre Atocha y Huertas. Se paran frente a ella tratando de escudriñar los detalles de esta particular edificación llamada a convertirse en lugar de visita obligada comparable a La Pedrera o la Casa Batlló, de la que muy pocos conocían su existencia.

La finca mantiene la coherencia en su diseño interior y exterior y en su concepción integral aúna las artes decorativas con las industrias artísticas. Por fuera ya da muestras de su estilo en su alzado y en los motivos vegetales y la forma redondeada y asimétrica de los balcones.

El enrejado de la puerta principal es la antesala del interior en el que destacan los frescos con motivos florales de las paredes, las magníficas vidrieras y el exquisito forjado de vigas y farolas que iluminan cada planta. Y todo ello, hecho por las manos más exquisitas de los artistas de la época. El escultor Salvador Llongarríu aplicó la decoración floral en base a la arquitectura; el herrero José García Nieto se encargó de la forja artística mientras que el ebanista, Antonio Maldonado, hizo los trabajos de carpintería.

Su colección de vidrieras se pueden considerar como la mejor de Madrid en lo que a edificios se refiere. Aparecen en la caja de las escaleras, ventanales, mamparas, puertas... Fabricadas por la Casa Maumejean-La Vidriera artística, constituyen uno de los conjuntos más completos del modernismo español. Reproducen escenas bucólicas y alegorías de las estaciones, diferenciando espacios, incluso los infantiles. Esta casa única, en muy buen estado de conservación, a partir de ser BIC podrá contar con la ayuda de las administraciones. En ella ha desaparecido el ascensor original, y el farol de la entrada y la placa del seguro de incendios, que fueron robados.