lunes 21 de agosto de 2006
Valoración:
Por JUAN MANUEL DE PRADA

ESTIMADO señor Director de ABC: Procuraré que la cólera no encrespe estas líneas, como ya encrespara mi natural pacífico cuando leí la muy marrullera transcripción que este periódico hacía de la carta enviada a su atención por el ilustre escritor don Suso de Toro , a quien usted llamaba en una Tercera, entre otras lindezas, «intelectual orgánico», «sectario», «maniqueo», «libelista» y «calumniador», que es como llamar gorda a Teresa de Calcuta. No entraré a juzgar aquí epítetos tan erráticos y calenturientos, pues las prendas de don Suso, paradigma de intelectual probo, mesurado y refractario a las carantoñas del poder, se bastan para refutarlos. Pero no es el motivo de esta carta censurar los excesos de su artículo, sino denunciar las arteras manipulaciones que usted introdujo en la carta remitida por don Suso, con el inequívoco y pérfido propósito de hacerlo pasar ante los lectores de su periódico como un analfabeto con charreteras y entorchados, cuando el mencionado escritor se cuenta entre los más preclaros de nuestra literatura, como demuestra el hecho de que nuestro Excelentísimo y Eximio Extratega lo haya elegido como lectura de cabecera.
Empecé a sospechar la trapisonda cuando sorprendí en la carta de don Suso un «sí», adverbio de afirmación, convertido en un «si», conjunción condicional. Pero presumí que, en la transcripción presurosa, alguien habría afeitado la tilde por negligencia. Más chocante me resultó el desprecio olímpico que la susodicha carta mostraba hacia los signos de puntuación, desliz que en modo alguno puede atribuirse a don Suso, cuya prosodia es tan lúcida y límpida como su pensamiento. Pero en aquella carta las tildes parecía que hubiesen salido de verbena, como queda patente en el párrafo que a continuación reproduzco (en el que también detectamos, por cierto, un error de concordancia): «Creo que su interpretación de un artículo mío, publicado recientemente en otra cabecera madrileña, peca de un apasionamiento y un subjetivismo excesivo (sic), por algún motivo le ha cegado la pasión, y que comentarios coetáneos o posteriores de columnistas en estas mismas páginas son puramente denigratorios, sólo expresan una animadversión que no creo justificar». Leyendo tan desconcertado batiburrillo, indigno del gacetillero más remolón, deduje que usted -sí, usted, señor Zarzalejos-había saboteado taimadamente la carta de don Suso. Impresión que enseguida ratifiqué cuando la descubrí infestada de solecismos que atentaban contra los regímenes verbales transitivos. «Yo denuncio a (sic) los intereses», leíamos en cierto pasaje; y más adelante: «Estoy dispuesto a contestar a (sic) sus amables preguntas». Tamaño desaguisado no puede imputarse a don Suso, pues sería tanto como reconocer que ignora los rudimentos de la sintaxis; fue usted -sí, usted, señor Zarzalejos, no se haga el longui- quien deslizó errores tan garrafales, para desprestigiar a quien se ha ganado la fama con sus pulgares, sin necesidad de subirse a la ola de chapapote del oportunismo.
Pero los malvados acaban delatándose. Y usted -sí, usted, señor Zarzalejos, acabemos de una vez con la farsa-, no contento con pintar a don Suso con los chafarrinones de la incuria gramatical, quiso también añadirle el aderezo de la inmodestia, colando una morcilla abyecta. «Su periódico ha dedicado mucha atención estos días a mi persona, o a mi figura», comienza la carta publicada en este periódico. Y, puesto que por «figura» don Suso no puede referirse a su silueta (aunque bien gallardo es el mozo), hemos de entender tal vocablo en su acepción figurada: «Persona que destaca en determinada actividad». Pretender que los lectores de su periódico nos traguemos que don Suso, tan humilde y enemigo de figureos, se retrate como un soberbio que habla de sí mismo en términos tan endiosados, delata su catadura, señor Zarzalejos. Lo exhorto a que reconozca que manipuló la carta de don Suso, repartiendo a voleo puntos y comas, introduciendo anacolutos y morcillas de muy diverso grosor, si no quiere que su acción ingrese en los anales de la infamia. De derechas tenía usted que ser, señor Zarzalejos.

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