El filósofo Fernando Savater
El filósofo Fernando Savater - Ignacio Gil

Fernando Savater: «Aún hay idiotas que dicen eso de “toda bandera me repugna”»

El escritor presenta «Contra el separatismo», un libro que canta las bondades de la unidad frente al deseo nacionalista de la independencia

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Lo último de Fernando Savater (San Sebastián, 1947) es un panfleto, un instrumento al servicio de los tiempos que vivimos. «Contra el separatismo» (Ariel) aborda la cuestión catalana desde el dardo, unas veces irónico, otras demasiado triste, pero siempre cargado de argumentos. El libro, en efecto, es breve como una punzada: sigue aquel consejo de Nietzsche que decía que en los temas trascendentes hay que meterse como en el agua fría, solo entrar y salir. Y ahí no hay tiempo para los rodeos ni para perderse en disquisiciones semánticas. Su postura es clara: «El separatismo es el verdadero problema que ha tenido España desde la llegada de la democracia».

«Esto es un panfleto», señala en el arranque del libro. ¿No está el ambiente para sesudos ensayos sobre el separatismo?

El tema no es para sesudos ensayos. Además, no se puede pedir a cada ciudadano que haga un curso de filosofía política sobre autodeterminación y colonialismo cuando lo que se trata es de defender lo suyo: su país, su ciudadanía. Hay que tener una argumentación fácil, al alcance de la mayoría de la gente. Este libro es un instrumento al servicio del momento, nada más.

¿Cómo ve hoy el estado de la cuestión catalana?

Mejor, evidentemente. El 155 es parte de la solución, pero no puede resolver mágicamente todo el asunto. Primero, porque esto viene de atrás e intervienen cosas como la educación y los medios de comunicación. Mientras no acabemos con las causas vamos a tener los mismos efectos. Quien piensa que con el 155 y las próximas elecciones ya se ha resuelto todo y podemos continuar igual que antes se equivoca.

¿Por dónde pierde fuerza el separatismo?

Hay un acontecimiento muy importante: el descubrimiento de que Cataluña ha sido y es la autonomía española peor administrada, con mayor deuda hacia el Estado –70.000 millones de euros– y con un fraude extraordinario como el famoso tres por ciento o los latrocinios de los Pujol. El descubrimiento de todo eso es el final del sueño del oasis perfecto catalán, con su glamour y tranquilidad por encima de la turbulenta España.

Pero al respecto describe una población que se mueve bajo el lema de «la verdad nos haría libres pero preferimos la mentira porque nos hará independientes».

La sociedad prefiere la mentira mientras no recibe más que mentiras. Hay que mostrarle las realidades y enseñarle que la verdad no desaparece porque uno se empeñe en mirar para otro lado. Sí, hoy por hoy, hay mucha gente que se ampara en mentiras, pero porque eso parece que funciona. Si se demuestra que no es así, que la verdad sigue existiendo, que pueden proclamar la república las veces que quieran, que la república como tal no aparece y que lo que sí hay son elecciones autonómicas en el horizonte… Entonces, a fuerza de decepcionarse con las soluciones falsas, terminan aceptándose las verdades.

¿A qué libros acude para entender este embrollo?

Leo sobre cualquier cosa menos sobre este embrollo. Bastante tengo con leerme los periódicos y seguir la actualidad, los acontecimientos cada vez más pintorescos. Hay que reconocerlo: no hay culebrón ni serie en la televisión con tantos cambios, golpes de efecto y emociones como este. Fuera de eso, leo sobre otros temas. Quiero cultivarme un poco en lo que me queda ya de vida. No quiero perjudicar mi mente pensando en estas cosas tan disparatadas.

Dice que lo del separatismo viene de lejos, que para empezar en España existe una falta de igualdad ante la ley con los denominados «derechos históricos». ¿Qué más taras tenemos como Estado contra la unidad?

La superstición política más dañina que hay en España es creer que son los territorios los que dan la ciudadanía y no el Estado. Eso es un mal que viene de antes de la Guerra Civil. La gente cree que existen las regiones, que existe Andalucía, Galicia y el País Vasco. En cambio, sobre España piensan que es algo más dudoso. Se creen que hay ciudadanías como la gallega o la vasca, pero que haya españoles es más sospechoso. Esta superstición es de lo más negativo y lo peor que puede sufrir un país: pone en cuestión su funcionamiento e impide su regeneración.

Más allá de la identidad, sobre la que tiene sus reservas, ¿en qué debe sustentarse un país?

En el derecho, en las leyes, en la convicción de que la ciudadanía no es algo que provenga de la tierra ni de la tradición, sino del Estado.

En uno de los artículos que recoge el libro carga contra los intelectuales que no se han pronunciado o no han dicho más que naderías.

Los intelectuales, la gente más representativa dentro del mundo de la cultura, son una fuerza que el país necesita. Son el espejo moral e intelectual que tenemos. La verdad es que el rostro que se ve en ese espejo no es nada bueno: o bien no han hecho absolutamente nada o bien se han limitado a decir «no, no, esto no, ¡hay que llevarse bien!». Son cosas que no llevan a ninguna parte.

¿No han estado a la altura?

Ni mucho menos. Solo algunos han estado bien. Pero ocurrió lo mismo en el País Vasco. El verdadero problema que ha tenido España desde la llegada democracia ha sido el separatismo, el radicalismo extremo. Y los intelectuales, salvo raras excepciones, o no han dicho nada, o han dicho cualquier vulgaridad, o se han preocupado más por protegerse a sí mismos que por tomar una posición clara y comprensible para los demás.

Como si tuvieran miedo de la bandera.

En ese sentido la mayoría de la gente se porta mucho mejor. Aunque todavía hay idiotas que siguen diciendo eso de «todas las banderas me disgustan» o «toda bandera me repugna». Ante todos los conflictos cívicos que no saben afrontar o no saben resolver quieren ponerse por encima del reto. Pero están por debajo. La gente es mucho más natural: acepta su bandera, acepta su país. Es lo que han mostrado las dos manifestaciones que ha habido en Cataluña. Eso revela mucha más altura cívica que la que se encuentra en el 90% de los manifiestos y manifestaciones de los intelectuales.

En una de sus estocadas satíricas menciona que asistimos a una competición de disparates para ver quién dice la mayor barbaridad sobre Cataluña. ¿Quién va ganando por ahora?

Yo diría más bien que todos somos perdedores. En ese conflicto de bobadas y de tópicos todos perdemos. El más tonto que que conozco es ese que se dijo en su momento de que era un gran error, una imprudencia, encarcelar a una serie de políticos. Y se ha revelado como mano de santo. Eso de que la cárcel es una medida extrema y de crueldad máxima… Pues no: es una medida que tiene una gran dimensión pedagógica para indicar que el Estado va en serio, que no va a detenerse ante unas recomendaciones cariñosas, como quieren algunos.

Hablando de estocadas... ¿Volverán los toros a Cataluña?

Me conformo con que vuelvan los españoles. Quiero que vuelva el Estado de las libertades, la ciudadanía plena y que Cataluña deje de estar secuestrada por los nacionalistas.