Rilke (a la derecha) con el marchante Werner Reinhart y la violinista Alma Moodie en Sion (Suiza), en 1923
Rilke (a la derecha) con el marchante Werner Reinhart y la violinista Alma Moodie en Sion (Suiza), en 1923
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Rosas blancas en Rarogne

Decidido a seguir los pasos de la vida de Rilke, Wiesenthal ofrece en «El vidente y lo oculto» la biografía de un antimoderno escrita por otro antimoderno. Un mordaz ajuste de cuentas

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La biografía de Rilke firmada por Wiesenthal es como una prolongación de sus «Fragmentos» o de «El esnobismo de las golondrinas», y por lo tanto una prolongación de sus propias memorias y de sí mismo. Porque Wiesenthal es de los que han visitado a Rilke en Rarogne, a donde le ha llevado rosas blancas, y de los que han estado en Duino, Worpswede, Capri, Ronda, la finca de Tolstói… y en todos y cada uno de los lugares de la vida de Rilke, y además es poeta como él, viajero como él y hay quien dice que hasta se parece a él. ¿Una suerte de mezcla entre biografía y digresión autorreflexiva, entonces?

En cualquier caso, lejos de ser una biografía al uso, llena de sesudas digresiones filológicas o filosóficas y con un análisis académico del corpus poético, la obra de Wiesenthal es un acercamiento personalísimo y subjetivo hasta decir basta. Sólo es cuestión de saber si está uno dispuesto a seguir los pasos de la vida de Rilke llevando al lado a Mauricio Wiesenthal sin callar ni un segundo ni intimidarse a la hora de repetir machaconamente sus propias obsesiones (por ejemplo, sobre las diferencias tan tópicas que le atribuye a los dos sexos, a favor, todo hay que decir, del femenino, las aceradas apostillas contra los «bárbaros racionalistas desamortizadores de conventos» o la defensa de los ‘signos’ frente al azar); un estilo irritante tal vez para algunos, pero que para otros compensa por la infinidad de reflexiones, anécdotas y datos curiosos que se acaban extrayendo gracias a tan singular guía.

Dorada decadencia

Desde luego, no es de extrañar que Wiesenthal eligiera a Rilke como objeto de estudio. Porque tanto el biografiado como el propio biógrafo coinciden en algo esencial: son dos antimodernos. Rilke vivió en esa época de dorada decadencia del paso del XIX al XX que fascina sobremanera a Wiesenthal, una época en la que Europa parece querer embellecerse en un postrero canto de cisne agónico antes de hundirse en las guerras mundiales y cambiar para siempre de faz, afeándose y vulgarizándose sin remedio. Es la misma época del sanatorio de «La montaña mágica» –metáfora magistral de esa refinada sociedad europea burguesa y culta que agoniza con melancólica elegancia entre las cumbres nevadas–, la época de la inolvidable familia Trotta de «La marcha Radetzky»; es, en fin, la época del declive del Imperio Austrohúngaro, en cuyas tierras nacen los Joseph Roth, Sándor Márai, Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, el algo más tardío Gregor von Rezzori, y otros tantísimos que nos han hecho conocer, admirar y a veces incluso envidiar un estilo de vida que ya dejó de existir… salvo posiblemente para Wiesenthal, el barcelonés que se propuso ser un dandi extemporáneo y vivir, y no sólo vicariamente, ese tiempo y esas vidas que para nosotros sólo son ya pasado.

Sin embargo, Wiesenthal no se muestra nada complaciente con su biografiado, pese a compartir con él la nostalgia de un modo de vivir que no desdeña la belleza de «los pequeños objetos» –flores, joyas, encajes, perfumes, heráldica–, el universo femenino de la sensibilidad y la delicadeza, la poesía, la espiritualidad, la mística y hasta el espiritismo y el ocultismo, todo eso que Wiesenthal llama el mundo de «las Reinas de la Noche».

Hace falta saber si uno está dispuesto a seguir los pasos de la vida de Rilke llevando al lado a Wiesenthal sin callar ni un segundo

Porque Rilke también aparece como un hombre narcisista que oficia sus recitales poéticos con poses de «show» sacerdotal; un donjuán contumaz y egoísta, incapaz de amar de modo consecuente a ninguna de tantas mujeres notables a las que seduce y luego abandona, asustado, en cuanto ellas se le entregan; un hijo que no entiende a la madre a la que debe su propia sensibilidad poética; un padre que no soporta el llanto de su propio bebé ni el sacrificio que supone criar un hijo; un dandi afectado que desdeña el trabajo regulado y todo lo que le saque de sus ensoñaciones, y que, llegado el caso, se refugia en la excusa de la enfermedad; un parásito sin ningún empacho en vivir del saqueo constante a padre, amigos, sus incontables mecenas femeninas y los editores a los que engaña; un autodidacta lleno de lagunas, opiniones artísticas dudosas y de aún más dudoso y cambiante criterio político; un artista con un corpus poético que aunque llegará a ser excelso, primero tiene que recorrer un largo camino hasta encontrarse a sí mismo y desprenderse de los distintos tics y amaneramientos de su época: modernismo, expresionismo, objetivismo…

A Mauricio Wiesenthal no le tiembla la pluma cuando habla de las «detestables exaltaciones heroico-sexuales del Alférez Christoph Rilke», ese «brebaje insoportable» lleno de «delirios míticos y racistas», o cuando vomita su rechazo total contra el «rompecabezas tenebroso» de los «Cuadernos de Malte Laurids Brigge», tildándolos de «insana atrocidad intelectual», plagada de extravagantes «putrefacciones» de mal gusto, ni cuando dispara contra la sequedad objetivista de algunos poemas que son como «una colección de insectos muertos, pinchados con alfileres».

Un ser especial

No se trata por lo tanto de hagiografía, y se agradece. Pero pese a ese mordaz ajuste de cuentas con todo lo que no vale la pena del hombre o del poeta, al final, Wiesenthal se rinde ante ese ser tan especial y que, a la postre, pese a sus muchas manías y resabios, no puede caer antipático, porque fue sincero en su entrega esencial a la poesía, incluso a costa de llevar una vida de prestado que a veces rozó la indigencia, cuyo retiro final en una descalabrada torre mucho más bella que cómoda resulta conmovedor; que sólo quiso ser y sólo fue poeta; que pese a cierto manierismo en sus peores producciones, consiguió malear el lenguaje hasta transfigurarlo, dotándolo de sentidos antes nunca vistos, de palabras cargadas de una musicalidad tal y de unas imágenes tan bellas que sólo cabe hablar de un verdadero mago de la lengua; que además también fue un vidente –vislumbrando como pocos la moderna quiebra del tiempo– que nos habla de realidades espirituales no tangibles ni visibles con los ojos de la racionalidad, pero que hacen que la vida y la muerte del hombre, lo real y lo suprasensible, se unan en un continuo infinito e indisoluble en el que ya no hay fronteras y hasta bien se nos pueden aparecer ángeles… esos que él mismo escuchó y siguen emergiendo con lengua de fuego de los versos de las «Elegías de Duino» o los «Sonetos a Orfeo».

Mauricio Wiesenthal no se muestra nada complaciente con su biografiado

Esta biografía, que habiendo podido ser mucho más condensada –ya que avanza en bucles reiterativos que regresan siempre atrás o anticipan el posterior discurso– prefiere que el lector no se pierda ni un viaje, ni una conquista, ni un personaje de una infinita galería de ellos –inolvidables las páginas dedicadas a Rodin–, es una de las semblanzas más completas que existen del recorrido vital de Rilke, y es, como dice el autor, una «comunión» con el poeta. Al menos… mientras no nos cansemos de seguir al guía.

Mas, que no lo dude Wiesenthal: estoy segura de que, tras leer sus páginas, pronto aparecerán nuevas rosas blancas en Rarogne.