Mauricio Wiesenthal, sentado en la butaca de su madre, donde escribe, a la puerta de su casa
Mauricio Wiesenthal, sentado en la butaca de su madre, donde escribe, a la puerta de su casa - INÉS BAUCELLS
LIBROS

Mauricio Wiesenthal: «Rilke, que era un místico, llama a pensar con el corazón»

El escritor presenta en Acantilado «El vidente y lo oculto», una monumental «biografía heterodoxa» del autor de las «Elegías de Duino»

Actualizado:

«Nací en noviembre, cuando sopla el bora sobre Venecia y comienza la temporada de los esnobs en el Gran Canal». Así se retrata este escritor nacido en Barcelona en 1943 y que hasta hace no demasiado tiempo era un misterio. Dice que desciende de «una vieja familia europea de españoles y alemanes, suecos y daneses, rusos e italianos, judíos, católicos y protestantes», y que algunos de sus antecesores emigraron «desde Rusia a Alemania; otros fueron médicos y diplomáticos en lugares lejanos; y, no pocos, hicieron el viaje atlántico desde Hamburgo a Nueva York, desde Asturias a Argentina o desde Santander a Cuba». En creaciones como «Libro de Réquiems» y «El esnobismo de las golondrinas» ha «destilado 40 años de viajes, lecturas y pasiones». Dice que nunca metió un barco en una botella, que los juegos de familia le parecen un sucedáneo del incesto, hace cada día una dieta de soledad y cuando más libre se siente es cuando escribe. Y asegura que sabe «resistir», porque eso le permite mantenerse mucho tiempo en la tentación.

Vive en una casa de alquiler en la calle de Rubinstein, en la parte alta de Barcelona, que en realidad es un museo vivo de su vida. Portero de sí mismo, escribe junto a la puerta de la vivienda, en una butaca que fue de su madre, rodeado de libros, memorabilia infinita y de páginas autógrafas de algunos de sus maestros, como su amigo Paul Morand, o Lord Byron. ¿Dónde ha estado todo este tiempo antes de publicar y de darse a conocer, aparte de escribiendo enciclopedias y viajando? Su obra es la de un nostálgico de la gran cultura occidental, de lo sagrado. Por eso ha buscado a Goethe en Weimar, a Mozart en Salzburgo y Viena, a Nietzsche en Sils Maria, a Tolstói en Yasnaia Poliana, a Byron en Venecia, a Keats en Roma… De él se ha dicho, además de ser un adalid de la vida inútil, de la vida que no busca una rentabilidad contante y sonante, sino espiritual, que la compasión forma parte de su forma de estar en el mundo. Hijo de muchos escritores, navega en la estela de nombres como Bécquer o Cirlot, Cervantes y Rilke, Tolstói y Dostoieveski, Chateaubriand y Lawrence Durrell, Cendrars y Somerset Maughan, Morand y Pierre Loti, Goethe y Thomas Mann.

Uno de los que mejor le han radiografiado es Sergi Doria, cuando dijo que los recuerdos para Wiesenthal son como estatuas que intenta recomponer. Acaba de publicar en Acantilado una «biografía heterodoxa» de 1.168 páginas del poeta Rainer María Rilke que le prometió al editor que mejor entendió su manera de estar en el mundo, Jaume Vallcorba, antes de que hiciera mutis de la vida, y que es la biografía espiritual del autor de las «Elegías de Duino», pero también del propio Wiesenthal, que se emociona hasta el umbral de las lágrimas cuando habla de la gran cultura europea, de una aristocracia del espíritu que parece ceniza enamorada.

¿Qué clase de editor era Jaume Vallcorba y cómo surgió la idea de esta biografía?

Era sobre todo un librepensador, algo que en nuestro tiempo no deja de ser un tesoro. Y en esta época en la que parece que los oficios están suplantados, en el que no sabes por qué alguien se dedica a algo que no le pega, sin embargo Jaume Vallcorba era «el editor». Cuando le conocías sabías que habías conocido a un editor. Te podía gustar un libro más que otro, pero todo salía de una verdad de vida. Jaume Vallcorba era sobre todo un amigo que había descubierto que la fe, la belleza y la libertad nos esperan en algunos libros. Editaba y escribía libros bellísimos, igual que los faros lanzan destellos. Quizás por eso llamó a su editorial Acantilado. Vallcorba era también el editor de Stefan Zweig, que había sido mi maestro. Yo había nacido un año después de su muerte, pero lo elegí como no de mis grandes maestros. «El mundo de ayer» fue uno de los grandes títulos de su colección. Y eso fue lo que llevó de mi maestro Zweig a mi maestro Vallcorba y nos unió en esa aventura editorial. La biografía de Rilke sale porque hacía mucho tiempo que quería escribir una biografía de Zweig. Pero luego pensé que aunque una biografía no tiene nada que ver con unas memorias, como son «El mundo de ayer», no quería tocar nada de lo que él dejó o quiso ver. Yo había dedicado una vida entera a estudiar lo que fueron los comienzos del siglo XX, hasta la Primera Guerra Mundial, y luego su consecuencia inevitable que es la Segunda. En vez de escribir de Zweig, que está todo dicho por él, decidí escribir sobre Rilke. Es el mismo escenario, pero con un personaje completamente diferente. Fue una iniciativa mía, pero con cierta reticencia por parte del editor, porque no le era excesivamente simpática su figura. Le tenía admiración como poeta, pero sabía suficientes cosas de su vida y como personaje no le atraía.

¿Y este libro fue una especie de regalo póstumo?

Yo le había entregado el libro en una versión previa. Siempre que puedo, en verano voy a pasar un tiempo a Sils Maria, donde Nietzsche escribió «Así habló Zaratustra». Es un pueblo que para mí es el corazón de Europa. Esa zona de Suiza es la zona de partición de las aguas de Europa, allí cerca nacen el Danubio y el Rin, y allí tienes el Ródano. Es este pueblecito montañés, encantador, alquilo un apartamento que está en el hotel Edelweis, al lado de la casa en la que vivió y escribó Nietzsche. Recuerdo que Vallcorba, muy enfermo ya, en el verano de 2014, me llamaba por las noches, y me preguntaba cómo estaba y me comentaba las cosas que iba leyendo de la versión que yo le había entregado. Se oían solo las campanadas de la noche, el rumor del río, y yo desde el jardín que daba a la casa de Nietzsche escuchaba su voz. Es algo que llevo en el corazón y llevaré hasta que me muera.

En la introducción dice que a Rilke se le crucificó «en la misma cruz en la que está clavado Unamuno"». ¿Qué clase de cruz es esa y por qué cree que es así?

La Virgen María es la imagen más importante de la cultura europea

Del mismo modo que la figura de Unamuno encierra la de su angustia existencial, su angustia religiosa, en Rilke también está la angustia de un cristiano que presenta no pocas veces esa diatriba con respecto a la fe, con respecto a las figuras de la fe, cuando él vive de ella. Hay muchos versos dedicados a la figura de la Virgen María. A mí me interesa mucho porque al cabo de los años he llegado a la conclusión de que es la imagen más importante de la cultura europea, porque los europeos hemos bebido de todas partes, afortunadamente, y tenemos este mestizaje tremendo de ideas, de pueblos que nos han conquistado, que nos han enseñado tantas cosas, y luego tenemos ese fundamento de la fe, semítica, de la fe judía, del Viejo Testamento, pero donde aparece de repente una figura original. No es una figura semita tan clara, porque es una figura femenina. Esa es la creación de nuestra Europa, fundamentalmente en la Edad Media y luego en los caballeros andantes, en los trovadores, en donde tenemos esta figura femenina en contraposición a todas las religiones, todas las otras versiones de la cultura. Tenemos la figura de Nuestra Madre, algo que, visto desde el judaísmo, no deja de ser conflictivo, puesto que el judaísmo toma la figura de un Dios Padre y de unos patriarcas que son el símbolo de la tradición. Y nosotros los cristianos elegimos en un momento determinado la figura de una madre, un poco perdida en las sombras, que sería la diosa madre. Es la Pacha Mama, es la diosa creadora, volvemos a pensar que antes de todo éramos hijos de una madre. Y eso lo digo desde el sillón de mi madre, donde me siento a escribir, y tengo que decir que fui un poco conflictivo con mi madre...

¿Como Rilke con la suya?

Sí, yo que me crié muy ligado a mi padre, a su idea de la cultura europea. Mi madre era de Santander, pero medio andaluza, por eso viví también mucho en Andalucía. Pero mi formación cultural al principio se dirigía más hacia este mundo centroeuropeo. Mi madre me era la contraposición del otro mundo querido. Me emociono al recordarlo, al hablar de ello. Todo ese mundo que sin duda está sentimentalmente en mis libros, que es el mundo materno, lo he querido reivindicar en el mundo de Rilke, que sin embargo no fue mi mundo declarado de infancia, aunque seguramente esté en mi subconsciente...

¿Ha sido un reconocimiento tardío?

Es un reconocimiento tardío de algo que estaba como un río oculto dentro de mí, que yo no quería descubrir, porque quizá estéticamente me parecía más bella mi adscripción de escritor europeo, y hoy día vuelvo al pan, vuelvo al pan y a la leche...

Pero volvamos a Unamuno...

Como Unamuno, Rilke se debate en la angustia existencialista

Lo que he visto claramente es que Rilke, como el cristiano Unamuno, se debate en en la angustia existencialista de su tiempo. Es muy fácil hacer una biografía reduciéndolo a esa angustia existencial como diciendo: son personas que intentan desligarse de ese mundo tormentoso que el fondo les inquieta porque es amargo, es oscuro, es tormentoso, es tenebroso. Todas las palabras medievalistas, en las que se puede concentrar toda esa angustia religiosa. Y sin embargo son personas que creo que tenían que resolver fundamentalmente para su obra esa relación con la mística, con lo que no se ve. Por eso he subtitulado mi libro «El vidente y lo oculto», porque son personas preocupadas por un mundo que no es estrictamente racionalista. Aunque no olvidemos que Unamuno es un filósofo y por tanto la razón está clara, porque si no estaríamos hablando de un loco. En el caso de Unamuno es fundamental, porque se trata de un filósofo, la razón está bien aposentada. Pero hay un elemento que él concilia, y ese elemento podíamos llamarle femenino y ese elemento es el de la fe, del corazón, de la emotividad. Las sensaciones que Rilke también llamaba del corazón, pensar con el corazón. El corazón lo hemos convertido en una blasfemia, porque al corazón le llamamos la máquina del capricho, la pasión la identificamos con lo más errático, con lo más arbitrario. No es así. El corazón es la máquina del ritmo, es la máquina de la precisión, es la máquina de la vida. El sentimiento no tiene por qué ser una droga, el sentimiento es una maravilla de profundidad, es una forma de conocer. Y afortunadamente las mujeres, y ahí llegamos a la figura femenina, han mantenido desde las abuelas, desde nuestras más viejas antepasadas, en sus tribus, esa idea de que a los hijos no se les educa solo mediante la razón sino que se les educa también por el sentimiento. Y eso hacía de ellos hombres de bien, hombres sinceros, hombres honradas, capaces de ser padres, de tener hijos, de comprender a las mujeres, de cooperar con ellas. Esa es la educación antigua, lo otro es una educación que está desvirtuada.

Dice en los primeros compases del libro que «sin aristocracia, sin pasiones, sin una terrible y angustiosa construcción del ego, sin narcisismo, sin fetiches, sin magia, sin objetos simbólicos, sin conocimiento iniciático, sin imágenes religiosas y sin fe no se puede entender a Rilke», y que «se mueve en una nebulosa mística que no es grata a los hombres modernos». ¿Cuántos de estos ragos se pueden encontrar en Mauricio Wiesenthal, cuánto de Rilke hay en usted?

Probablemente, y dicho con una cierta pena, porque Rilke no es una persona que me fascine vitalmente, en mi búsqueda haya habido también muchos de estos elementos: la idea de la fe, la idea de lo aristocrático. Eso me ha hecho luchar y me ha hecho sufrir en la vida. Por eso ahí sí hay un debate que probablemente me acerca a Rilke. Por ejemplo, yo he vivido una época en la que la palabra «popular» tenía infinita más fuerza que la palabra «aristocracia», porque se malentendía la aristocracia como un mundo de cuatro señores más o menos privilegiados que no hacían nada en la vida, no sembraban nada y no producían nada. Pero lo que yo buscaba en ese mundo era el «aristos», la idea griega de la educación, de la «aristeia», del combate individual, por el que tenemos la epopeya griega, «La Ilíada». «La Ilíada» no es un libro solamente de guerra, es un libro de combates individuales, de hombre a hombre, que uno a uno se reta, se enfrenta. También hombres y mujeres se retan. El mundo griego cree en la individualidad para enfrentarse al otro. La epopeya de búsqueda de los valores la tenía yo muy marcada y ese es un mundo aristocrático...

La aristocracia del espíritu...

Es la aristocracia del espíritu de nuestros caballeros andantes. Por eso me siento tan identificado con lo quijotesco, porque era el mundo de vamos a luchar, vamos a plantar cara valientemente y vamos a equivocarnos y nos vamos a dar muchas zurras, que a mí me las han dado, pero pese a todo eso yo voy a dar la batalla porque así voy a demostrar lo que es mi propia fuerza, voy a medirme, voy a aprender, no en vano es también este libro un libro de iniciación, de aprendizaje. Por todo eso sí me siento unido a Rilke, porque he hecho mi vida a base de tropezones, a base de errores, de una búsqueda continua de cosas que no he querido nunca aceptar porque me venían impuestas. Ni en mi fe ni nada. Hoy día me considero probablemente un hombre de fe, pido a Dios que me la mantenga y me la fortalezca mucho, porque toda la que me dé es poca, y todo eso lo he hecho de una manera muy poco racionalista, lo hecho en un debate vital. Yo he sido una persona que he querido vivir, sigo confiando en la vida, creo que la vida es lo más honroso y maravilloso que tiene el ser humano para aprender, y que la vida nos ha sido dada para aprender. Por eso todavía tengo esa ingenuidad de que viviendo aprendo.

«No hay nadie que me conozca», escribió Rilke en su último poema inacabado. ¿Le conoció su madre? ¿Le conoció su padre? ¿Le conocieron sus amigas?

Yo pienso que su madre probablemente lo intuyó, vamos a llamarlo así. Su madre fue la que lo levantó, lo llevó a ese mundo de la aristocracia, de los valores, de la fe. La que le puso el escenario en el que él tenía que jugar su vida. Lo que pasa es que la juega no como su madre quería, pero con los juguetes que su madre le dio de pequeño. Eso es muy bello, que un muchacho comience su vida y se abra camino sobre el propio panorama que le dieron. Y hasta el final busca sentido a todos esos símbolos que le dieron. Su padre creo que no lo conoció porque era un hombre distante, con prejuicios. En la medida que tienes prejuicios difícilmente conoces a las personas. Su padre era un hombre marcado por prejuicios burgueses, que este niño sea un hombre de bien, pero eso le separa de su propio hijo, como lo separa de su mujer, y el matrimonio se convierte en un fracaso. Como lo separa de sus hermanos. Lo separan de todo, incomprendido de su propio entorno, porque no pueden abrirse. Su hijo tiene un cofre sagrado que es el corazón, y es que para llegar a conocer el mundo e incluso para llorar con el mundo merece la pena llorar con el corazón, y no morirse manteniendo la postura como mantenía el padre, esa coraza que hace que no se pueda comunicar ni con su propio hijo en esa tragedia. Probablemente es eso lo que enseña a su hijo, que cuando le miraba veía en él la soledad, la imposibilidad de decirle «te quiero», la imposibilidad de abrazarle, de mirarle a los ojos. Por eso hay esa foto tremenda de Rilke pequeño, cuando tiene diez años y está junto a su padre.

Wiesenthal, en un momento de la conversación
Wiesenthal, en un momento de la conversación - INÉS BAUCELLS

Él compone la postura, mientras que el hijo le está llamando, tirando de la chaqueta, un pobre niño, y a uno le dan ganas de decirle al padre: «por la mano sobre tu hijo». Las mujeres sí que le conocieron, habían percibido esa incapacidad masculina, esa capacidad que tenemos los hombres para convertir nuestra hormona de combate en el único fundamento de nuestra vida, que es una incapacidad, y no tener en cuenta que tenemos otras hormonas para comprendernos, para tolerarnos, porque tememos que alguien desde fuera pueda decirnos que somos unos blandos. Esa parte de blandura se la adivinan enseguida a Rilke, porque las mujeres la tienen y le sienten cercano, y le recogen. Estas son palabras de Lou Andreas-Salomé, que es quizá quien mejor le comprendió, la que mejor le conduce, y le lleva porque sabe qué tiene dentro. El conflicto lo ve Lou Salomé y lo que hace es pacificarlo, reconciliarlo, darle su parte femenina y su parte masculina. De Rilke se ha hecho la caricatura de un poeta femenino, e incluso se ha puesto en duda que estuviera dotado en el aspecto viril. Lou Salomé lo define, y dice que si había algo que caracterizaba a Rilke es que era profundamente viril, profundamente hombre. Es muy curioso, un niño al que su madre había vestido de muñequita, porque había perdido antes a una hija, y por eso le llamó René, Renato, porque pensó que en él había renacido la niña muerta, la figura de la hermana, Sofía. Y cuando era pequeñito se vestía de su hermana Sofía y jugaba a las casitas. Todo eso que se convierte en prejuicios fácilmente. Si algo conocía Lou Salomé es a los hombres. Y se da cuenta de que se encuentra con un hombre profundamente viril, que suscitaba una atracción enorme sobre las mujeres. Porque además de profundamente viril era profundamente solitario, profundamente conflictivo con sus hormonas. Las mujeres disfrutan con él porque pueden hablar con un hombre, pero que las entiende, de tú a tú. Un hombre que comprende el valor de los pequeños objetos, de los detalles. Nosotros tenemos una visión de la vida que es como compartimentada, y por eso se hace conflictiva, mientras que ellas tienen una mirada que tiende a la reconciliación, más armónica.

«Viaje nocturno hacia la memoria», escribe en un momento dado. ¿Podría ser una variante del título?

Sí, podría ser una variante del título perfectamente porque el libro para mí ha sido un viaje, y yo lo he acometido como un viaje porque ha sido realmente un viaje al escribirlo.

¿Y donde la noche está muy presente?

El libro ha sido un viaje por la noche, porque Rilke es un poeta nocturno, errabundo

Es verdad, está la Reina de la Noche, están las figuras de las estrellas. Está muy presente porque para mí ha sido un viaje por la oscuridad porque Rilke es un poeta nocturno, y noctívago también. Anda errabundo siempre. Y eso le hace a veces incomprendido, duro de comprender, difícil, y cuando entré en el libro, en su vida, entré como todo el mundo, con mis prejuicios sobre su personalidad, con esas iluminaciones que se han hecho sobre su vida, flashes que se han cogido sobre su biografía, y yo entré también con ese mundo preconcebido. Pero a medida que me iba abriendo camino por su vida iba descubriendo que estaba haciendo ese viaje nocturno, a veces a tientas, y eso me exigió un cierto dolor, ese dolor que me hizo moverme por la vida de Rilke. Es una vida, para mí y para mis valores, una vida que produce tremendo sufrimiento, tan incomunicado a veces. Él mismo perdido en una época tan conflictiva, donde políticamente va cambiando de un extremo a otro...

Y un mundo además que va hacia la catástrofe...

Va hacia la catástrofe. Le llamo también vidente porque era todo ojos. Así como Nietzsche era todo oídos, por su sentido musical...

¿Y también fascinado por Lou Andreas-Salomé?

Sí, también fascinado, pero si Nietzsche era todo oídos, Rilke era todo ojos.

Mientras Nietzsche tenía sensibilidad para la música, Rilke no.

Por eso Rilke se consideraba analfabeto musicalmente. Mientras que Nietzsche tenía una profundidad musical inmensa, por eso era amigo de Wagner, y por eso se atrevía a plantar cara musicalmente al propio Wagner. Y sin embargo en Rilke está esa mirada, ese aprender a mirar el mundo, y buena parte de su vida las formas más profundas que dice provienen de una forma de ver, de una forma diferente. Por ejemplo de cómo los animales ven el mundo, porque se interesa mucho por lo que es la forma natural de ver. Habla por ejemplo de los rebecos cuando saltan en la montaña, y saltan sin mirar, sin ver el peligro, porque dice que los animales no tienen delante la muerte, tienen su instinto...

No tienen conciencia de la muerte.

No tienen conciencia de la muerte. No han hecho ese psicoanálisis que es tan negativo para nosotros. Nosotros al tener conciencia de la muerte racionalizamos, nos dejamos guiar por la prudencia, y eso nos aparta de ciertas experiencias porque nos pueden conducir a la muerte. Todo eso está en Rilke. Él se da cuenta de esos aspectos, y de todo lo que le han predicado de pequeño, le han predicado la prudencia, la cobardía...

Y el cálculo...

Ha dicho la palabra exacta, el cálculo. Que es lo que llamo racionalismo excesivo, o fanatismo racional, que conduce al cálculo en vez de conducir a una visión, o a una previsión, o a una cautela. La prudencia es una virtud, pero el cálculo comienza a ser sospechoso y peligroso.

«Piedad y letras», era el lema de los escolapios con los que se educó el poeta. ¿En qué medida la pobreza influyó en la educación de su sensibilidad y no lo encaminó hacia el resentimiento político?

Esto es muy característico de él, siendo un poeta que va a vivir en condiciones muy precarias, porque era un pobre de solemnidad. Deja cuatro libros. Las casas donde vivía, castillos y grandes hoteles a veces, y pensiones, a veces de mala muerte, le vienen por vía de gracia, empleando un lenguaje místico. No le viene por vía de un trabajo encaminado a enriquecerse. Es por eso que él descubre un mundo en el que la casa del pobre es como un relicario. Él busca en este mundo respuesta a unas preguntas que le inquietan más que lo material. Yo comprendo que hay gente que una vez que ha satisfecho lo material se encuentre muy cómoda, pero yo sospecho que en realidad se encuentra al principio del camino. Y entonces Rilke se lanza a su obra, como diría Todorov, como a un absoluto. Busca respuestas fundamentales que no tienen nada que ver con encontrarse con el bienestar. Él lo que busca es la verdad, y la verdad se encuentra más fácil en lo sencillo, en lo que es elemental, que en las cosas más sofisticadas.

En lo despojado.

En lo despojado. Es llamativo y contradictorio con algunas apariencias de su vida, y eso ha suscitado cierto escándalo. Pero es que yo creo mucho en el escándalo. Creo que la verdad se oculta a veces en el escándalo. Como el amor en la vida -esa es mi experiencia- llega a veces a través del escándalo.

Eso me recuerda al temor que le impidió enamorarse de Marthe, la muchacha que recogió de la calle, que apareció casi en el útlimo tramo de su vida, y que por temor precisamente al escándalo...

Por eso él tiene un punto que es siempre la tentación. Yo que soy creyente y un poco místico creo que la única forma que hay de conducirnos con libertad es seducirnos. La mejor manera de llevarme en libertad no a base de enderezarme de mala manera sería seduciéndome. En las seducciones hay cosas malas, por eso es nuestra obligación filtrarlas. En las seducciones hay escándalos bellísimos, donde está la verdad, el bien, la belleza... La pobreza es un escándalo. Si de pequeños nos preguntan tú qué quieres, decimos «yo quiero tener un Maserati, ir lanzado por las estrellas, con las modelos más grandiosas...». A quien le gusten claro, porque así se hacen las vidas impostadas, unas vidas que gustan a los demás. Todos nos enamorábamos de niños de la madre del amigo más cercano, o de la tía, hasta que llega un momento en que vas encontrando tu mundo. La pobreza es esto. La pobreza es la búsqueda de algo, de preferir no vender tu vida, guardar tu sencillez, guardar tus ideas para descubrir alguna verdad. Tú lo único que le pides a la vida es que te dé una verdad y te dé sentido a lo que estás viviendo, que esto no sea absurdo. Yo quiero encontrarle sentido a mis actos, a mis sentimientos. La pobreza, como el amor, tiene una parte bellísima que cuando encuentra su objetivo se encuentra recompensada inmediatamente. El pago es automático. Es la mirada de uno sobre otra, o de otra sobre uno, y la recompensa es inmediata. La pobreza en la vida, cuando es una vida de honradez, de valores, de trabajo, de sinceridad, de creeación, de siembra... está en mirar la lechuga que ha crecido delante de tus ojos, o el pan que acabas de amasar.

Asegura que Mozart nos emociona tanto porque guardó en su alma la luz de su infancia. ¿Y Rilke?

Como decía Camus, la vida es un largo rodeo para volver a las verdades de la infancia

Rilke también. Eso sí que lo tengo claro. Curiosamente en un niño imaginativo la infancia tampoco se puede ver al exterior, porque la infancia es de las cosa que tenemos más interiores. El mundo ese suyo de las casitas de muñecas, vestido de niña, también hay una explicación, porque era muy hábil: pensaba que si se vestía de niña su madre, cuando había hecho una travesura, sería menos dura con él. Rilke tuvo una infancia profunda. En su libro sobre Rilke, que escribió Lou Andreas-Salomé cuando hacía años que el poeta había muerto, dice cosas bellísimas. Ese libro la justifica. Ella dice que Rilke era un hombre que siempre tenía presente una infancia activa, una infancia que seguía viviendo en él. Él lo tiene. Para un poeta es fundamental, para un creador. Porque en la infancia está la fantasía, la creación, la ausencia de cálculo, el amor desinteresado, y eso lo tenía Rilke, y es por eso que es capaz de pintar esas figuras tan bellas, como cuando hace las Anunciaciones. Ahí se comporta como un ángel. Cuando habla de la figura de María ahí se comporta como un ángel. Por el contrario cuando se lanza a las diatribas religiosas, a explicar si Cristo tenía que haber bajado o no de la cruz, habla como un pobre diablillo, como hablamos todos cuando estamos en una crisis. Por eso me interesaba el libro como un libro de iniciación, porque el libro es un largo rodeo. Como decía Camus, la vida es un largo rodeo para volver a las tres o cuatro verdades sencillas que nos abrieron el corazón cuando éramos niños. Es decir, es un largo camino hacia nuestra madre. Decía Eugenio d'Ors (con quien ahora se quieren meter, cuando si Cataluña dio alguien que fuera pensador y grande ese era Eugenio d'Ors) hablando de la historia: lo que los arqueólogos buscan pueblos antiguos son tumbas, y la tumba es la matriz de la historia, la tumba es la cueva, es la madre. Traduciendo de esa forma arquelógica, la vida de un hombre sería un largo rodeo para volver a la matriz de nuestra madre. Así lo veo, y ya soy muy viejo y me quedan pocas horas para contradecirme.

Dice que «el nacionalismo crea siempre vidas desubicadas». ¿Le ocurre ahora mismo al autor de este libro, que nació y vive en Barcelona tras haber recorrido el mundo?

El nacionalismo, querer crear fronteras, es una cosa animal

Al excluir el ser humano incurre en un peligro filosófico enorme. Al excluir comienza a contar en el futuro con menos datos para lo que está pensando. Yo he nacido en Barcelona, de padre de origen alemán, mi abuelo había vivido en Madrid, había nacido en Alemania pero se nacionalizó español cuando mi padre se hizo catedrático y mi tío diplomático, porque tenía que ser hijo de español. Tengo un nombre judío, mi madre era de Santander, de cristianos viejos, donde mi abuela me iba contando los apellidos, todos rimbombantes, con escudos. Y por otra parte la tradición de una vieja familia judía centroeuropea. Todo eso me llevó a la idea de que el nacionalismo, el querer crear fronteras es una cosa animal. Porque en el fondo lo primero que hacen los animales es crear fronteras, marcar su territorio, de una forma fálica. Por eso considero que la cultura y la civilización es todo lo contrario, y precisamente la defensa de las viejas culturas, la defensa de la vieja fe... Cuando me defino lo hago con esa tradición de la que no abjuro, de viejo cristiano de Cantabria, de viejo judío de Centroeuropa. Y eso para mí no es motivo de conflicto, porque no tiene fronteras.

Wiesenthal, junto a su biblioteca personal
Wiesenthal, junto a su biblioteca personal - INÉS BAUCELLS

Si yo estableciese fronteras me moriría. Es un mundo de reconciliación. Y por eso me siento tan feliz y tan orgulloso de vivir en una tierra que tiene una cultura, la cultura catalana, tan bella, pero al mismo tiempo me siento tan español entre otras razones por la lengua en la que escribo, y esto sí que tremendo para un escritor, porque la lengua se convierte ya en una cuestión de amor, y la lengua me produce a mí una identidad absoluta. Pero dicho eso vivo perfectamente en Cataluña, pero mi sueño es volver a la Andalucía donde viví.Si tuviese que elegir una patria elegiría Andalucía, una casita con un patio. Yo prefiero la palabra patria a la palabra nación. La patria está hecha de valores femeninos, maternales, pero no exige tener un Estado.Considero que cuando vienen las fronteras es cuando viene todo. Cuando excluyes a alguien que está dentro y le dices que no tiene tanto derecho como tú a la tierra, o cuando no tiene tanto derecho como tú al idioma, cuando pierdes la piedad, el sentimiento de misericordia, el sentimiento de comunidad, el sentimiento de fraternidad... Hoy día que se habla tanto de fraternidad, es un grito bello la fraternidad, me gusta mucho, como me gusta mucho la libertad. Respecto a la igualdad tengo mis pequeñas objeciones, como decía el cardenal de París: «cuando me muera me gustaría estar a la derecha de Dios padre para hacerle pequeñas objeciones». Una de mis pequeñas objeciones a la igualdad es que creo más en la ecuanimidad. Todos sabemos lo que es ser ecuánime y ser justo. La igualdad es una cuestión diferente.

Escribe que fueron las mujeres quienes nos enseñaron que el sentimiento del amor no tiene dos caras, cuerpo y alma. ¿Qué es este libro? ¿Acaso una rendición al amor y a la poesía?

Sin duda lo es. Vuelvo a la idea del escándalo. No me hubiese gustado que fuese así, me hubiese gustado que fuese un libro como más aséptico, más profesoral, académico. Pero me ha salido un libro comprometido, me sale un libro de angustia donde aparecen incluso declaraciones mías de fe, declaraciones mías de amor. Y digo que sí a todo pero con cierta vergüenza.

Es una biografía heterodoxa.

Sí, pero esto para mí ha sido conflictivo y me daba cuenta, y por eso pensaba que le iba a entregar este libro a Jaume Vallcorba después de muerto. Es una biografía heterodoxa como era él. He pensado que al final ha sido como una mano que me arrastraba a hacer esto. Una biografía heterodoxa.

¿En qué medida la formidable sentencia de Rodin de que «el arte es una sumisión profunda a la forma y a la ley» marcó a Rilke, además del estrecho, y turbulento, trato con el escultor?

Para mí el aprendizaje que él hace con Rodin, que es tan confictivo, es tremendo, porque Rodin tiene una cosa buena. No era un académico, era un heterodoxo también...

Un autododidacta...

Rilke aprendió de Rodin el magisterio de un hombre que ha hecho todo en la calle

Había aprendido en las obras, en la calle, entre obreros. Rilke aprendió de Rodin el magisterio de un hombre que ha hecho todo en la calle, no laureado por las universidades, a quien desahucian de su casa, y todo lo que ha creado en su vida se lo llevan a los museos del Estado.

Atribuye las barbaries de la Revolución francesa, la rusa y nazi a los «ideólogos racionalistas», «fanáticos racionalistas». ¿No es un poco burdo calificar a los nazis de «fanáticos racionalistas»?

La definción más exacta habría sido llamarles verdugos, eso que quede claro, pero ellos, y por eso arrastraron a tanta gente, argumentaban utilizando la economía, la medicina, ña cultura, mediante un racionalismo fanático. Con el argumento racional se pueden cometer cosas terribles, como hicieron también los marxistas. Todos ellos tenían unas teorías científicas tremendas. Marx se vendía como científico.

En un momento dado dice, «ese fue el horror de nuestros padres en el siglo XX: rompieron el lenguaje en la pintura, en la música, en la escritura, en la literatura. Acometieron una revolución diabólica en todas las artes, quebrando las normas de nuestros benditos maestros. Y nos dejaron sin palabra». ¿Y sin belleza? ¿De qué siente una feroz nostalgia Mauricio Wiesenthal? ¿Y no hay belleza en mucho de lo que el arte concibió en el siglo XX?

Para mí lo que ocurre es que cuando se establece el relativismo en la estética, en las creaciones artísticas, entonces se comienza a crear una dificultad de comunicación de lo que es la belleza. Cuando la belleza se fundamentaba en ciertas normas que permitían transmitirla todo era más fácil. Cuando la palabra se trasmitía a través de los maestros y se tenía un Diccionario de Autoridades, todo era más fácil. Yo defiendo un Diccionario de Autoridades, y me leo todos los días a mis maestros de la lengua española. Por eso me escandalizo cuando descubro que el diccionario quiere ser populista. Hay cosas que no hay por qué populiarizarlas, hay cosas que se mantienen perfectamente bien en la minoría, en el secreto, en el misterio, en el gusto, y al que le gusta da su vida por ello. Al que le gusta cree en ello, es solidario con ello, lo defiende. No veo por qué tengo que darle el martillo por ejemplo de proponerle mi libro, con lo gordo que es, a una serie de señores que ni les gusta leer, ni les gusta Rilke, ni nada de ello. Es decir, no tengo ese afán de popularidad. Tengo el afán de que mi editor no se arruine publicando mis obras.

Dice textualmente: «Si es que todavía somos capaces de pensar que no hay obra más hermosa y limpia que la caridad». ¿Por qué no hablar de justicia? ¿A qué clase de sistema político y de valores estamos remitiendo con una frase como esa?

Evidentemente la palabra, socialmente, políticamente hablando, es justicia, porque la caridad pertenece a los corazones de las pesonas. El Estado está para hacer justicia, no para hacer caridad. Yo considero que sí que estoy para hacer caridad, porque no formo parte del Estado, por lo tanto son mundos apartes. Para mí la caridad significa la justicia unida al amor, pero por eso es personal. El Estado no está para hacer el amor, el Estado está para hacer justicia, como hemos dicho, para dar libertad, para dar cosas muy concretas, cuanto más sencillas mejor. Cuando se dedican a dar amor o cosas parecidas se convierten en artefactos muy peligrosos, porque te tocan donde no quieres que te toquen. Sin embargo, humanamente sí que creo en la caridad porque creo en algo que tengo muy asimilado, que es la ley más la gracia. De hecho existían en tiempos los ministerios de Gracia y Justicia. Cuando alguien verdaderamente justo aplique la ley también pienso en la gracia, la caridad, el lenguaje de la piedad. El día que te crees que tienes más razón y que estás cargado de todas las razones del mundo ese día deja algunas razones el tintero. Porque nos equivocamos siempre. Por eso todas las cosas que tengan que ver con el sentimiento, con la religión, con la fe, el Estado que ni las toque. Porque en el momento que las toca me las ensucia y ya no las quiero para nada.

Hay algo que menciona en varias ocasiones a lo largo del libro. ¿En qué medida el psicoanálisis puede ser perjudicial para el artista?

Todo lo que tiene que ver con la creación artística tiende a la síntesis, no al análisis

En un momento dado, como Lou Andreas-Salomé, como se dedica al psicoanálisis, le recomienda que se psicoanalice, pero luego rápidamenete se revuelve y le dice que no, que tiene razón Rilke. Yo creo que la creación artística, todo lo que tiene que ver con la belleza, con la creación artística, tiende a la síntesis, no al análisis. Es una capacidad sintética la que finalmente lleva al artista a armonizar toda una serie de elementos que aparentemente están en ruptura cuando no se han convertido en obra de arte. Por eso la obra de arte crea la melodía, lo que suena bien. Es por eso que creamos algo que tiene armonía, que tiene mesura. El análisis es muy bueno para el cálculo, muy bueno cerebralmente, pero te crea una fractura, divide, compartimenta diferentes aspectos de tu vida para hacértelos comprender mejor, o para que los comprenda mejor el especialista que te lo está haciendo. Pero sobre todo en aquellos tiempos en que el psicoanálisis estaba naciente, no conviene olvidarlo, el peligro estaba en que después de descomponer la mente hay que recomponerla. El problema que había en aquellos tiempos es que el psicoanálisis era muy primario, te daban las razones dispersas, pero no se te volvía a sintetizar, y eso para un artista es terrible, porque cuando va a crear crea con fracturas, y a Rilke es a quien menos le interesaba, porque ahí está su angustia, su conflicto con su padre, su conflicto con su madre, su miedo, los conflictos con su hija y con su mujer, que las había abandonado, no lo olvidemos, todo eso crea un problema en una persona si solo vas a analizarlo. Si tú a todo eso le consigues dar sentido... Pero ese fue el objetivo de su vida. Eso es muy claro cuando el propio poeta habla del mundo interior, pero también del exterior, del mundo con el que tiene que hacerlo compatible. Es el fundamento de su obra artística.

Dice que Rilke no fue nunca un romántico, sino un místico. ¿Ha sido ese uno de los grandes lastres de la interpretación de su obra?

Las inquietudes místicas de Rilke son superiores a todas las demás

Para mí sí, porque hay un prejuicio inmediato que es el de pensar que un poeta que habla del amor y que tiene como temas los que son propios del romanticismo, y que además ha nacido en 1875, por lo tanto se le puede incluir en aquel tiempo. Es verdad que en ese momento todos los poetas que se habían dedicado al amor, a las pasiones, eran poetas romáticos, en lo patético, en lo ético, en todo. El caso de Rilke es que él no lo es, porque él tiene una inquietud mayor. Por eso lo comparo en el inicio del libro con Unamuno. Sus inquietudes místicas son superiores a todas las demás. Es lo mismo que si estuviésemos comparando a Unamuno con Ortega. En Unamuno tenemos el vislumbre, que es también del poeta, de El Greco, el vislumbre místico, que no está evidentemente en Ortega. Igual que está en El Greco y no no está en Rubens. Por lo tanto es un mundo en el que el acceso a ese ultramundo, de las penumbras en las que una de las grandes preocupaciones es la muerte (también en Unamuno), que al romántico solo le preocupa desde un punto de vista estético. Para Becquer la muerte es un paseo por el cementerio, pero en Rilke el paseo por el cementerio deja unas notaciones mucho más profundas.

¿Qué encontró Rilke en su viaje a Toledo, Córdoba, Sevilla y Ronda? ¿El almendro y la muerte? ¿El Greco y Santa Teresa?

El Greco fue sin duda clave en su vida porque ahí encuentra a un heterodoxo con la visión de un desplazado, porque viene del mundo de los iconos, no hay que olvidarlo, y que abandona muy pronto, porque cuando vive en Venecia se mantiene dentro de esa iconografía más o menos, aunque ya no se trata del icono clásico, con unas perspectivas y unas normas muy concretas, una forma de pintar, y entra en un mundo muy diferente que es en nuestro caso el mundo español. Se identifica con esta tierra, se identifica con Toledo, pero la llena de esas figuras que él trae, esos cielos superpuestos, que es un mundo realmente bizantino, porque la presencia bizantina la trae El Greco de un modo increíble. Nosotros somos herederos del imperio romano de Occidente, pero El Greco nos trae el imperio romano de Oriente. Cuando Rilke viene a España encuentra esa superposición de cielos, de ideas. Él mira mucho al cielo, buena parte de su obra está mirando al cielo, y lo va a encontrar en Toledo y lo va a encontrar en Ronda, que son ciudades de cielo enorme. Él lo va a encontrar en El Greco, en las distancias de España. Él se enamora de dos países, uno es Rusia y otro es España. Un día, hablando con amigos rusos, dando unas charlas allí, alguien me preguntó: ¿Por qué españoles y rusos se quieren? Dicho de una manera muy simple. Han hecho fechorías, y sin embargo hay como una especie de simpatía de España con Rusia y de Rusia con España. En Rusia hay más hispanistas que en ningún sitio. Se me ocurrió una idea que hacía tiempo llevaba pensando: son dos países en los que pesa el pensamiento y la filosofía de sus dimensiones. Los países pequeños tienen una manera de pensar y ver y los países inmensos tienen las grandes distancias.

Mauricio Wiesenthal, en el relicario de su casa
Mauricio Wiesenthal, en el relicario de su casa - INÉS BAUCELLS

Los rusos, no hay que olvidarlo, son un imperio enorme. Uno es tártaro, otro buriato, otro viene de las fronteras con Ucrania y Bielorrusia, o de San Peterburgo, y son tan diferentes entre sí... Y los españoles, no lo olvidemos, tenemos una enorme distancia porque -y yo desde luego no lo olvido- somos también americanos. Eso no lo olvido ni lo olvidaré nunca, pese a que a veces me escandaliza pensar que en España se olvida. Porque los paíes de Hispanoamérica y de Latinoamérica son, benditos sean, independientes, pero en mi corazón de español no dejan de ser países que siento como hermanos, países a los que estoy unido por la lengua, por la cultura. Rilke, este hombre del imperio de los Habsburgo, llega a España conociendo solo cuatro cosas de lo que es la España de los Austrias, de la España de los Habsurgo, puesto que él es autrohúngaro. Al venir aquí se da cuenta de que hay algo curioso en este país, y ese país está unido a América. Ese es un país de grandes distancias, aunque él no lo ve, se dedica a hablar del islam, porque cuando está en Andalucía es como el típico turista, pero no se da cuenta de que cuando está en Andalucía, cuando uno está en Sevilla, está en realidad en la capital del descubrimiento. Él no va viendo que nosotros dejamos mucho en América, como América dejó mucho en nosotros, no solo el maíz, el tomate y el pavo. Sin formularlo especialmente, Rilke encuentra en España esa enorme dimensión de un pueblo que va de los judíos al islam, a América, a las selvas del Amazonas, y todo eso lo hace tan grande como Rusia por lo menos.

¿Pero es como si esa idea de España la hubiéramos perdido por completo, como si nos avergonzara nuestra histroria?

Así es. A mi me avergüenza que sea así. Esto es para mí muy importante. Por eso le doy tanta importancia a la lengua. Viajo todo lo que puedo a América. Por eso me emociono cuando llego a Colombia, a la que amo tanto, a Argentina, y me encuentro que estoy hablando de mis sentimientos con las mismas palabras, y que me están repercutiendo con otros matices, esa misma palabra, pero aumentada en un eco enorme, porque yo la creé, o mis antepasados la crearon, en un lugar como La Mancha, o en un lugar como Córdoba, o en un lugar como La Coruña. Pero sin embargo allí está repercutiendo en el Amazonas o en el Atacama. Y es mi idioma hecho por ellos. Y esto no es una nostalgia imperialista, sino todo lo contrario, y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga. Y cuanto tú la llevaste y la llevaron ciertos hombres e hicieron ese esfuerzo también ellos te la devolvieron. Nos enriquecieron. Eso lo tenemos los españoles y si lo perdemos nos hemos empequeñecido de una manera ridícula.

¿Nos hace falta un Rilke?

Más que un Rilke nos hace falta un poeta sencillo, educador, como Dom Sem Tob

Pienso que no es el poeta que más falta nos hace, pienso para mí. Nos haría falta algo más elemental, porque está tan olvidado ese mundo de la autenticidad, de la mística, del arte, de la literatura, de la belleza... Está tan olvidado que estoy pensando que hoy día necesitaríamos poetas que fueran puros educadores, poetas sencillos, casi diría que Don Sem Tob nos hace más falta que Rilke...

¿El mismo Machado?

El mismo Machado. Poetas cercanos que nos enseñen otra vez lo que hemos perdido en este país que quiero tanto.

Estamos enfermos de tontería...

Estamos enfermos de tontería, enfermos de lucubraciones, enfermos de cálculo

Estamos enfermos de tontería, enfermos de lucubraciones, enfermos de cálculo, enfermos de pretendidos filósofos, de pretendidos sabios, y nos falta el pan nuestro de cada día. Me falta que el pan sea pan. Incluso tengo amigos panaderos que cierran panaderías porque me dicen que se importa todo el pan ya precocinado. Nos faltan cosas elementales.

Compuso y completó sus mejores obras, los «Sonetos a Orfeo» y las «Elegías de Duino», en la torre de Muzot, cuando la muerte le rondaba. ¿Cómo se explica esa cristalización final de la poesía que le granjeó un lugar en el Olimpo literario?

Es verdad que lo mejor de su obra lo entregó en los años finales de su vida, cuando la enfermedad (la leucemia) labraba ya en él su surco oculto. No fue fácil para él hacerse su propio idioma, su estilo, su mundo estético originalísimo y personal, incomparable y genial. Esa es la altura que consiguen pocos privilegiados. Probablemente hay que inmolar una vida entera para alcanzar esa fuerza interior. Y por eso su biografía nos resulta tan dramática, tan oscura, tan impura (¡la contradicción de las rosas cuando crecen voluptuosamente junto a las lápidas!- y, al final, se va convirtiendo en un resplandor muy puro, cuando los años de sufrimiento y de combate le van convirtiendo en un poeta grandioso. No olvidemos que Lou Salomé le llamó Rainer (se llamaba René) porque, en alemán, «Reiner» significa «puro».

Como Rilke ha cultivado más la amistad de las mujeres que la de los hombres. ¿Por qué?

Las he cultivado tanto porque me he sentido mejor interpreatado a través de las mujeres.

¿Le leen mejor?

He sido mejor conocido, y mejor leído. Recibo esa compañía y esa comprensión más de las mujeres que de los hombres. Por eso digo que la mirada de ellas es distinta. Eso que decíamos. La cultura de ella les lleva a fijarse en todos esos detalles que los hombres atropellamos con facilidad, atropellamos con nuestra prisa, con nuestra condición hormonal, rápida. Nosotros somos todavía herederos de esa vieja evolución.

Ha diferenciado netamente el amor («un deseo de entregarse, propio del espíritu y de la eternidad») del querer (que es «sólo una voluntad de poseer»). ¿Es uno de los rasgos definitorios de Rilke, su entrega al amor, su desdén a querer, y ser querido?

Sí, realmente es así, lo que pasa es que él no llega. Yo le di vueltas a la palabra querer, a la palabra amar... Él entra siempre con el amor. Existe tambien la voluntad en Rilke, como en Schopenhauer. Yo creo que tenemos que reivindicar la palabra amor porque tiene unos componentes de generosidad, de nobleza, de belleza, que no tiene la palabra querer.

Su condición de «Don Juan trasnochado», incapaz de comprometerse, que seducía y abandonaba sin cesar, ¿ha contribuido a ensombrecer su imagen, a hacerla más ingrata? ¿Podemos relacionar su «incapacidad de amar» con, como señala hacia el final del libro, el horrible pensamiento de que la persona amada dificulta la comprensión absoluta del amor»?

Lou Salomé y Marie von Thurn se daban cuenta de que Rilke era «incapaz de amar»

Sus mañanas de «rancio donjuán» nos parecen hoy, transcurridos los años, el resultado dramático de su propia inestabilidad psíquica: una consecuencia fatal de su carácter temeroso y esquivo. En el amor, Rilke nos ha dejado esa figura angustiada y no siempre noble; exactamente lo contrario de la imagen pasional y valiente que distinguía a los románticos. Lou Salomé y Marie von Thurn, las mujeres que mejor le comprendieron, se daban cuenta de que era «incapaz de amar» porque tenía su vida -y su libido- comprometidas en otra «meta». Sólo se entregó a su propia misión; o sea a su obra.

¿Se definiría como su admirado, y criticado también, RMR, como un antimoderno?

Sí, ahí sí, porque ese ya es mi drama. Cuando entro en mi dolor sí que lo tengo claro...

¿Pero no un reaccionario?

Eso, que es muy distinto. Reaccionario es alguien que reacciona ante algo que ve y se pone en el lado contrario. Yo es que no veo lo que ocurre, en el sentido de que no me complace, no me identifico, no lo siento espontáneamente, no nace de mí. Nacen otro tipo de cosas, con toda sinceridad, dichas de otra forma. Por eso no puedo más que formularlas, decirlas, y como escritor, esto sí, pretendo ser sincero, y pretendo decirlas a costa de que yo mismo me escandalizo, porque cuando yo mismo me releo pienso: «Mauricio, has dicho esto, y te hubiese convenido decir justamente lo contrario». Pero el antimoderno, por eso me viene muy bien esa definición, es el que bebe de Chateaubriand, que fue mi gran maestro, y que me enseñó que muchas de las cosas importantes están en el «Ancien Régime», y eso marca mucho al antimoderno. Para quitar patrañas, para quitar monsegas, para hacer justicia, toda la limpieza que hizo Voltaire, que hicieron limpieza de la barbarie... Pero cuidado, que a veces cuando se hace una operación puede pasar como cuando los antiguos curanderos que para curar una hernia se llevaban los testículos. Hay que tener cuidado al vaciar. Creo que en la Revolución Francesa hubo un momento dorado, como en muchas revoluciones... Si yo hubiese estado en la Cuba de Batista hubiese estado con Castro en la sierra, pero un minuto más tarde estaría sentado a la diestra de Dios Padre haciéndole pequeñas objeciones. Ese es el antimoderno, ese es Chateaubriand, que claro que está con la Revolución Francesa, pero hasa el momento en que aquello se convierte en algo tan sangriento, tan horrible. El pueblo mismo de París estaba al final harto de todo lo que había sido el odio de Robespierre. Hay cosas que los hombres no podemos olvidar. Ese es el mundo en el que yo me siento un antimoderno, y por eso pienso que todo aquello que Chateaubriand reivindica, aquellos pequeños objetos que estaban en las vitrinas de nuestras abuelas, aquellas reliquias, aquellas palabras que ponías en un librito... ¿Y si estuviese ahí el secreto del mundo? El lenguaje de los que hablamos con el corazón se parece mucho a veces al lenguaje de los que hablan con la razón. Si yo hablase con un científico acostumbrado a la física moderna de estos temas, le preguntaría: ¿y usted no cree maestro que el secreto del universo puede estar en una pequeñísima partícula?

Ha declarado que en sus sentimientos e ideas es absolutamente sincero, pero que cuando escribe es más sutil. ¿Es la sinceridad una virtud en la literatura?

Probablemente no, puesto que tenemos una larga tradición de escritores que se han basado en la impostación estética, en una falsificación de su propio modo de ser. Lo que ocurre es que hay una serie de escritores con los que yo me siento identificado, entre ellos el viejo Tostói, que llegamos a ser gruñones y a veces antipáticos porque sobre todo con el paso de los años creemos sobre todo en la sinceridad. Ponemos incluso por delante del maquillaje estético una verdad cuando es una verdad sincera, y esto nos convierte en unos escritores extraños.

¿En qué medida siguen siendo valiosas las enseñanzas de Tolstói y la compasión de Dostoievski?

Dostoievski me hizo ver aquello tan bello de elegir entre Cristo y la verdad a Cristo

Total. Para mí son totales. De manera infinita, de manera absoluta. Teniendo una parte de sangre judía, soy religioso, soy cristiano, pero llego a una idea religiosa que es una idea elaborada a partir de mi propia vida. Por eso mis maestros son siempre maestros que me han parecido maestros auténticos que me marcaron ciertos detalles en los que tenía que fijarme y fijar mi mirada, y una vez seducido por eso que tenía que mirar, esos maestros me lo hicieron ver. Por eso ahora cuando leo leo distinto, y pienso que el libro es un relicario sagrado, que te hace ver ciertas imágenes, que cuando vas apresurado no ves. Y ahora los ojos se me van detrás, y bendido sea ese Tolstói gruñón, en que la mitad de las cosas que dice no me interesan, pero me interesa que él me hizo ver cuatro cosas. O Dostoievski, que me hizo ver aquello tan bello, que si me dijesen que Cristo no era la verdad entre Cristo y la verdad elegiría a Cristo. Estos son mis maestros. Elijo al hombre que realmente da la mano a los demás, a las personas que han dado algo, que trabajan por algo, que siembran algo, sean peor vistos o mejor vistos por la sociedad, sean más guapos o más feos. Son gente que son los que a mí me acompañan porque hubo unos maestros que me hicieron verlo.

En el «Libro de Réquiems» decía que habría que fundar un Estado del Dolor para todos aquellos hombres que no tengan otra nacionalidad que el sufrimiento. ¿Es el dolor y la injusticia parte de nuestra condena, de nuestro destino inevitable?

Sí, llego a la conclusión, y ahora hablo muy personalmente, porque a veces me han dado golpes gratuitos y tremendamente injustos, y por eso estoy convencido de que existe la maldad. Es por eso que una de las cosas que más me escandalizan es cuando hay gente que dicen que no existe la maldad, igual que existe la bondad y la he conocido. Igual que existe la generosidad gratuita y la he conocido. Pero he conocido la maldad gratuita, no la respuesta a un golpe. Esa maldad gratuita, que vio Rilke, que es la de los verdugos, la maldad profesional, la he sufrido. Es por eso que yo creo que es muy importante la búsqueda en el corazón de otras formas de ver la vida. Entre los antiguos había sabios que buscaban la pobreza. Porque la pobreza no es un mal en sí, es un mal lo que hemos hecho con la pobreza, la sociedad capitalista moderna actual: la hemos convertido en una cosa antiestética y hasta peligrosa, porque los pobres viven hacinados, porque los pobres viven sin seguridad. Cuando yo hablo de la pobreza hablo de una pobreza que pueda ser preservada, y que tendría que ser preservada porque no es más que sencillez. Es porque debe haber un mundo para los que no tienen grandes ambiciones, porque algunos no tenemos grandes ambiciones materiales, y ese mundo tendría que ser preservado como fue preservado en la Edad Media, en los conventos. Bendita sea Santa Teresa, San Juan, San Francisco de Asís. No dejo de citarlos en mis libros, porque eran gentes que preservaban la pobreza, y la preservaban para encerrar a unas cuantas almas más o menos trastornadas como yo y que decidían que ahí iban a encontrar su tesoro, y no creo que haya argumentos racionales para negarme una cosa que es persona: que no tengo esa ambición de la riqueza. Por eso busco ese Estado del Dolor, que es ese convento, ese santuario, donde se puedan preservar los seres que no ambicionan todas esas cosas que el Estado moderno reparte. No me han dado jamás una beca, no me han dado jamás nada, me han dado la amistad de mis amigos, y con eso tengo de sobra. Me han dado muchos palos porque tengo pinta de rico, y si Dios me da más años tendré pinta de viejo marqués. Ese es el mundo que me ha tocado vivir, por eso creo en un Estado del Dolor donde se preserve el mundo de los que quieren mantenerse de acuerdo con sus sentimientos, con sus ideas. Un Estado aislado del diablo.

El poeta polaco Adam Zagajewski expresó en una ocasión su temor a que Europa se convierta en un museo del mundo, de la humanidad. ¿Cree algo parecido de la vieja Europa?

Sí, no sólo un museo del mundo sino un parque temático donde todo es más falso que Judas, donde las figuras son de plástico. El plástico va usurpando la realidad de las cosas. Todo es un como si. Por eso cuando hablo con mis amigos jóvenes y les hablo de los lugares y de los cafés por donde pasaba de la cultura europea cuando vuelven me dicen: «Mauricio, ya no está, ya no existe, ha cambiado». Todo es lo que falta de nuestra vieja cultura europea, en gran medida destrozado por nosotros los europeos.

Ha dicho de Europa que es un continente que ha cometido errores y crímenes inimaginables, pero también ha trabajado por preservar la dignidad y los derechos humanos. ¿Nos falta ecuanimidad para apreciar lo valioso y nos sobra eurocentrismo tanto para fustigarnos como para enaltecernos?

Eso sin duda, eso es verdad. Nosotros hemos hecho cosas muy bellas, porque forma parte de nuestra historia europea desde el comienzo, hasta lo que se nos critica, desde nuestra Edad Media. Es verdad que en esa época se cometieron crueldades y salvajadas inauditas, pero también había hombres que llevaban la fe, la educación. Ha habido gente que ha hecho cosas grandiosas en nuestra Europa, las hemos tenidos en nuestra Ilustración, cuando se luchaba para evitar supercherías y que a la gente se le contasen mentiras. Todo eso lo hemos dado los europeos. Pero lo que pasa es que a todo eso se superpone la idea de que la política y el Estado forman la parte fundamental de la vida y de la sociedad, y esa parte acaba siendo vedaderamente desagradable. Porque igual que hay Estados que secuestran las relgiones hay estados que secuestran los sentimientos. De modo caemos en ese mundo de cálculo.

¿Cuánto le desasosiega la llegada y las penurias de los que huyen de las guerras en Siria, de la represión en Eritrea, de la falta de futuro en Somalia, y se enfrentan a la fortaleza Europa?

A mí me preocupan mucho porque soy además hijo de emigrantes. Y lo tengo además tan claro porque mi abuelo vino a España cuando creó su casa de litografía porque la Reina María Cristina, que era alemana, había dicho que eran bienvenidos los alemanes que tenían conocimientos del mundo de la impresión.

Torcuato Luca de Tena trajo la primera rotativa de Alemania.

Cuando veo a los emigrantes que vienen veo a mi abuelo. Démosles nuestra cultura

El emigrante cuando llega a un pueblo, no solo el emigrante económico que viene expulsado, o por una guerra, ese emigrante moral viene a integrarse a una sociedad, a una cultura, que para él tiene valores mejores para él y para sus hijos, para su familia. A mí me interesan los emigrantes que van a ser luegos nuevos europeos. Yo soy español. Soy muy español y tengo un nombre que es alemán y judío. Soy por lo tanto hijo de emigrantes y soy muy español, y en mí no encontrarás ni un poquitito de infidelidad a lo que es mi patria, y cuando digo patria no digo nación, digo mi patria, que es la patria española, que es mi lengua. Mi abuelo encontró aquí refugio, se casó luego con una madrileña, y mi padre se casó con una cántabra que era medio andaluza. Por lo tanto cuando veo a esos hombres que vienen en algunos de ellos veo a mi abuelo, y pienso: mañana van a ser españoles. Démosles nuestra cultura, nuestros valores, nuestra historia de América, lo que hemos hecho para que lo continúen. Me da igual cómo se llamen, me da igual el color de piel que tengan. Igual que fueron generosos con los míos y quiero ser generoso con los que vienen.

¿Por qué dice que el viaje es una forma de desorden y por lo tanto el estado perfecto para crear?

Porque el viaje para mí es no sé cuándo salgo y no sé cuándo vengo. El viaje fue para mí toda la vida el ir a la aventura, sin tener un programa hecho. A la gracia de Dios, por eso es el espacio perfecto para crear. Cualquiera que hace cualquier cosa con atención se da cuenta de que no es él mismo quien lo hace. Es un misterio. Es alguien que te va llevando, como te lleva el viento cuando navegas. El viento va cómo sopla. Ese vivir a la aventura es una creación ya de por sí. Cuando viajo voy a lo que Dios quiera, y ese a lo que Dios quiera es igual que cuando escribo, y por eso a veces escandalizo. Ese a lo que Dios quiera es el sentido del viaje, es la rosa de los vientos.

¿Es la escritura la mejor forma que tiene de rezar?

Si para rezar utilizo la voluntad naufrago. Cuando creo, cuando sueño voy haciendo mi propia oración

Si, precisamente por eso. Porque si para rezar utilizo la voluntad naufrago, porque cada vez que intento rezar con una fórmula entonces llega un momento en que me distraigo, pierdo concentración, o alguna parte de la fórmula no es la que me está saliendo del corazón. Sin embargo cuando creo, cuando leo, cuando pienso, cuando sueño voy haciendo mi propia oración, porque voy hablando de lo que creo, de lo que íntimamente me duele, me alegra. Está todo unido, porque hay alegría alegría, hay lágrimas... Porque trabajo desde la emoción.

¿Le da miedo la muerte?

Hoy día no. Y he dudado un segundo por otra cosa. Hay muertes que merecen la pena, como los que mueren tratando de salvar a alguien. La muerte está dada, la muerte está asumida. Tuve dos enfermedades graves, tuve un infarto, y un aneurisma de aorta. Yo creo que un hombre debe luchar con la cabeza alta hasta el último segundo, y debe morir luchando, y si puede ser luchando por otro, mejor.

¿Cómo quiere  ser recordado?

Como soy despistado, saludo a veces a gente que creo conocer y no conozco. Probablemente los que me saludan se equivocan también. Y por eso creo que el colmo de la felicidad es que los que te saluden te reconozcan de verdad, y que los demás te olviden.  

¿Por qué tiene tan mala fama el esnobismo?

Qué esnobs las golondrinas: pasan el invierno en Egipto y el verano en París

Es muy curioso. Ahí fue escandaloso cuando publiqué ese libro, «El esnobismo de las golondrinas». Eso se lo había oído a Paul Morand, a quien traté mucho. Con Paul Morand recuerdo que un día estábamos sentados en la Closerie des Lilas, en París, y pasó una golondrina, y me dijo: «Mauricio, qué esnobs la golondrinas que se pasan el invierno en Egipto y el verano en París». Y entonces pensé que era un gran título para un libro, «El esnobismo de las golondrinas». Y recuerdo que en Inglaterra se ponía en los expedientes de los alumnos que no eran nobles, pero que pretendían estudiar en una universidad donde solo podían estudiar los aristócratas con pedigrí. Me pareció perfecto para esta época que abjura tanto de los aristócrtas con pedigrí. Yo también abjuro de ellos. Aristócrata se es cuando se lleva dentro y cuando no por muchos títulos que te hayan dado o hayas comprado mejor olvidarlos. El que vale es el que llevas dentro, el que te sale del alma, del corazón. Por eso pensé, qué bonito el esonobismo de las golondrinas, y me acordé de Thackeray y «El libro de los esnobs». Y así me puse a escribir la historia de mis viajes por el mundo, que he hecho en todo tipo de transportes, a veces en primera y otras en tercera. Yo he vivido así toda mi vida: unas veces he estado abajo y otras he estado arriba.

¿Quién es Mauricio Wiesenthal?

Yo lo que soy sin duda es un curioso. Disfruto más cuando me enseñan que cuando intento dar una charla. Por lo tanto soy un aprendiz de muchas cosas, porque tengo una facilidad enorme para dejarme seducir, para que me enseñen algo. Cuando veo que alguien está haciendo un espectáculo de algo a mí me atrae. Luego soy sobre todo un indagador, un hombre que quiere conocer, un enamorado de lo que puede significar la vida.