Plácido Domingo (a la derecha) y Andrea Carè, durante la representación
Plácido Domingo (a la derecha) y Andrea Carè, durante la representación - Efe

La ardiente llama del Palau de les Arts

La dimisión de Livermore y la injerencia política comprometen el futuro del teatro valenciano en el estreno de «Don Carlo», con Plácido Domingo

VALENCIAActualizado:

Todavía no se había levantado el telón en el Palau de les Arts y la tensión ambiental ya se hacía presente: «¡Un aplauso para Livermore!», gritaba una espectadora; «¡Conseller, cobarde!», le replicará otro antes de comenzar la segunda parte. Y los aplausos arreciaron en ausencia del interesado. Se hace evidente que doce años después de su inauguración y tras la reciente dimisión de su intendente Davide Livermore, el teatro valenciano ha vuelto a instalarse en la sinrazón de un futuro incierto en el que se cuestiona lo inmediato y lo trascendental.

Para entender lo primero basta leer las razones «administrativas» que han obligado a Livermore a despedirse y entre las que se encuentran la fiscalización por igual de todas las decisiones y contratos, ya sea la adjudicación de un servicio o la contratación de un cantante. Mercancía, al fin y al cabo, y, por tanto, material susceptible de subasta pública. La paradoja del rigor administrativo es tan cierta como la relación de «regalos» recibidos por el intendente y que, a la vista de todos, puede verse en el portal de la transparencia incluido en la página web del Palau. Llama la atención que aparezcan objetos de tanto valor como el folleto con la programación anual del Centro Nacional para la Difusión Musical (CNDM) que su director, Antonio Moral, tuvo la osadía de regalar a Livermore.

Ventolera nacionalista

El problema es que frente a la anecdótica condición de semejante ridículo se atisba otra menos graciosa y que afecta a la definición de una institución permanentemente cuestionada desde que se pusiera en pie tratando de convertirse en un teatro de ópera de referencia internacional. Fue un sueño que hoy es prácticamente imposible de alcanzar ante la ventolera nacionalista y su propósito por darle al teatro un acabado valenciano.

A la cabeza, el conseller de cultura Vicent Marzà, diputado de Compromis y miembro del Bloc Nacionalista Valencià o el secretario autonómico, Albert Girona, quien ha asegurado «no sé qué interés puede tener lo que diga una persona de fuera sobre el Palau de Les Arts», en referencia a varias declaraciones de Plácido Domingo, añadiendo que el futuro responsable artístico deberá conocer los «programas electorales» de los partidos políticos con el fin de gestionar el proyecto artístico de acuerdo con la «filosofía y en colaboración con quien gobierna».

Hay compromisos que dan miedo y además fabrican héroes. Livermore sale del Palau de les Arts crecido en su dimensión personal y profesional, y aplaudido por todos tras una gestión que desde la perspectiva artística a nadie incomodó, a pocos emocionó, tuvo medida ambición, relativo vuelo y prudente riesgo. Pero de ello no se habla.

Lo musical y el contexto

El estreno de «Don Carlo», el pasado sábado, vino a ratificar los parámetros. Dicen que la percha de esta producción estaba precisamente en la presencia de Plácido Domingo reinventándose en el papel de Rodrigo. ¿Barítono dramático? El propio Domingo lleva mucho tiempo explicando que nunca pretendió penetrar en los arcanos de la cuerda y que su actual posición vocal solo puede entenderse desde su condición de tenor. El dúo con Don Carlos no deja lugar a dudas convertido en un encuentro entre «voces iguales», deslucido dramáticamente, monótono, absurdo ante el contraste de fondo de dos posiciones políticas distintas. Es lógico que los más sensatos se enfaden pues no hubo compositor más obsesionado por la caracterización de sus personajes que Giuseppe Verdi. También fue un hombre práctico, es decir un hombre de teatro, y algo habría escrito para el actual Domingo, aunque no habría sido el papel del marqués de Posa, sin duda.

Se atisba así en una cuestión más sentimental. A sus setenta y muchos, que ya es admirable para quien siempre entendió la carrera con un sentido olímpico, Domingo cree que todavía tiene algo que aportar al público. Lo confirma este «Don Carlo» en el que las faltas de todos los demás se subsumen en un magma de aparente buen acabado general. La madurez de los destellos vocales de Domingo, la importancia que aún conserva la voz en momentos culminantes en los que la fuerza se impone a la flaqueza, el estilo de una escuela musical poco frecuente asomando tras la irregular ejecución, a veces titubeante, siempre entregada y apasionada, es notable y hasta emocionante. En Valencia, donde ha sabido hacerse fuerte cantando y también hablando, todo adquiere un entusiasmo concreto.

Debe reseñarse el trabajo del maestro Ramón Tebar por lo que tiene de buen oficio a la hora de hacer cómodo el soporte orquestal. Los «tempi» sujetos, el volumen bien ajustado y la flexibilidad en el acompañamiento destacaron sobre una versión que fue creciendo desde el problemático y desordenado comienzo, tan difícil de concertar entre el interno, la escena y un foso acústicamente incomodo, hasta la calidad final de un sonido enjundioso y expresivo. Atento siempre al escenario, Tébar se adentró más claramente en la sustancia de la obra en las partes más instrumentales, a la cabeza el auto de fe, que en el acompañamiento al reparto, tantas veces dicho de una manera pulidamente superficial.

Lo mejor, el auto de fe con el coro

No sería justo decir que en este «Don Carlo» se cae en lo convencional por mucho que la puesta en escena procedente de la Deutsche Oper de Berlín y firmada por Marco Arturo Marelli se afiance en gestos comunes. Las paredes de cemento, un vestuario anacrónico insistiendo en el juego heterogéneamente intemporal, y una parca predisposición expresiva, envuelven un entramado escenográfico sostenido sobre el ingenio de diversos muros que cerrados fabrican una gran cruz y cuyo movimiento propone varias estancias. Lo mejor vuelve a ser el ya citado auto de fe con el coro en balcones perimetrales. El trabajo de cambio escénico que se hace a escondidas del público es notable y de ahí que se permitiera a los técnicos salir a saludar al final.

Para ellos y para todos, los aplausos fueron muchos bajo la convicción de estar ante un reparto dominado por voces con presencia antes que por cantantes de fuste expresivo. Significa que este «Don Carlo» triunfa por su salud vocal, dando juego a Alexander Vinogradov para que dibuje un Felipe II al que difícilmente se le adivina la contradicción de los sentimientos pero sí una marmórea presencia. O Andrea Caré, protagonista de notas altas pletóricas y algo menos de encanto lírico y regularidad. Su «duetto» con Elisabetta anunció la viveza de María José Siri, quien junto con la incisiva Violeta Urmana, en el papel de Éboli, encarnó lo más consolidado desde una perspectiva caracterológica. Al acabar la representación y ya entrada la noche, luces de colores iluminaban los edificios de la Ciutat de les Arts i les Ciéncies. Al Palau de les Arts lo iluminaba un rojo muy singular. El símbolo del poder, del amor y de la fiesta. El presagio de la horterada.