Lo dice la RAE: limpia, fija y da esplendor
Lo dice la RAE: limpia, fija y da esplendor - Nieto

Anatomía del anglicismo

El fenómeno no es nuevo, pero sí mayor que nunca, según los expertos: estamos trufando el habla con términos ingleses, muchos de ellos innecesarios

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Hot dog gourmet. Asian street food. Take away. Shakes. Fresh juices. No es la oferta gastronómica del día, ni un curso intensivo de Opening: son apenas un par vistazos a los carteles que cuelgan por el centro de Madrid, entre la Plaza del Sol, Callao y Gran Vía, para ser exactos. Incluso hay una zapatería en la que los dueños se definen como shoemakers. Y todavía no hemos puesto la oreja. Son solo letreros, unos luminosos, otros no, pero dan buena muestra de cómo el inglés se abre paso en nuestro día a día. El signo de los tiempos, que dirían algunos. Los tiempos modernos, los tiempos donde «La guerra de las galaxias» se pronuncia «Star wars».

Algo lejos de ese barullo de coches y tiendas, en su despacho, Darío Villanueva, director de la Real Academia Española, entorna los ojos, se ajusta las gafas y tuerce el gesto. Dice que esto es cosa del papanatismo, esa tendencia a utilizar el inglés cuando no viene a cuento. «El complejo de inferioridad del español frente al inglés es incomprensible e injustificable. A mí se me abren las carnes cuando recibo una invitación que empieza diciendo “save the date” en lugar de “apunte en su agenda”», protesta el académico.

En su cruzada particular, Villanueva aboga por el sentido común. Los préstamos entre lenguas han existido siempre, y ahí están el fútbol, los trenes o los cócteles para demostrarlo. El problema, dice, es que ahora los anglicismos se utilizan sin ningún reparo, como si por el mero hecho de calzar el término en inglés este tuviera más valor. Decimos Fashion Week y no Semana de la moda, hablamos de deadlines en lugar de fechas límite, usamos la tablet y no la tableta. «El porqué de esto no obedece a ninguna razón inherente, sino a un comportamiento social que me parece inoportuno y reprobable», continúa. Entonces, señala un documento encima de la mesa que recopila los mejores hits del papanatismo español: invitaciones que exigen un dress code, entradas para un desfile en front row o manicuras que se hacen en un lugar llamado Nails Factory.

Aunque el «cabreo» nace de las particularidades, parece que ese abuso del inglés es algo generalizado. A través de Google Trends (que no tendencias) puede rastrearse la popularidad que tienen las palabras en el buscador, que nos ofrece los datos en una escala del uno al cien, pues las cifras absolutas de la compañía son absolutamente opacas para común de los mortales. Así, vemos que en los últimos doce meses tablet tiene 55 puntos de popularidad por los 4 que tiene tableta. Es una diferencia abismal que se repite con smartphone y teléfono inteligente, con online y en línea, con link y enlace, con community manager y gestor de redes sociales. Aunque para los catastrofistas hay esperanza: magdalena y batido siguen ganando la batalla contra muffin y smoothie. Con el dulce, por ahora, no se juega.

«Mi impresión es que en estos últimos quince años, marcados por un gran avance tecnológico, hay una tendencia creciente del uso de anglicismos, muchos de ellos innecesarios», comenta Javier Lascurain, coordinador general de la Fundéu BBVA. Tiene sentido, explica, que cuando nace un nuevo invento se tienda a utilizar el neologismo. Así ha ocurrido con smartphone: aunque existe una traducción sencilla, es una palabra que ha calado hondo y que difícilmente dejaremos de usar. «Pero el running no es algo nuevo, existía antes y se llamaba correr. Ocurre lo mismo con las cosas baratas, que ahora son low cost», asevera.

Lascurain insiste en que esta tendencia de rebautizar conceptos, de calzar anglicismos en el habla común, no solo responde a la potencia cultural y tecnológica del mundo angloparlante, que extiende su lengua, sino también a un cierto esnobismo. «En esa preferencia por utilizar lo extranjero también hay un desprecio por lo propio y un desconocimiento de nuestro idioma», lamenta. Así, parece que la ropa ancha se vende mejor como oversize y que un bolso de mano o de fiesta se coloca mejor como clutch.

Núria Padrós, consejera delegada de Ogivly Pr, un puesto popularmente conocido como CEO (aquí y en Linkedin), lo explica así: «En comunicación, las palabras se gastan de tanto usarlas. Por ejemplo, lo low cost se asocia con con algo de bajo precio, pero no de baja calidad. No tiene las connotaciones negativas de lo barato. Aunque esto ocurría más al principio, ahora ese anglicismo ha perdido parte de su “prestigio”». De todas formas, añade, al final el guardián del mensaje es la marca, que es la que tiene la palabra final sobre su imagen, sobre la forma de venderse, sea en inglés o en español.

Padrós se mueve en un mundo de briefings, contrabriefings, engagement y tips. Hay muchas palabras que tienen sustitución, otras no, porque aportan matices. «Internamente luchamos mucho, pero no es fácil. El lenguaje publicitario se inventa en el mundo anglosajón», afirma. Además, muchas de las grandes compañías de publicidad y comunicación son multinacionales, con reuniones diarias en inglés. «A veces, cuando tengo una llamada con alguien del extranjero, digo que tengo una call. Y así lo anoto en la agenda. Me sale automático», cuenta entre risas.

Los préstamos lingüísticos no son exclusivos de nuestro siglo, aunque ahora se ven sublimados por la tecnología: todo se mueve más y más rápido. «Hay mucho contagio cultural. Ahora la gente viaja con bastante frecuencia. Los negocios a un lado y otro del océano se parecen cada vez más», apunta Padrós. Pero no es solo eso. «El fenómeno es mucho mayor hoy que en el pasado. En la sociedad de la información, los estímulos y los mensajes han proliferado de una manera extraordinaria», agrega Villanueva. Y matiza: ya en el siglo XVIII, en el momento de fundación de la Real Academia Española (RAE), los académicos estaban muy preocupados por la influencia del francés en nuestro país. «La historia de las lenguas es la de una evolución continua, en la que influye mucho la relación con otros idiomas. Esto no hay que rechazarlo, pero sí este desplazamiento exagerado de los términos españoles en favor de los ingleses», recalca.

Más allá de señalar los errores, de advertir a los hablantes, poco se puede hacer. Que los medios de comunicación sirvan de ejemplo, que la RAE y la Fundeu intenten ofrecer respuestas rápidas a las dudas que generan los neologismos, que, en fin, se intente imponer un poco de sentido común. «Podemos informar, sugerir, documentar, seducir. Pero no podemos ser el inspector de la lengua. La lengua va por donde va», reconoce Villanueva. Aquí coinciden los distintos sectores: todos hablan de un ente vivo e incontrolable, con unas dinámicas propias de las que todos somos agentes y espectadores. Esto ya lo decía el filósofo de «Jurassic Park» (¿o era «Parque Jurásico?»), en una escena memorable: al final, la vida se abre camino. Y la lengua, por muchos dientes que haya, también.