Zhang Desheng, pintando porcelana
Zhang Desheng, pintando porcelana - pablo m. díez

Dos mil años fabricando porcelana, una vieja tradición «made in China»

El Museo de Cerámica de Jingdezhen recupera los viejos métodos artesanales

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Junto al papel, la brújula, la pólvora y la imprenta, la porcelana es otra de las mayores aportaciones chinas a la Humanidad. Aunque algunos hallazgos arqueológicos datan las primeras vasijas de barro cocido en el Paleolítico Medio y Superior (hace unos 20.000 años), la cuna de la tradicional cerámica china es la ciudad de Jingdezhen, en la provincia de Jiangxi. Tal y como hoy se conoce, aquí se vienen produciendo piezas de porcelana desde hace 1.700 años, durante la Dinastía Han.

Varios siglos después, en las dinastías Sui (581-618) y Tang (618-907), la cerámica se extendió por todo el país, pero no alcanzó su primera época de esplendor hasta la poderosa estirpe Tang (960-1279), cuando se excavaron hornos subterráneos capaces de producir miles de piezas. A partir de la dinastía Ming (1368-1644), China exportó a Europa su característica porcelana blanca pintada de azul a través de la Ruta de la Seda y de las expediciones abiertas por marinos portugueses y holandeses.

Tanto en esa época como en la dinastía Qing (1644-1911), de los hornos de Jingdezhen salía la mejor cerámica para la familia imperial china. Convertida desde entonces en la principal industria de la ciudad, la porcelana da trabajo en la actualidad al 75 por ciento de los habitantes de Jingdezhen, pero su fabricación se ha mecanizado tanto que el proceso artesanal corre riesgo de desaparecer.

Para impedirlo, el Museo de la Cerámica de esta localidad ha reconstruido desde 2008 seis hornos de las dinastías Ming y Qing con los que pretende perpetuar una tradición milenaria. Junto a ellos, repartidos entre un bucólico bosque de bambú, hay otros cuatro, entre ellos el mayor del mundo con su clásica forma de huevo. «Nuestro objetivo no es solo protegerlos para que sigan formando parte del patrimonio cultural de China, sino que continúen operativos y a pleno rendimiento», explica a ABC el director del Museo, Zhou Ronglin, tras abrir uno de ellos, donde se ha cocido un enorme jarrón con la figura imperial del dragón.

Con una lanza de hierro, y dándose ánimo con un grito de guerra, el maestro del horno, Hu Jiawang, acaba de romper el muro de ladrillos que tapaba su abertura. Durante los últimos siete días, allí dentro se ha cocido el imponente jarrón a una temperatura de 1.650 grados, superior a la de los hornos mecánicos. «Aunque exigen un tiempo de cocción mayor, los hornos antiguos dan más contraste y brillo a la porcelana», detalla el veterano maestro, de 71 años, contemplando con orgullo el jarrón, al que ahora le esperan entre siete y diez días para secarse y solidificarse.

Ese es el último de los setenta y dos pasos que componen el proceso de elaboración de la cerámica china. Al principio de este ciclo, dándole la primera forma al barro con un molde sobre un torno, se halla Wang Shaohui, quien a sus 18 años encarna la sexta generación de una familia de alfareros locales. «Cuando tenía 13 años, me enseñó mi abuelo para que siguiera la tradición, pero en realidad yo me quiero dedicar a otra cosa», confiesa el muchacho en uno de los talleres del Museo, donde sus visitantes pueden observar el método artesanal de fabricación de la porcelana.

Trabajo sucio

A pesar de su belleza final, la alfarería es un trabajo sucio, lento y sacrificado que se ha modernizado con máquinas para acortar y abaratar la producción. «La pérdida de la tradición me provoca mucha ansiedad porque la mitad de la gente de esta industria ya no está familiarizada con el proceso artesanal», se queja Xing Feng, otro maestro de 68 años especializado en limar las asperezas del barro para que la porcelana se quede totalmente lisa y suave. Como su familia ya estaba empleada en la fábrica estatal de Jingdezhen durante la época del Kuomintang, antes del triunfo de la revolución comunista, Xing empezó a trabajar allí cuando tenía solo ocho años. «Hay que tener menos de doce años para aprender bien el oficio, porque al crecer los dedos van perdiendo flexibilidad y esa es la clave del moldeado», nos alecciona.

Recuerda los viejos tiempos en que la factoría estatal Bandera Roja, ya bajo el régimen de Mao, tenía 2.000 empleados, entre ellos tres mujeres a quienes sus padres les habían enseñado esta técnica. Pero él no ha podido trasladarle su experiencia a sus tres hijos ni a su nieto porque todos han optado por ocupaciones distintas. «No se lo reprocho; se trata de un trabajo muy duro en el que es fácil sufrir enfermedades respiratorias por el polvo del barro que se cuela en los pulmones, como le ocurrió a mis padres», se resigna Xing mientras sigue limando una taza.

Unos metros más allá, Zhang Desheng, que se ha pasado 50 de sus 67 años pintando porcelana, sabe que será la cuarta y última generación de una familia de alfareros. Su hijo ya le ha dicho que quiere dedicarse a otra cosa, pero al menos a él le queda el consuelo de enseñar su técnica manual a sus estudiantes. Con sus veteranos maestros, el Museo de Jingdezhen lucha para evitar que se pierda la bella tradición de la porcelana china.