historia

Drake, el pirata favorito de la Reina Isabel de Inglaterra

Un documento inédito muestra la agitación pública que produjo su incursión en Galicia

POR GEOFFREY PARKER - Actualizado: Guardado en: Cultura

Antes incluso de nacer,Isabel Tudor ya era malquista en España. El término anabolena –que significaba «enredadora», «loca» o «prostituta»– era tan conocido en la España de los Austrias como ahora. Viene del nombre y apellido de Anna Bolena, a la que sedujo Enrique VIII de Inglaterra, antes de divorciarse de su esposa, Catalina de Aragón, con el fin de casarse con Ana –que ya estaba encinta de Isabel.

La antipatía que generaba Isabel, ahora Reina de Inglaterra, aumentó notablemente en 1585 cuando llegó a la corte de Felipe II la noticia de que Sir Francis Drake y una flota inglesa habían desembarcado en Galicia y destrozado imágenes religiosas, maltratado a clérigos y capturado numerosos rehenes y barcos españoles. En Madrid, un mes después, un ministro principal del rey lamentaba «profundamente que la reina de Inglaterra nos haga la guerra de forma tan descarada y deshonesta, y que nosotros no podamos vengarnos».

En cualquier caso, la guerra «descarada y deshonesta» continuaba con destructivos avances de Drake en Canarias, en las islas de Cabo Verde y por último en el Caribe, donde saqueó primero Santo Domingo, luego Cartagena de Indias y finalmente San Agustín en La Florida. Todo esto era de sobra conocido hasta ahora.

Pero lo que no sabíamos hasta hoy es el tremendo impacto de aquellos eventos en la opinión pública de Madrid, revelados en un documento que guardaba la recientemente descubierta Colección Altamira de la Hispanic Society of América en Nueva York. Según este texto, en julio de 1586 alcanzaron a Felipe II, en su palacio de El Escorial, los rumores insistentes de que en Madrid «se habla muy sueltamente sobre los daños que ha hecho el inglés Francisco Draque y con palabras tan descompuestas y desordenadas, dando a entender que no se ha puesto el remedio que se pudiera, que hacen sospechar se lleva fin a poner mal animo a los vassallos, no mirando en la gran prudencia y consideración con que su Majestad ha attendido y attiende a preuenir y proueer todo lo possible».

El conde de Barajas, presidente del Consejo de Castilla, recibió órdenes de investigar. Su respuesta fue extraordinariamente franca: «Aunque en todas partes ay personas malas y de inquietas intenciones», concede, en este asunto la mayoría de los críticos «se mueven con zelo de dessear ver a sus ojos lo que Su Magestad provee en secreto para las cosas de su servicio y bien destos reinos, y que así de mano en mano se va cundiendo esta materia por ser tan pública y de tanta importancia la que públicamente se vee que depende de Inglaterra y del inglés Francisco Draque».

En resumen, «esto de los Ingleses y de las Indias es tan extraordinario y tan público»... Esta es quizá la primera referencia clara de una «esfera pública» en la España de los Austrias: un debate abierto entre los vasallos comunes, concernidos por lo que el gobierno estaba haciendo –y dejando de hacer– en una materia «tan extraordinaria y tan pública».

El interés público en Drake explica por qué, cuando el duque de Medina Sidonia pasó una noche en Valladolid, en su retorno desde Santander, tras el desastre de la Gran Armada en 1588, «estuvo toda la noche la calle llena de pícaros, que le dieron la baya diciendo: ‘Drac, Drac, que viene Drac’, sin cesar». El pirata favorito de la reina se había convertido en un antropónimo antonomástico (comparable a los mitos españoles de la «Celestina», «Don Juán», o «Quijote») que personificaba, en este caso, la superioridad naval inglesa.

El favor de Dios

De tal modo que, en mayo de 1589, Drake llevó al rey Felipe II a temer haber perdido el favor de Dios. Durante más de un año, algunos ministros le instaron al rey a promover una Visita (una investigación secreta) a la Compañía de Jesús en España. Pero, cuando ya parecía a punto de doblegarse, llegó a la corte la noticia del nuevo desembarco en Galicia liderado por Drake. Felipe enseguida vio una conexión divina entre ambos hechos: «Ya havréis sauido el auiso que se ha tenido oy de La Coruña de quedar la armada inglesa en aquel puerto, y haver echado gente en tierra», garabateó en una consulta urgiendo la Visita. «Y así no sé si es tiempo de mouer agora luego ésta de la Compañía». Concluyó: «Creo que basta por agora lo mouido». La Visita nunca se produjo; así que Sir Francis Drake preservó la integridad de la Orden Jesuita en España.

La fascinación popular con Drake inspiró a Lope de Vega a componer un poema épico en 1597, «La Dragontea», que relataba la carrera de Drake desde su oscuro nacimiento a su ignominiosa muerte en el Caribe. «Dos cosas me han obligado a escribir este libro», explicó Lope en su dedicatoria al Príncipe de Asturias, el futuro Felipe III: «La primera, que no cubriesse el olvido tan importante victoria; y la segunda, que descubriesse el desengaño lo que ignoraba el vulgo – que tuvo a Francisco Draque en tal predicamento, siendo verdad que no tomó grano de oro que no le costasse mucha sangre».

En aquel momento, el Rey no estuvo suficientemente impresionado como para otorgarle una licencia de impresión y se la negó en Castilla; y cuando Lope lo publicó en Valencia, a pesar de todo, el gobierno ordenó secuestrar todas las copias.

Después, la memoria del que fuera pirata favorito de la Reina Isabel I se fue desvaneciendo, de tal modo que en la España de hoy la personalidad de la era Tudor mejor conocida ya no es Francisco Draque, sino Ana Bolena.

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