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Niño grande en un museo de adultos
ABC Tim Burton, en el rodaje de la película «Sweeny Todd. El barbero diabólico de la calle Fleet»
El Museo de Arte Moderno de Nueva York era ayer Hollywood. Pero un Hollywood corregido y aumentado por la fantasía del director de cine, dibujante, marionetista, animador, fotógrafo, poeta -¿quién da más?- Tim Burton. El MoMA le dedica la mayor y más ambiciosa retrospectiva sobre un cineasta que el museo ha albergado nunca. Y el edificio casi se les viene abajo.
Podría una plantearse si el MoMA no anda escaso de fondos y para eso recurre a exposiciones «comerciales» en el sentido más literal del término: ayer se celebró una gala en honor de Tim Burton a beneficio del museo, con asistencia de su compañera, musa y madre de sus hijos, la actriz Helena Bonham-Carter, y el actor de cabecera familiar, Johnny Depp. Hubo quien pagó 75.000 dólares por sentarse a cenar en tan fascinante compañía.
Pero malas lenguas y envidias aparte, la exposición es un fenómeno, y como tal ha retumbado en Nueva York semanas antes de su apertura al público el domingo. Incluye 700 piezas elaboradas a lo largo de 27 años. Hay material inédito que aflora por primera vez. Hay piezas diseñadas ex profeso para esta exposición. Hay obras que han viajado desde destinos tan distantes como Singapur y Barcelona, donde se encuentra Grangel Estudios, de los hermanos Carlos y Jordi Grangel, co autores de «La novia cadáver».
Los Grangel han trabajado con Steven Spielberg, con Ridley Scott y con la casa Pixar. Aun así se les veía impresionados por estar compartiendo nada menos que pared del MoMA con Burton, de quien sólo saben decir maravillas. Le conocieron en una reunión en Londres en 2002, tres años antes de ver la luz «La novia cadáver». Burton había visto trabajos suyos y decidió encargarles directamente los 82 personajes de la película.
«Ojo, que él no te describe lo que quiere, te lo dibuja», recuerda Carlos Grangel. Este dato hace más impresionante si cabe la enorme libertad creativa que les dejó: les puso a la altura de él mismo y una vez los dibujos cobraron forma y vida, los defendió a capa y espada de cualquier veto ni censura de la productora. «Nunca habíamos visto algo así, este hombre es un genio de visión estratosférica y además es de una integridad extraordinaria», subrayan. Burton insistió ante los comisarios en que en esta exposición tenían que estar sus colaboradores de Barcelona.
Complejo rompecabezas
A los comisarios, Ron Magliozzi y Jenny He, Burton les agradeció ayer que hayan sido capaces de montar este complejo rompecabezas de dibujos, muñecos, fragmentos de animación y de película, trajes, esculturas, polaroid «tomadas de noche cuando descansaba de su trabajo de día, que era dirigir una película», etc, «y encontrarle sentido a mi vida». «He tenido muchas experiencias surreales en mi vida, pero esto es como verme desde fuera de mi cuerpo», bromeó Burton, que ha producido la película de animación «Número 9», que se estrena el 1 de enero.
Había comparecido más frikigótico que nunca. Con los pelos en guerrilla, con unas enormes gafas de sol -de las que no se apeó ni en el sótano- azules, a juego con la camisa, sumariamente afeitado y lleno de energía. Un niño grande en un museo de adultos. «Desde su fundacion, el MoMA tiene claro que el arte moderno no es sólo pintura y escultura», proclamó el director de la institución, Glenn Lowry. Por supuesto. Pero en el caso de Burton no se trata de abrir simplemente el foco para incluir el cine, sino para dar cabida a un voraz arte global, capaz de devorar todos los formatos y plataformas con tal de seguir realimentándose. Burton es tan versátil como Leonardo da Vinci. Y mucho más divertido.
La afortunada audiencia que ayer deambulaba por la exposición, aún no oficialmente inaugurada, oscilaba entre la erudición pop y el salto hiperestelar a la infancia. Particularmente, en Estados Unidos, la estética Tim Burton es como un Halloween perpetuo. Un mundo siniestramente de risa. Una inextinguible inocencia gamberra.
También es una amable puerta abierta a «los más profundos miedos», señaló Lowry. Burton es, entre otras cosas, célebre por padecer una enfermedad típica de genios, una variedad suave de autismo llamada síndrome de Asperger. Es una patología inofensiva para el espectador y que en el autor suele dar pie a cuadros brillantemente obsesivos.
Y ésa es, sin duda, una de las impresiones predominantes al tener repentina visión global de la obra y las imágenes de Burton: su obsesiva coherencia, que aumenta la fascinación. También la posible compasión por el niño que idea el dibujo de un niño que piensa cosas y después de pensar las piensa: «Soy demasiado pequeño para pensar esto». O bien: «Nadie sabe nada de mí, nadie se figura lo que sé y lo que siento». O que se entrega a inacabables juegos donde la imagen reproduce literal y sorprendentemente frases hechas del lenguaje. Con lo divertido y con lo horrible que puede llegar a ser eso.
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