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Crítica de Muchos hijos, un mono y un castillo: Madre desmadre

Gustavo Salmerón reflexiones y sentimientos a su madre, y ahora presenta este documental que es un ventanal abierto a ella y a su familia

Julia Salmerón y su mono
Julia Salmerón y su mono
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Podría ya considerarse como un género cinematográfico que no inauguró, pero sí le puso nombre, Pedro Almodóvar: el género «todo sobre mi madre». Y para abordarlo sólo se necesita talento, paciencia, una mirada pasional, divertida y sin pudor hacia sí mismo y los suyos, y por supuesto no una madre especial (todas lo son), pero sí capaz de comunicarse con la cámara con esa naturalidad y frescor que para sí hubiera querido Lawrence Olivier. Gustavo Salmerón, actor, comenzó hace tres lustros a arrancarle momentos, reflexiones y sentimientos a su madre, y ahora presenta este documental que es un ventanal abierto a ella y a su familia, un prodigio de extravagancia, humor seco y drama húmedo ante el que uno se defiende de la única manera posible: una trenza de sorpresa, alegría y tristeza.

El personaje central, Julita, la madre, es por completo extraordinario, comparable en fuerza y personalidad a la Carmina de Paco León, aunque distante en filosofía y «macguffin vital». En Carmina el «macguffin» era una partida de jamones y en Julita es la búsqueda y conservación de una vértebra de la bisabuela. Mujer de tres deseos, los que se enumeran en el título, y de tres sueños realizados, que habla de la muerte como si saliera de una película de Peckinpah, y que conoce y reflexiona sobre lo devastador del tiempo con apisonadora franqueza. Tan alegre y decadente como lúcida y triste.