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Crítica de Una especie de familia: Monólogo Lennie

El argentino Diego Lerman encuentra en el rostro angustiado de la actriz Bárbara Lennie el tono desesperado con el que contar su historia

Bárbara Lennie, en «Una especie de familia»
Bárbara Lennie, en «Una especie de familia»
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El argentino Diego Lerman encuentra en el rostro angustiado de la actriz Bárbara Lennie, que sale en todos los planos de la película, el tono desesperado con el que contar su historia, la de una madre truncada por la desgracia que ansía reanudar su función maternal con un recién nacido en otra mujer, previo pacto. Que estamos en un drama opresivo y húmedo nos lo avisan ya las primeras imágenes de lluvia, cristales de coche, rostro enmohecido y tiempo detenido. Hay mucha pretensión trágica y mucha sordidez social en el desarrollo que Lerman le impone al trayecto lleno de enigmas y lágrimas que recorre ese personaje atormentado y que se enfrentará, desarmada de ánimo, a todos los males de nuestro tiempo, o de cualquier tiempo, la codicia, la burocracia, la soledad, el desconcierto y un magma de legalidad, clandestinidad y complicidades ininteligibles que actúan como pared infranqueable. La historia es penosa, y hay que enfocarse en la interpretación abrumadora, en presencia y sentimiento, de Bárbara Lennie, actriz sin duda mejor dotada para personajes más poliédricos que el de esta Malena, muy desgarrada, sí, pero monolítica y monocromática en su tristeza y tenacidad. Y tiene interés sociológico el contraplano, la madre biológica y su ambiente paupérrimo, y el engranaje sucio que mueve su antinatural acto.