El señor de los anillos

IGNACIO CAMACHO
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POCAS personalidades de la vida pública española han transitado de la dictadura a la democracia con la naturalidad y el prestigio con que supo hacerlo Juan Antonio Samaranch, el Papa olímpico. Desde la plataforma teóricamente neutral del deporte supo construir una estructura de poder y de influencia que lo mantuvo a salvo de las vicisitudes de la política. Tuvo vara alta en el franquismo y fue prócer -y noble- en la monarquía. Simpatizó con el nacionalismo sin perder anclaje en la españolidad. Logró obtener el apoyo de los soviéticos, de los norteamericanos y hasta de los chinos; cerró la Guerra Fría con un lustro de antelación y detectó la progresiva fuerza de los países emergentes. Tejía con sutileza y perspicacia redes diplomáticas transversales que le permitían cruzar las líneas rojas de un mundo en conflicto. Hermético y glacial, manejaba los resortes del soft power, el poder blando, con una autoridad invisible; durante décadas fue el español con más ascendiente internacional. Y nunca dejó de hacer país. Primero saldó con Barcelona la deuda moral que latía en su corazón catalán; más tarde, incluso cuando ya sabía que su influjo en el sanedrín olímpico era testimonial por haber perdido la capacidad de otorgar favores, intentó presentar la candidatura de Madrid como un último homenaje casi póstumo a su persona.

El gran activo de Samaranch fue su apuesta pionera por el deporte como generador de negocio. Lobbys, marcas, patrocinios, marketing. Su impulso de profesionalización reactivó el olimpismo y lo proyectó como un ámbito de enorme relevancia y una potente actividad transformadora. Fue él quien convirtió los Juegos en una formidable máquina de dinero a través de los derechos de televisión, y quien los consolidó como factor de regeneración urbana. Desde el CIO urdió una malla planetaria de intereses cruzados en cuyos entresijos se movía con una habilidad superdotada. Era un político al que se le quedaba estrecha la política; una de esas mentalidades de la modernidad capaces de comprender a tiempo y antes que los demás que el verdadero poder no está en los juegos de representación sino en el control de los mecanismos de influencia.

Fue un pontífice laico que dirigía desde una suite de Lausana los hilos de la nueva religión del deporte. Sólo se le escapaba el fútbol, una iglesia paralela y cismática en permanente tensión con el movimiento olímpico. Primero equilibró el pulso y luego lo ganó. Cuando él llegó a la cúpula del CIO las Olimpíadas eran casi un apéndice del rutilante carrusel futbolero; cuando se fue, erosionado por una corrupción que no pudo limpiar, había tortas por organizarlas porque su rentabilidad económica y social era mucho más rápida, notoria e intensa que la de los Mundiales. Como deportista apenas hizo nada relevante; siempre supo que el verdadero triunfo no consiste en ganar medallas, sino en entregarlas.