Ofensiva de ETA contra Navarra

ABC | MADRID
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EL sexto atentado contra la Universidad de Navarra pudo ser «una tragedia enorme», según lo calificó el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. Afortunadamente, el coche bomba que colocaron los etarras en el campus universitario sólo provocó veinte heridos leves, pero este nuevo golpe terrorista tenía todas las condiciones necesarias para haber causado una masacre. Por lo pronto, el aviso de los terroristas a la DYA alavesa fue, como mínimo, equívoco, porque no concretó la universidad en la que habían colocado el coche bomba y esto hizo que la búsqueda se limitara a los centros universitarios de Vitoria. ETA no se merece nunca el beneficio de la duda, porque quien hace estallar un coche con 80 kilos de explosivos está buscando muertos. Además, el vehículo se situó en pleno campus de la Universidad de Navarra, un día lectivo y estalló a media mañana. Sencillamente, es un milagro que no provocara víctimas mortales.

Dos días antes, las Fuerzas de Seguridad del Estado habían detenido a los integrantes del «comando Nafarroa», con armas, explosivos y planes de atentados. El que ETA cometió ayer ha podido ser la réplica criminal a la operación policial, porque el coche empleado en el atentado fue robado el miércoles en la localidad guipuzcoana de Zumaya. La rapidez en la ejecución del atentado demuestra que ETA quería un golpe inmediato, pero hablar de precipitación puede ser un error porque induce a confusión sobre el significado de esta forma de proceder. Si ETA puede organizar un atentado de esta envergadura en menos de veinticuatro horas -robo del coche, montaje de los explosivos, traslado del vehículo y fuga de los autores-, hay que temer que su estado actual, aun debilitado, le permite sostener una actividad terrorista prolongada, con golpes brutales y causando muertos, apoyada en una red logística instalada en el País Vasco con mayor extensión de la prevista. Tampoco se debe ignorar el momento en el que ETA golpea de nuevo en Navarra. La crisis política entre PP y Unión del Pueblo Navarro es un elemento de inestabilidad que observarán los nacionalistas con detenimiento para rentabilizarlo electoralmente, más aún si los socialistas mantienen su política de ambigüedad con el nacionalismo vasco. ETA está atenta y presiona en una comunidad foral que es, en el imaginario separatista vasco, un territorio irredento, sentimiento compartido también por el nacionalismo panvasquista -reforzado electoralmente en los últimos comicios autonómicos-, que pone lo suyo para atizar el «conflicto político», como ha sucedido con el «progrom» lingüístico impuesto en la localidad navarra de Berriozar, con la decisión de su ayuntamiento -en manos nacionalistas- de elaborar un censo de vecinos euskaldunes. Todo suma para el objetivo común de empujar a Navarra a su integración en Euskal Herria.

Es fundamental para defraudar las expectativas de ETA que exista unidad política, sin fisuras y con objetivos claros, de los partidos nacionales, con el refuerzo, en este caso, de UPN. Las condenas retóricas de los partidos nacionalistas a ETA son, por supuesto, bienvenidas, pero pierden valor cuando estas formaciones muestran tan claramente su comunidad de objetivos políticos con los terroristas. No basta con discrepar de los medios violentos, si al mismo tiempo se comparten los fines estratégicos, porque la experiencia demuestra que esto último siempre acaba creando entre ETA y los nacionalistas un frente común, como lo fueron el Pacto de Lizarra o los planes del lendakari Ibarretxe. Navarra vuelve a estar en el punto de mira de ETA y sería un error no enmarcar esta ofensiva en un análisis oportunista de los etarras sobre las posibilidades del nacionalismo panvasquista en esta comunidad foral. La respuesta, una vez más, debe ser policial, pero también política, esta última a cargo de los partidos nacionales, que deben entender que la derrota de ETA tiene como condición la defensa cerrada de la Constitución, del Estatuto de Guernica y del Fuero navarro frente a los asaltos nacionalistas.