Salvador Benítez muestra su décimo de lotería durante el último sorteo al que acudió
Salvador Benítez muestra su décimo de lotería durante el último sorteo al que acudió - julián de domingo
lotería de navidad 2014

El último viaje del «loco de Matarraña»

Era un habitual del sorteo de Lotería de Navidad. Sus trajes repletos de botones le hicieron famoso. En 2001 vaticinó: «Esta vez será la última», y acertó. Le echarán de menos

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Jamás fallaba. Acudía desde su domicilio de Céret, en el sur de Francia. Siempre puntual a la cita cada 22 de diciembre en el Salón Nacional de Loterías. Y en la Puerta del Sol, para dar la bienvenida al Año Nuevo. Así, durante 24 años consecutivos. Sus trajes le habían hecho famoso en toda España. Nunca repetía modelo. Tenía un amplio repertorio de levitas plagadas de botones de todos los tamaños, colores y formas que se decoraba él mismo, junto a su inseparable paraguas y chistera.

Su atuendo provocó uno de sus apelativos más célebres: «El señor de los botones», aunque a él le gustaba más otro: «El loco de Matarraña», porque le recordaba a su origen, la comarca turolense que le vio nacer –Teruel también existe–. Salvador Benítez Griñó, de 86 años, abrió los ojos en Valderrobles en 1918.

Jamás le tocó el «gordo», aunque era un hombre afortunado. Los hados estaban de su parte. Huyó de España, rumbo al país galo, cuando la Guerra Civil daba sus últimos estertores. Allí estuvo a buen recaudo de la represión franquista hasta que le sorprendió la Segunda Guerra Mundial. Luchó en la Resistencia hasta que los alemanes le hicieron prisionero.

«Esta será la última vez, me faltan las fuerzas»

Estuvo recluido en el campo de concentración de Mauthausen (Austria) hasta que los aliados ganaron la contienda y le liberaron. De vuelta a París trabajó en un taller mecánico como pintor de coches por poco tiempo. Las secuelas de las innumerables penurias vividas durante los más de doce meses en los que estuvo prisionero precipitaron su jubilación. En la década de los 70, cuando régimen de Franco agonizaba, regresó a su tierra por primera vez. Y ya, con la democracia, tomó por costumbre llegar cada Navidad, como el turrón, para asistir, en «vivo y en directo», al sorteo más esperado del año. «Me hace ilusión y pienso seguir así hasta que el cuerpo aguante», decía. Y, vive Dios, que cumplió sus palabras. En 2001 vaticinó: «Esta será la última vez, me faltan las fuerzas». Y acertó.

Al año siguiente, la ausencia de este «histórico» se hizo notar. «Algo grave le tiene que haber pasado», decían los habituales como él. Otros directamente le daban por muerto, circunstancia que fue dando paso a la certeza cuando en 2003 tampoco llegó. Sin embargo, murió el 3 de abril de 2004, a los 86 años, en su casa del Midi francés. Su último viaje lo hizo después a Valderrobles, donde su familia esparció sus cenizas en el río Matarraña. El sorteo de Navidad ya no será el mismo sin este entrañable «loco».