El presidente de Estados Unidos, Donald Trump - EFE

Trump: «Es la enfermedad mental la que aprieta el gatillo, no las armas»

El presidente promete aumentar la regulación de la venta de armamento militar, aunque la vinculará a su proyecto de control de la inmigración ilegal

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

El auge del supremacismo blanco y la epidemia de la violencia por armas de fuego son dos problemas que sufre EE.UU. y que el pasado fin de semana convergieron en la tragedia de El Paso (Texas). Ayer, la cifra de muertos de la matanza, perpetrada por un supremacista que combatía la «invasión de hispanos en Texas», ascendió a 22 víctimas, después de que dos personas fallecieran en el hospital por sus heridas. La tragedia, ocurrida en la mañana del sábado, tuvo una réplica triste unas horas después en Dayton (Ohio), en otro tiroteo masivo -van 251 en lo que va de año en EE.UU.- en el que murieron nueve personas.

Durante el fin de semana, la oposición demócrata no dudó en vincular el ataque de El Paso -que las autoridades ya tratan como de atentado terrorista- con la retórica divisiva y antiinmigrante del presidente de EE.UU. desde su campaña de ascenso al poder. Patrick Crusius, el autor de la carnicería, había publicado pocos minutos antes de su ataque un manifiesto en Internet en el que hablaba de esa invasión, un término usado hasta la saciedad por Trump para referirse a la entrada de inmigrantes indocumentados. «Yo simplemente estoy defendiendo a mi país de una sustitución cultural y étnica provocada por una invasión», decía en el texto, donde, dando por seguro que se le relacionaría con Trump, aseguró que sus ideas eran anteriores a la llegada del neoyorquino a la Casa Blanca. Ya metidos en la campaña electoral para las presidenciales de 2020, hubo candidatos demócratas, como el texano Beto O’Rourke, que llegaron a decir que Trump es «responsable» de la matanza.

El presidente compareció ayer desde la Casa Blanca y no esquivó el fervor antiinmigrante de Crusius que motivó la tragedia. Condenó el «racismo» y, por primera vez desde su ascenso al poder, Trump hizo lo mismo y sin ambages con el «supremacismo blanco», la ideología racista que defiende que la raza blanca es superior al resto y que tiene una presencia importante en el electorado de Trump. «Hay que derrotar a estas ideologías siniestras, el odio no tiene sitio en América», añadió.

Es el discurso que cualquiera podría esperar del presidente de EE.UU. después de un atentado de corte racista. Pero muchos en EE.UU. cuestionaban ayer su credibilidad en este capítulo: su llegada al poder se ha apoyado en una retórica divisiva de corte racista y antiinmigrante que ha espoleado la misma ideología que ayer condenó. Hace unos meses, en un mitin en Florida, al hablar de los inmigrantes, preguntó «¿Cómo paras a esa gente?». «¡Disparándoles!», gritó alguien, entre las risas de sus seguidores y la sonrisa divertida del presidente, que cerró el asunto con un chiste: «Eso solo te permiten decirlo en el Panhandle (la región de Florida en la que estaba)». El mes pasado, exigió a cuatro diputadas demócratas de origen extranjero o inmigrante que «volvieran a sus países» y en un mitin a los pocos días, dejó que los seguidores corearan «¡Mándalas a sus países!», durante trece segundos antes de proseguir el discurso. Es un presidente que llamó criminales y violadores a los inmigrantes mexicanos en su primer discurso como candidato y que, ya en la Casa Blanca, dijo que entre los supremacistas blancos que marchaban en Charlottesville con simbología nazi «muy buena gente».

Problema de salud mental

En su discurso, Trump se comprometió a «actuar con decisión» y apoyar «soluciones impulsadas por ambos partidos» para acabar con la lacra de la violencia con armas de fuego, que en EE.UU. se ha cobrado cerca de nueve mil víctimas solo en lo que va de año. Antes de comparecer en su mensaje televisado, el presidente defendió en Twitter un «sistema de verificación fuerte» en el acceso a las armas, lo que hizo pensar a algunos que Trump apoyaría los esfuerzos legislativos de los demócratas por reforzar los controles con propuestas de ley bloqueadas en el Congreso durante años.

No fue así. En su discurso, Trump trató el problema de las armas ante todo como un asunto de salud mental. «Es la enfermedad mental la que aprieta el gatillo, no las armas», dijo en una declaración que podría firmar el «lobby» de las armas. Y continuó con propuestas poco concretas como mejorar la detección de personas con enfermedades mentales y con críticas a la «glorificación de las armas» en los videojuegos. Lo único específico fue instaurar la pena de muerte para quienes perpetren matanzas masivas.

No hubo ninguna alusión al centro del problema, el factor que diferencia a EE.UU. del resto de países desarrollados: la enorme cantidad de armas y su fácil acceso. No mencionó la posibilidad de prohibir la venta de armas militares. Y sí apostó, en su mensaje previo por Twitter, por vincular cualquier regulación a la reforma migratoria, dos asuntos sin conexión aparente. Son los mimbres para que, una vez más, tras otra matanza que conmociona a EE.UU., todo siga igual.