Las fuerzas de seguridad acuden a la sinagoga de Pittsburgh donde se produjo el tiroteo este sábado - Afp/ VÍDEO: ATLAS

El antisemitismo crece sin freno en Estados Unidos

Los ataques contra judíos aumentaron un 57%, hasta cerca de 2.000, según un estudio de la Liga Antidifamación

WashingtonActualizado:

Que Robert Bowers, de 46 años, entrara en pleno «shabbat» en una sinagoga de Pittsburgh armado con un rifle semiautomático al grito de «todos los judíos deben morir» es sintomático de un problema creciente sobre el que las autoridades norteamericanas han hecho más bien poco. Hasta que Twitter borró su perfil, al alcance de cualquiera en internet estaban las soflamas antisemitas del homicida, que proclamaba que «los judíos son hijos de Satán» y reproducía todo tipo de teorías de la conspiración en línea con ideas supremacistas.

En un país en el que se permite con laxitud la tenencia de armas y en el que cada año hay 15.500 muertes relacionadas con ellas, el auge de grupos de ideología racista, que creen en la dominación del hombre blanco occidental sobre el resto de las sociedades, puede desembocar fácilmente en ataques como el de este sábado. Con una diferencia respecto a hace unas décadas: hoy las redes sociales e internet dan amparo y permiten comunicarse a individuos radicales que antes hubieran estado aislados.

Curiosamente, el día antes del ataque la organización de defensa judía Liga Antidifamación había alertado de un preocupante incremento de los ataques antisemitas en la campaña de las elecciones parciales del próximo 6 de noviembre.

Tras un estudio de siete millones de mensajes en Twitter, concluyó que «antes de la elección de Donald Trump, los ataques antisemitas eran pocos y excepcionales, incluso para los judíos norteamericanos más expuestos. Después de su victoria en 2016, el antisemitismo se ha normalizado y el acoso es algo que vemos a diario».

Cabe aclarar que Trump nunca ha expresado antisemitismo alguno. Muy al contrario, su hija y yerno son judíos ortodoxos y él tiene excelentes relaciones con el Estado de Israel. El problema lo plantea una minoría neonazi que ha decidido abanderar la causa de Trump como la del auge del hombre blanco.

Es el caso del activista Richard Spencer, líder e instigador de una serie de protestas violentas en Charlottesville en agosto de 2017 en las que se cantaron lemas nazis como «sig heil» y al que la universidad de Virginia le prohibió el viernes la entrada durante cuatro años. En aquellas protestas murieron tres personas y 39 resultaron heridas.

Ese colectivo, según denuncia ahora la Liga Antidifamación, cree que, por fin, este es su momento. Y mientras el racismo contra los hispanos y los negros ha recibido amplia atención de los políticos y los medios de comunicación, el antisemitismo ha ido creciendo sin que nadie haya querido hacer saltar las alarmas. ¿La prueba? El año pasado los ataques contra judíos en EE.UU. crecieron un 57%, llegando a 1.986, según otro estudio de la Liga Antidifamación.

Hay también en la política norteamericana un antisemitismo de baja intensidad que se manifiesta con ataques a políticos y empresarios judíos a los que se les atribuye un papel primordial en una gran trama de conspiración mundial. El ejemplo más claro es el del inversor y filántropo George Soros, que huyó de su Hungría natal cuando los nazis comenzaban a enviar a los judíos a los campos de concentración.

Los republicanos han convertido a Soros en objeto habitual de sus críticas, y el propio Trump llegó a bromear el jueves en un acto en la Casa Blanca con que debería «estar entre rejas». El homicida de Pittsburgh se había referido a Soros en Twitter como «financiador del terrorismo».

El problema, en este apartado, es que lo que el presidente y su partido proclaman con exageración e ironía lo creen literalmente algunos lobos solitarios como Bowers, autor de la masacre de este sábado. «No puedo seguir impasible mientras masacran a mi gente», dijo el homicida en la red social. Soros, por cierto, es uno de los destinatarios de una serie de paquetes con explosivos que también recibieron esta semana Barack Obama y Hillary Clinton, entre otros demócratas, además de la cadena CNN.

Es llamativa, también, la incapacidad de acción de las redes sociales. Twitter no retiró el contenido antisemita publicado por Bowers hasta después de la masacre. Hasta ahora, las políticas de autorregulación de las plataformas de internet no han tenido ningún efecto a la hora de prevenir las injurias, calumnias y campañas de desinformación que en los casos más extremos acaban con brotes violentos como el de ayer.