El renegado Assanages, el eunuco «español» que defendió Argel en nombre de Alá

Cuando el Emperador Carlos V le recomendó que rindiera sin luchar la plaza africana, el gobernador contestó: «Nunca peor cosa fue, que tomar consejo de su enemigo. Que si me aconsejárais de no rendir la tierra, yo la rendiría»

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Algunos de los más infames corsarios al servicio del Imperio otomano tenían sangre cristiana. Sin ir más lejos, el padre de los célebres Barbarroja era un cristiano, de origen albanés, capturado por los turcos que, sirviendo a estos en la Isla de Lesbos, se casó con una cristiana viuda llamada Catalina, que el cronista Mármol señala como una española apresada en la mar por un corsario. Por su parte, Uluj Alí, el único de los mandos turcos que mantuvo la compostura en la batalla de Lepanto, nació en la villa calabresa de Le Castella con el nombre de Giovanni Dionigi Galeni. Antes de ser apresado por corsarios berberiscos y de convertirse al Islam, Giovanni iba para cura.

Los renegados podían ser tanto o más crueles que los que habían nacido musulmanes. Y desde luego igual de fieles a su nuevo amo como lo habían sido de infieles a su antigua cuna. Mencionado por Cervantes en el Quijote, la historia de Hasán Agá o Assanages (1487-1543) es la del renegado más célebre del largo conflicto que enfrentó al Imperio español y el Imperio otomano. Las fuentes discrepan sobre si era nacido en algún territorio de España o, probablemente, en Cerdeña, lo cual era prácticamente lo mismo, dado que la isla italiana estaba bajo la soberanía de los Reyes de España, al igual que Sicilia, Nápoles y más tarde Milán. Tomado cautivo por Barbarroja siendo un niño, el joven cautivo fue hecho «capón», esto es, fue castrado para servir en la casa de los hermanos corsarios. El primero de los Barbarroja, Aruj, le trató como a un hijo más y, estando en Argel, le hizo mayordomo de su casa.

El fracaso en la conquista de Argel

Argel era el nido favorito de los hermanos. Este territorio africano pagaba tributo anual a Fernando «El Católico» y sus sucesores, hasta que, en 1517, Aruj cortó la cabeza en persona al rey de Argel y entregó la ciudad al sultán Selim I. Los españoles que permanecían guarneciendo el castillo del Peñón de Argel, y los refuerzos que desde España se enviaron al conocer la caída de la ciudad, fueron masacrados o capturados. A partir de entonces, Aruj Barbarroja instaló en esta plaza su principal base de operaciones, un lugar perfecto desde donde atacar Italia. A la muerte de Aruj, el hermano menor, Jaredín Barbarroja, recogió el testigo de saqueos y mantuvo los privilegios de Assanages.

Tan bien lo recogió que la actividad corsaria de Argel, llamada por algunos «la ladronera de la Cristiandad», terminó alarmando a Carlos I, quien se planteó, tras el éxito en Túnez, conquistar la plaza pirata. Al frente de 65 galeras, 450 navíos de menor tamaño y 24.000 soldados, Carlos I y un centenar de nobles procedentes de distintos rincones de su imperio se propusieron demostrar en octubre de 1541 que la ciudad musulmana, con fama de invencible, era tan vulnerable como cualquiera. No obstante, cuando comenzó la operación Barbarroja no estaba en casa. Su hueco al frente de la ciudad lo ocupaba un hueso igualmente difícil de roer.

Hasan Agha dirigió la defensa de Argel durante el asedio de Argel en 1541. Grabado de 1555.
Hasan Agha dirigió la defensa de Argel durante el asedio de Argel en 1541. Grabado de 1555.

El renegado Assanages ejercía como gobernador y lugarteniente del corsario en Argel desde 1533, debido a que Barbarroja se había instalado en Estambul para recoger los beneficios de tantos años de guerra. Presionado para que rindiera la ciudad antes de que empezara el asedio cristiano, cuenta Pierre de Bourdeille en « Bravuconadas de los españoles» que Assanages replicó al capitán Lorenzo Manuel enviado por el Emperador: «Nunca peor cosa fue, que tomar consejo de su enemigo. Que si me aconsejárais de no rendir la tierra, yo la rendiría; mas pues que, como enemigo, me aconsejais rendirla, yo no quiero dejarla». No conforme con tal bramido, el renegado desafió directamente al Emperador, según la leyenda: «¿Cómo pensáis cogerme y hacerme todo ese daño vosotros que tanto braveáis y amenazáis?». «Pues yo tengo aquí dentro cuanto preciso para defenderme de vosotros».

En este sentido, el historiador León Galindo y de Vera en «Memoria Histórica de las posesiones Hispano Africanas» (Madrid, 1884) daría una versión todavía más cruda de la contestación del renegado:

«Perro cristiano… tú eres un perro, entre los perros tus hermanos; y admiro tu presuntuoso valor de querer subyugar a esta Ciudad guerrera en el tiempo mismo en que vergonzosamente te has estrellado contra miserables bicocas. Si desgraciadamente para ti, nuestro Señor, el sublime Sultán, tuviese noticia de tu loca empresa, pronto serías su esclavo: un negro, un simple negro que él enviase para no rebajar el honor de sus armas bastaría para conducirte a sus pies. Dejo a un lado toda fanfarronería y me refiero al testimonio universal incontestable sobre punto de que nuestras armas están bajo la protección divina. Espera un solo instante y serás testigo de tu destino: en vano reunirás la integridad de tus fuerzas; serán insuficientes. Verá el infiel a quien le tocará su suerte, la recompensa de esta vida. Preciso es, te lo repito, que seas insensato o desprovisto de todo juicio para vanagloriarte y lisonjearte de un éxito que es preciso conseguir antes».

El conquistador Cortés se ofreció a encabezar el desembarco de un puñado de hombres, algunas fuentes afirman que 400 soldados como los usados al inicio de la conquista de México

La verdadera respuest fue probablemente mucho más prosaica de lo relatado por Bourdeille o la versión novelada de Galindo y de Vera. Assanages dio esperanzas vagas de negociar la entrega de la plaza si se presentaba como una necesidad y no una traición, es decir, si llegaban los españoles a las murallas no lucharía. Sin embargo, cambió de opinión cuando las condiciones meteorológicas castigaron duramente al ejército de Carlos.

La enorme flota de invasión fue vapuleada por las tempestades propias del otoño en el Mediterráneo, cuyos efectos habían llevado al marino Andrea Doria a aconsejar que se pospusiera la expedición. Pero nada hizo cambiar de opinión a Carlos I, que ordenó el 25 de octubre de 1541 desembarcar a pocos kilómetros de Argel, una ciudad defendida por una guarnición de 800 turcos y 5.000 berberiscos. En inferioridad numérica, Assanages tenía puesta su esperanza de sobrevivir en la disposición de Argel, que se levantaba en una pendiente de un cerro y estaba rodeada de fortalezas mirando al mar.

En cualquier caso, el viento hizo que poco más de una decena de bajeles pudiera tomar tierra, causando la pérdida de 150 navíos y 20 galeras en el intento. Solo los soldados de los tercios españoles al mando del Duque de Alba, la vanguardia de los ejércitos imperiales, consiguieron hacerse fuertes en la costa de Argel a la espera de refuerzos. Todavía empeoró más el clima antes de que el Emperador convocara un consejo de guerra en el cabo de Matifou, donde la mayoría de nobles se inclinó por retirarse a más faltar. No obstante, algunos como Hernán Cortés, el conquistador de México, o Martín de Córdova y Velasco, conde de Alcaudete, estimaban deshonrosa una retirada en ese momento y propusieron distintas alternativas. En concreto, el conquistador extremeño se ofreció a encabezar el desembarco de un puñado de hombres, algunas fuentes afirman que 400 soldados como los usados al inicio de la conquista de México, para tomar por sorpresa la ciudad. El plan fue desechado sin ser siquiera considerado por el Emperador.

Un mito creciente en el mundo musulmán

Los soldados de Hassan Aga persiguieron a los cristianos en su fuga «picando, matando y degollando» hasta Matifou. En la defensa de Argel, el renegado había mostrado un carácter de hierro. Al año siguiente del asedio, el gobernador de Argel lanzó una expedición de castigo contra el Rey moro de Cuco, en la región argelina de Cabilia, que se había aliado con Carlos I durante el sitio. Este monarca puso sobre el tablero 2.000 escopeteros, mucha caballería y vasallos de haberse producido el desembarco español. Así las cosas, el gobernador logró hacer su tributario al Rey moro e incluso que le entregara como rehén a su propio hijo a cambio de no arrasar su reino. Lo que no evitó una nueva traición del monarca el año siguiente.

Grabado de Hassan Aga
Grabado de Hassan Aga

En septiembre de 1543, Hassan Aga enfermó de forma súbita a su regreso de una nueva campaña de castigo contra el Rey de Cuco. Su muerte, a los 56 años, fue muy llorada en Argel, donde fue enterrado, concretamente fuera de la puerta de Babaluete, en una sepultura que un renegado suyo y mayordomo de su casa le hizo después de muerto.

Según expone el profesor Fernando Fernández Lanza en un texto titulado « El Muladí Hassan Aga y su gobierno en Argel», el renegado se convirtió en un mito en el mundo musulmán tras la defensa de la ciudad. El monje benedictino y abad de Frómista Diego de Haedo lo describió como alguien «pequeño pero muy bien proporcionado, de lindos ojos y facciones de cara y muy blanco; fue amantísimo de justicia y, por esta causa, usó con algunos de muy grandes crueldades, por lo cual fue de todos muy temido; era hombre muy liberal y amigo de hacer bien a los pobres».

A decir Diego de Haedo, el renegado se comportó durante todo el sitio «no como capón, más como hombre entero y animoso». De la misma manera, con el rico botín capturado a los asaltantes, Hassan Aga fue «liberalísimo y magnánimo con todos; no tomando para sí un alfiler y dejando todo liberalmente a quien lo había ganado, diciendo que sola la fama y honra de tan gran hecho a él le bastaba y sobraba». Gruesas palabras tratándose de un cronista cristiano hablando de un renegado musulmán.